Materia oscura: Palomar en la playa9 min de lectura

Italo Calvino

Lectura de una ola

El mar está apenas encrespado, olas pequeñas baten la orilla arenosa. El señor Palomar de pie en la orilla mira una ola. No está absorto en la contemplación de las olas. No está absorto porque sabe lo que hace: quiere mirar una ola y la mira. No está contemplando, porque la contemplación necesita un temperamento adecuado, un estado de ánimo adecuado y un concurso adecuado de  circunstancias  exteriores;  y  aunque  el  señor  Palomar  no  tiene  nada  en  principio  contra  la contemplación, ninguna de las tres condiciones se le da. En fin, no son «las olas» lo que pretende mirar, sino una ola singular, nada más; como quiere evitar las sensaciones vagas, se asigna para cada uno de sus actos un objeto limitado y preciso.

El señor Palomar ve asomar una ola a lo lejos, la ve crecer, acercarse, cambiar de forma y de color, envolverse en sí misma, romper, desvanecerse, refluir. Llegado a ese punto podría convencerse de que ha llevado a término la operación que se había propuesto e irse. Pero aislar una ola separándola de la ola que inmediatamente la sigue y como si la empujara y por momentos la alcanzara y la arrollara, es muy difícil, así como separarla de la ola que la precede y que parece llevársela a la rastra hacia la orilla, cuando no volverse en contra como para detenerla. Y si se considera cada oleada en el sentido de la anchura, paralelamente a la costa, es difícil establecer hasta dónde se extiende continuo el frente que avanza y dónde se separa y segmenta en olas que existen por sí mismas, distintas en velocidad, forma, fuerza, dirección.

En una palabra, no se puede observar una ola sin tener en cuenta los aspectos complejos que concurren a formarla y los otros igualmente complejos que provoca. Estos aspectos varían continuamente, razón por la cual una ola es siempre diferente de otra ola; pero también es cierto que cada ola es igual a otra ola, aunque no sea inmediatamente contigua o sucesiva; en una palabra, hay formas y secuencias que se repiten, aunque estén distribuidas irregularmente en el espacio y en el tiempo. Como lo que el señor Palomar pretende hacer en este momento es simplemente ver una ola, es decir, recoger simultáneamente todos sus componentes sin descuidar ninguno, su mirada se detendrá en el movimiento del agua que bate la orilla hasta ser capaz de registrar aspectos que no había recogido antes; apenas comprueba que las imágenes se repiten, sabrá que ha visto todo lo que quería ver y podrá abandonar.

Hombre nervioso que vive en un mundo frenético y congestionado, el señor Palomar tiende a reducir sus propias relaciones con el mundo exterior y para defenderse de la neurastenia general trata en lo posible de controlar sus sensaciones. La giba de la ola que avanza se alza en un punto más que en los otros y desde allí empieza a festonearse de blanco. Si eso ocurre a cierta distancia de la orilla, la espuma tiene tiempo de envolverse en sí misma y desaparecer de nuevo como tragada y en ese mismo momento volver a invadirlo todo despuntando ahora desde abajo, como una alfombra blanca que remonta la orilla para acoger a la ola que llega. Pero cuando uno espera que la ola ruede sobre la alfombra, se da cuenta de que la ola ya no está, que sólo está la alfombra y también ésta desaparece rápidamente, se convierte en un relampagueo de arena mojada que se retira veloz, como si lo rechazara la expansión de la arena seca y opaca que adelanta su confín ondulado.

Al mismo tiempo hay que considerar las muescas del frente, donde la ola se divide en dos alas, una que tiende hacia la orilla de derecha a izquierda y la otra de izquierda a derecha, y el punto de partida de su divergir o converger es esa punta en negativo que sigue el avance de las alas pero contenida desde atrás y sujeta a su superponerse alternado, hasta que la alcanza otra oleada más fuerte, pero también con el mismo problema de divergencia-convergencia, y después otra más fuerte aún que resuelve el nudo rompiéndolo.

Tomando como modelo el dibujo de las olas, la playa adelanta en el agua puntas apenas esbozadas que se prolongan en bancos de arena sumergidos, como los que forman y deshacen las corrientes en la marea. El señor Palomar ha elegido una de esas bajas lenguas de arena como punto de observación, porque las olas baten allí oblicuamente de un lado y del otro, y salvando la superficie semisumergida se encuentran con las que llegan del otro lado. Por lo tanto, para entender cómo es una ola hay que tener en cuenta esas pujas en direcciones opuestas que en cierto modo se contrapesan y en cierto modo se suman y producen una ruptura general de todas las pujas y contra pujas en el habitual propagarse de la espuma.

 El señor Palomar trata ahora de limitar su campo de observación; si se fija en un cuadrado, digamos, de diez metros de orilla por diez metros de mar, puede completar un inventario de todos los movimientos de olas que se repiten con diversa frecuencia dentro de un determinado lapso de tiempo. La dificultad está en fijar los límites de ese cuadrado, porque si, por ejemplo, considera como lado más alejado de su persona la línea en realce de una ola que avanza, esta línea al acercársele y alzarse esconde a sus ojos todo lo que queda atrás, y entonces el espacio que se está examinando se revuelve y al mismo tiempo se aplasta.

Sin embargo, el señor Palomar no se desanima y a cada momento cree que ha conseguido ver todo lo que podía ver desde su puesto de observación, pero siempre aparece algo que no había tenido en cuenta. Si no fuera por esa impaciencia suya de alcanzar el resultado completo y definitivo de su operación visual, mirar las olas sería para él un ejercicio muy sedante y podría salvarlo de la neurastenia, del infarto y de la úlcera de estómago. Y quizá podría ser la clave para adueñarse de la complejidad del mundo reduciéndola al mecanismo más simple.

Pero toda tentativa de definir este modelo debe tener en cuenta una ola larga que sobreviene en dirección perpendicular a las rompientes y paralela a la costa, haciendo deslizar una cresta continua que apenas aflora. Los brincos de las olas que avanzan alborotadas hacia la orilla no turban el impulso uniforme de esta cresta compacta que las corta en ángulo recto y no se sabe dónde va ni de dónde viene. Tal vez es un soplo de viento de levante que mueve la superficie del mar transversalmente al impulso profundo de las masas de agua del mar abierto, pero esta ola que nace del aire recoge al pasar los impulsos oblicuos que nacen del agua y los desvía y endereza en su dirección llevándolos consigo. Así va aumentando y cobrando fuerza hasta que el choque con las olas contrarias la debilita poco a poco hasta hacerla desaparecer, o bien la tuerce hasta confundirla en una de las tantas dinastías de olas oblicuas que se deshace en la orilla con ellas.

Fijar la atención en un aspecto lo hace saltar al primer plano e invadir el cuadro, como ciertos dibujos en que basta cerrar los ojos y al volver a abrirlos la perspectiva ha cambiado. Ahora, en ese cruzarse de crestas diversamente orientadas, el dibujo del conjunto resulta fragmentado en recuadros que afloran y se desvanecen. Añádase que el reflujo de cada ola tiene también su fuerza que contraría las olas siguientes. Y si se concentra la atención en ese impulso hacia atrás, parece que el verdadero movimiento es el que parte de la orilla y va hacia mar abierto.

¿El verdadero resultado que el señor Palomar está por alcanzar será tal vez hacer correr las olas en sentido opuesto, invertir el tiempo, vislumbrar la verdadera sustancia del mundo más allá de los hábitos sensoriales y mentales? No, llega a experimentar una ligera sensación de mareo, nada más. La obstinación que empuja las olas hasta la costa tiene ganada la partida; en realidad se han abultado bastante. ¿Estará por cambiar el viento? Pobre de él si la imagen que el señor Palomar ha logrado componer minuciosamente se desbarata, desmenuza, dispersa. Sólo si consigue tener presentes todos sus aspectos juntos, puede iniciar la segunda fase de la operación: extender ese conocimiento al universo entero.

Bastaría no perder la paciencia, cosa que no tarda en suceder. El señor Palomar se aleja por la playa, con los nervios tensos como cuando llegó y todavía más inseguro de todo.

Italo Calvino (Cuba, 1923-Italia, 1985).

Es considerado uno de los grandes autores italianos del siglo XX, siendo autor tanto de novela como de relato y ensayo.

Calvino nació en Cuba debido al trabajo de su padre como ingeniero agrónomo, pero apenas dos años más tarde su familia volvió a Italia, estableciéndose allí definitivamente. Inició estudios como ingeniero agrónomo, pero fueron interrumpidos por el comienzo de la II Guerra Mundial. Calvino fue llamado a filas, pero sus convicciones políticas le llevaron a desertar y entrar a formar parte de las Brigadas Partisanas Garibaldi.

Tras el conflicto, Calvino comenzó a trabajar como periodista mientras estudiaba Literatura y pronto pasó a trabajar dentro del mundo editorial. Calvino siguió siendo muy activo políticamente y se afilió al Partido Comunista, del que se desvincularía a finales de los años 50.

Inició su camino en la escritura dentro del neo realismo italiano, con un fuerte componente social, algo que fue evolucionando hasta encontrar una narrativa cercana a lo fantástico con una gran dosis de poesía y mensaje alegórico. Además, escribió varios textos sobre el discurso filosófico y el hombre contemporáneo a través de la poética.

A partir de los años 60 su obra se aleja de las corrientes más vanguardistas y explora lo psicológico y lo surreal. En los 70 se ve atraído por la sociología y publica algunos de sus títulos más conocidos, como Las ciudades invisibles.

Algunos de sus libros: El Barón rampante; El Caballero inexistente; El vizconde demediado; Las Ciudades invisibles; Las Cosmicómicas; El Sendero de los nidos de araña; Tiempo cero; Palomar.

Italo Calvino murió en Roccamare, Italia, en 1985 tras sufrir un ictus cerebral.

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