Materia oscura: Los Mnemagogos20 min de lectura

Primo Levi

El  doctor  Morandi  (todavía  no  se  había  acostumbrado  a  que  le  llamaran  doctor) acababa de bajar del coche de línea con la intención de conservar el incógnito por lo menos durante dos días, pero enseguida se dio cuenta de que no lo iba a lograr.

La dueña del café Alpino, sin duda por falta de curiosidad o de agudeza, le había dispensado  una  acogida  neutra.  Pero  a  través  de  la  sonrisa  atenta,  maternal  y  al mismo  tiempo  levemente  burlona  de  la  estanquera  había  notado  que  ya  era,  sin posibilidad de dilación, «el médico nuevo». «Debo de llevar el doctorado escrito en la cara»,  pensó:  «“tu es medicus in aeternum”,  y  lo  peor  es  que  todos  se  van  a  dar cuenta». A Morandi no le gustaban nada las cosas irrevocables, y se sentía inclinado, al menos por el momento, a no ver en todo aquel asunto más que un considerable castigo. «Algo así como el trauma de venir al mundo», concluyó para sus adentros sin mucha coherencia.

…Pero a todo esto, como primera consecuencia del incógnito perdido, tenía que ir a buscar a Montesanto, sin más demora. Volvió al café para sacar del equipaje la carta de presentación, y echó a andar en busca de la placa de Montesanto, bajo un sol despiadado por las calles del pueblo desierto.

Tardó  mucho  en  encontrarla,  después  de  dar  cantidad  de  vueltas  en  vano.  No había querido preguntar a nadie dónde estaba la calle, porque en los rostros de los pocos transeúntes que había encontrado le pareció leer una curiosidad poco benévola.

Se había imaginado que la placa sería vieja, pero la encontró mucho más vieja de lo  que  cabía  esperar,  cubierta  de  verdín  y  con  el  nombre  casi  ilegible.  Todas  las persianas de la casa estaban cerradas y llena de desconchados la pequeña fachada desteñida. A su llegada se produjo un rápido y silencioso bullir de lagartijas.

Bajó a abrirle Montesanto en persona. Era un viejo alto y corpulento, de ojos miopes pero vivaces en un rostro de rasgos gruesos y cansados. Se movía con la seguridad silenciosa y maciza de los osos. Iba en mangas de camisa, sin cuello, y la camisa estaba muy usada y era de una limpieza dudosa.

Tanto por las escaleras como luego arriba en el despacho, hacía fresco y estaba todo casi a oscuras. Montesanto se sentó y ofreció asiento a Morandi sobre una silla particularmente incómoda. «Veintidós años metido aquí dentro», pensó Morandi con un escalofrío mental, mientras el otro leía sin prisas la carta de presentación. Se quedó mirando alrededor, al tiempo que sus ojos se iban acostumbrando a la penumbra.

Encima del escritorio amarilleaban una serie de cartas, revistas, recetas y otros papeles de naturaleza ya indefinible, que alcanzaban un espesor impresionante. Del techo colgaba una larga telaraña, destacada a la vista a causa del polvo pegado a ella, y que secundaba suavemente los imperceptibles soplos del aire de la tarde. Había un armario de cristales con algunos instrumentos anticuados y unos pocos frascos donde los  líquidos  habían  corroído  el  cristal,  dejando  la  marca  del  nivel  que  habían conservado  durante  mucho  tiempo.  Colgada  en  la  pared,  extrañamente  familiar, estaba la gran orla de los «Licenciados en Medicina, 1911», que él tan bien conocía. Allí estaba la frente cuadrada y la barbilla enérgica de su padre, Morandi sénior; y justamente a su lado (¡Dios mío, qué difícil resultaba reconocerlo!), el aquí presente Ignazio Montesanto, delgado, nítido y espantosamente joven, con ese aire de héroe y mártir del pensamiento tan grato a los licenciados de la época.

Una vez que la hubo terminado de leer, Montesanto dejó la carta sobre el cúmulo de papeles del escritorio, entre los cuales se camufló a la perfección.

—Bueno —dijo después—; estoy muy contento de que el destino y la suerte…

Y la frase acabó en un murmullo confuso, al cual sucedió un largo silencio. El viejo médico inclinó hacia atrás la silla sobre sus patas posteriores y se quedó con los ojos fijos en el techo. Morandi se dispuso a esperar a que reanudase el discurso. El silencio empezaba ya a pesarle cuando Montesanto inesperadamente volvió a hacer uso de la palabra.

Habló mucho rato, al principio con múltiples pausas, luego más rápidamente. Su fisonomía  se  iba  animando  y  los  ojos  le  brillaban  inquietos  y  vivos  en  el  rostro deteriorado. Morandi se daba cuenta con sorpresa de que iba experimentando una simpatía  gradualmente  creciente  hacia  el  viejo.  Se  trataba  evidentemente  de  un soliloquio, de una gran vacación que Montesanto se estaba concediendo. Aunque se notaba  que  sabía  hablar  y  que  calibraba  la  importancia  de  hacerlo,  para  él  las ocasiones  de  hablar  debían  de  presentarse  raramente,  como  breves  retornos  a  un antiguo vigor de pensamiento tal vez ya perdido.

Montesanto  contaba  muchas  cosas.  De  su  cruel  iniciación  profesional  en  los campos y en las trincheras de la última guerra, de su tentativa de carrera universitaria, emprendida  con  entusiasmo,  continuada  con  apatía  y  abandonada  entre  una indiferencia por parte de los colegas que había quebrantado todas sus iniciativas, de su  voluntario  exilio  en  una  conducta  extraviada,  en  busca  de  algo  demasiado indefinible para poder ser encontrado. Habló luego también de su actual condición de hombre solitario, extranjero en medio de una comunidad de gente irreflexiva, unos buenos y otros malos, pero irreparablemente lejanos para él; de la preponderancia definitiva del pasado sobre el presente, y del naufragio postrero de cualquier pasión, a excepción de la fe en la dignidad del pensamiento y en la supremacía de las cosas del espíritu.

«¡Qué viejo más raro!», pensaba Morandi. Había advertido que el otro llevaba casi una hora hablando sin mirarlo a la cara. Al principio él había intentado en varias ocasiones traerlo a un plano más concreto, preguntarle por las condiciones sanitarias del servicio, por el instrumental que hubiera que renovar, por el botiquín y tal vez también por los detalles de la misma instalación personal; pero no lo había logrado, ya fuera por timidez o por una reserva más deliberada.

Ahora Montesanto guardaba silencio, con la cara vuelta hacia el techo y la mirada enfocada  al  infinito.  Estaba  claro  que  continuaba  el  soliloquio  para  sus  adentros. Morandi se sentía violento; se preguntaba si estaría o no esperando una réplica suya, y cuál; se preguntaba si el médico se seguiría dando cuenta de que no estaba solo en el despacho.

Se daba cuenta. De repente dejó que la silla volviera a posarse sobre sus cuatro patas y dijo con una voz rara, como esforzándose:

—Morandi, usted es joven, muy joven. Sé que es un buen médico, o por lo menos que llegará a serlo, y también creo que debe de ser una buena persona. En el caso de que no sea lo suficientemente bueno como para entender lo que le he dicho y lo que le  voy  a  decir  ahora,  espero  que  al  menos  lo  sea  para  reírse  de  ello.  Y  si  se  ríe, tampoco  pasa  nada.  Como  sabe  usted  muy  bien,  es  difícil  que  volvamos  a encontrarnos, y por otra parte el que los jóvenes se rían de los viejos es ley de vida. Solamente le pido que no olvide nunca que va a ser usted el primero en saber de mí las cosas que voy a contarle. No quiero adularle diciéndole que me ha parecido usted particularmente  digno  de  mi  confianza.  Le  soy  sincero:  usted  es  la  primera oportunidad  que  se  me  presenta  desde  hace  muchos  años,  y  probablemente  será también la última.

—Dígame —se limitó a decir Morandi.

—¿Se ha dado cuenta alguna vez, Morandi, de la fuerza con que ciertos olores nos evocan recuerdos?

Era una salida inesperada. Morandi tragó saliva con esfuerzo. Dijo que se había dado cuenta, y que incluso había elaborado a aquel propósito un conato de teoría explicativa.

No  se  explicaba  aquel  cambio  de  conversación.  Acabó  concluyendo  para  sus adentros que no debía de tratarse, después de todo, más que de una manía obsesiva, de las que tienen todos los médicos al pasar de cierta edad. Igual que Adriani. A los sesenta y cinco años, rico en fama, en dinero y en clientela, todavía le había dado tiempo a cubrirse de ridículo con la historia del campo «neúrico».

El otro había agarrado con las dos manos los bordes del escritorio, y miraba al vacío arrugando la frente. Luego reanudó su discurso:

—Le  voy  a  enseñar  algo  poco  habitual.  Durante  mis  años  de  asistente  en Farmacología, estudié bastante a fondo la acción de las adrenalinas absorbidas por vía nasal. No saqué en limpio para provecho de la humanidad más que un solo fruto, y más bien indirecto, como verá usted. A  la  cuestión  de  las  sensaciones  olfativas,  y  de  su  relación  con  la  estructura molecular, también le dediqué seguidamente gran parte de mi tiempo. Se trata, en mi opinión, de un campo bastante fecundo, y abierto incluso a los investigadores que cuentan  con  medios  modestos.  He  visto  con  agrado,  incluso  recientemente,  que algunos se ocupan de esto y están también al día de sus teorías electrónicas, pero el único aspecto de la cuestión que me interesa es otro. Yo hoy estoy en posesión de algo que no creo que posea nadie más en el mundo.

Hay  quien  no  se  preocupa  del  pasado  y  deja  que  los  muertos  entierren  a  sus muertos.

Hay, por el contrario, quien se muestra solícito para con el pasado, y se entristece con su perpetuo esfumarse.

Hay, por último, quien cumple la diligencia de llevar un diario, día por día, a fin de que cualquier cosa de las suyas sea salvada del olvido, y quien conserva en su casa y en su persona recuerdos materializados en una dedicatoria de un libro, una flor seca, un mechón de pelo, fotografías, cartas viejas.

Yo, por naturaleza, no puedo pensar más que con horror en la eventualidad de que uno solo de mis recuerdos tenga que cancelarse, y he adoptado todos esos métodos, pero además he creado uno nuevo.

No se trata de ningún descubrimiento científico; me he limitado a sacar partido de mi experiencia como farmacólogo y a reconstruir, con exactitud y en una forma apta para la conversación, un determinado número de sensaciones que para mí significan algo.

A estas sensaciones (y no crea, le repito, que yo hablo con frecuencia de tales cosas)  las  llamo  «mnemagogos»,  o  sea,  suscitadores  de  la  memoria.  ¿Quiere acompañarme?

Se levantó y enfiló el pasillo. A la mitad se volvió y añadió:

—Como  puede  usted  figurarse,  hay  que  usarlos  con  cierta  parsimonia,  si  no quiere uno que su poder de evocación se atenúe. Además no hace falta que le diga que son inevitablemente personales. Estrictísimamente. Se podría decir incluso que son mi propia persona, porque yo, al menos en parte, estoy hecho de ellos.

Abrió un armario. Aparecieron unos cincuenta tarritos con tapón esmerilado y numerados.

—Por favor, escoja uno.

Morandi lo miraba perplejo. Alargó una mano vacilante y eligió un tarro.

—Abra y huela. ¿Qué es lo que siente?

Morandi  inspiró  profundamente  varias  veces,  primero  con  los  ojos  fijos  en Montesanto  y  luego  levantando  la  cabeza,  en  la  actitud  de  quien  interroga  a  su memoria.

—Yo diría que este es un olor a cuartel.

Montesanto lo olió a su vez.

—No exactamente —contestó—. O por lo menos no es eso para mí. Es un olor a aulas  de  la  escuela  primaria;  mejor  dicho,  a  mi  aula  de  mi  escuela  primaria.  No insistiré en su composición; contiene ácidos grasos volátiles y un andar de puntillas insaciable. Comprendo que para usted no signifique nada; para mí es mi infancia.

Conservo incluso la fotografía de mis treinta y siete compañeros de la escuela primaria, pero el olor de este frasco está enormemente más predispuesto a traerme a la mente las horas interminables de tedio sobre el abecedario; el particular estado de ánimo de los niños (¡de mí cuando niño!), ante la terrorífica expectativa de la primera prueba al dictado. Cuando lo huelo (ahora no; hace falta, claro, un cierto grado de concentración)…  cuando  lo  huelo,  decía,  se  me  remueven  las  vísceras  igual  que cuando, a los siete años, estaba esperando a que me preguntaran la lección. ¿Quiere escoger otro?

—Me parece recordar… espere… En la finca de mi abuelo, en el campo, había un cuartito donde metían la fruta para que madurara…

—¡Bravo! —dijo Montesanto con sincera satisfacción—. Justo lo que traen los manuales. Me complace que se haya topado con un olor profesional.

Este es el olor del aliento del diabético en fase acetonémica. Con algunos años más  de  práctica,  seguro  que  lo  hubiera  acertado  usted  por  sí  mismo.  Ya  sabe,  un síntoma clínico infausto, el preludio del coma. Mi  padre  murió  diabético  hace  quince  años;  no  fue  una  muerte  rápida  ni misericordiosa. Mi padre significaba mucho para mí. Lo velé a lo largo de noches innumerables,  asistiendo  impotente  a  la  progresiva  anulación  de  su  personalidad.

Pero  no  fueron  estériles  aquellas  vigilias.  Muchas  de  mis  convicciones  resultaron trastornadas y una gran parte de mi mundo sufrió una mutación. No se trata, pues, para mí de manzanas ni de diabetes, sino de la tribulación solemne y purificadora, que no tiene parangón con otra alguna en la vida, de una crisis religiosa.

—¡Esto no es más que ácido fénico! —exclamó Morandi, al tiempo que aspiraba el olor de un tercer frasquito.

—Efectivamente. Creí que también para usted este olor quería decir algo. Pero, claro, no hace un año todavía que ha terminado usted las prácticas de hospital, y el recuerdo  no  está  aún  maduro.  Porque  se  habrá  dado  cuenta,  ¿verdad?,  de  que  el mecanismo evocador del que venimos hablando exige que los estímulos, tras haber actuado repetidamente, vinculados a un ambiente o a un estado de ánimo, dejen luego de surtir efecto durante un tiempo más bien prolongado. Por otra parte, todo el mundo sabe que los recuerdos, para ser sugestivos, tienen que tener el sabor de lo antiguo.

Yo también he hecho prácticas de hospital y he respirado ácido fénico a pleno pulmón. Pero de esto ya hace un cuarto de siglo y además el fenol, de entonces acá, ha dejado de constituir la base de la antisepsia. Pero en mis tiempos era así. Y por eso aún hoy no puedo olerlo (no me refiero al fenol químicamente puro, sino a este al que he añadido residuos de otras sustancias que lo hacen específico para mí) sin que surja en mi mente un cuadro complejo, del cual forman parte una canción que estaba de moda  entonces,  mi  entusiasmo  juvenil  por  Blaise  Pascal,  una  cierta  languidez primaveral en los riñones y en las rodillas y una compañera mía de curso a la que, según he sabido, han hecho abuela hace poco.

Esta vez había elegido un frasco él mismo, y se lo alargó a Morandi.

—De este preparado tengo que confesarle que todavía me siento algo orgulloso. Aunque  no  haya  publicado  los  resultados,  lo  considero  como  un  verdadero  éxito científico mío. Me gustaría conocer su opinión.

Morandi aspiró el olor con todo cuidado. La verdad es que no era un olor nuevo. Se podría calificar de achicharrador, seco, caliente…

—¿Cuando se frotan dos pedernales?

—Bueno, sí, también. Le felicito por su olfato. Se percibe este olor en lo alto de la  montaña  cuando  la  roca  se  calienta  al  sol,  sobre  todo  cuando  se  produce  el desprendimiento  de  alguna  piedra.  Le  aseguro  que  no  ha  sido  tarea  fácil  la  de reproducir  en  el  laboratorio  y  hacer  estables  las  sustancias  que  lo  constituyen  sin alterar sus calidades sensibles.

Hace tiempo yo subía a la montaña muchas veces, generalmente solo. Cuando llegaba a la cumbre, me tumbaba bajo el sol en el aire quieto y silencioso, y me parecía haber alcanzado un objetivo. En aquellos momentos, y solo si ponía atención en ello, percibía este olor ligero, que es raro aspirar en otra parte. Por lo que a mí respecta, lo tendría que llamar el olor de la paz alcanzada.

Una vez superado el malestar inicial, Morandi estaba empezando a tomarle gusto al juego. Destapó al azar un quinto frasquito y se lo dio a Montesanto.

—¿Y este?

Desprendía  un  ligero  aroma  a  piel  limpia,  a  polvos  de  tocador  y  a  verano. Montesanto lo olió, volvió a dejar el frasco en su sitio y dijo escuetamente:

—Esto no es un lugar ni un tiempo. Es una persona.

Volvió  a  cerrar  el  armario.  Había  hablado  en  un  tono  concluyente.  Morandi preparó mentalmente algunas frases de interés y de admiración pero no logró superar una extraña barrera interna, y renunció a pronunciarlas. Se despidió apresuradamente con la vaga promesa de una nueva visita, y se precipitó escaleras abajo hasta salir al sol de afuera. Notaba que se había puesto muy colorado.

A los cinco minutos se encontraba rodeado de pinos y subía con furia por la máxima pendiente, pisoteando el blando subsuelo del bosque, lejos de todos los senderos. Era muy agradable sentir los músculos, los pulmones y el corazón funcionando a pleno rendimiento,  así,  naturalmente,  sin  necesidad  de  intervenir  para  nada.  Era  muy hermoso tener veinticuatro años.

Aceleró cuanto pudo el ritmo de la subida hasta que notó la sangre golpeándole fuerte por dentro de los oídos. Luego se tendió sobre la hierba, con los ojos cerrados, a mirar el resplandor rojo del sol a través de los párpados. Entonces se sintió como recién lavado.

Así que aquel era Montesanto… No, no hacía falta huir. Él no llegaría a eso, no se dejaría convertir en eso. No hablaría de aquello con nadie. Ni siquiera con Lucia, ni con Giovanni. Sería poco generoso hacerlo.

Aunque,  pensándolo  bien…  Con  Giovanni  sí,  solo  con  él,  y  en  términos teóricos…  ¿Había  existido  alguna  vez  algo  de  lo  que  no  pudiera  hablar  con Giovanni? Sí, a Giovanni le escribiría contándoselo. Mañana. O mejor todavía (miró la hora), ahora mismo. Enseguida. Quizá la carta pudiera coger todavía el correo de la tarde. Enseguida.

Primo Levi (Italia, 1919-1987)

Fue un escritor italiano autor de memorias, relatos, poemas y novelas. Sus ancestros fueron judíos piamonteses que habían llegado de España y Provenza. Luego de graduarse de la secundaria Liceo D’Azeglio, donde tuvo a Cesare Pavese como profesor, se inscribió como especialista en química en la Escuela de Ciencias de la Universidad de Turín (1937), justo antes de que el gobierno fascista aprobara sus primeras leyes raciales (1938), que impedían a los judíos asistir a escuelas públicas. Sin embargo, se permitió a los estudiantes que ya estaban inscritos en la universidad terminar sus estudios. Levi se asoció con grupos de estudiantes antifascistas, tanto judíos, como no judíos. En 1941 se graduó con honores y excelentes calificaciones de la Universidad de Turín. Su título lleva la anotación: “de raza judía”. 

Fue un resistente antifascista y superviviente del Holocausto. Es conocido sobre todo por las obras que dedicó a dar testimonio sobre el Holocausto, particularmente el relato del año que estuvo prisionero en el campo de exterminio de Auschwitz. Su obra Si esto es un hombre está considerada como una de más importantes del siglo XX. El mayor de sus últimos trabajos fue su libro Los hundidos y los salvados, un análisis del holocausto en el que Levi explicó que, aunque no odiaba al pueblo alemán por lo que había pasado, no los había perdonado.

Levi murió, aparentemente por suicidio, el 11 de abril de 1987, aunque algunos amigos y biógrafos han cuestionado el veredicto. La cuestión sigue fascinando a los críticos literarios debido a la mezcla característica de oscuridad y optimismo en la escritura de Levi, quien no dejó nota de suicidio.

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