Materia oscura: Quid pro quo4 min de lectura

Emmanuel Alcalá

A las 2:00 a.m. Guillermina se levanta con una idea persistente. Tardó tiempo, entre sueños, en decidir si era algo real o no. Ha escuchado su nombre de la voz de su hija. Sentada en el filo de su cama, sumida en la oscuridad densa de la somnolencia, se da cuenta que otra vez su esposo no llegó a dormir, “se fue de putas”, piensa. Cruza a tientas su dormitorio, descalza, sin sentir el frío del piso, espera en la sala y aguza el oído.

En el centro, su hija la espera. Sólo son Nancy y Guillermina, solas, en una casa donde la ley de la fuerza rige incluso sin estar el único usuario de esa ley, el único que realmente la necesita.

—¿Me hablaste mamá?

—¿No me hablaste tú? Te escuché —contesta Guillermina, y se produce una confusión entre las dos que roza el miedo.

—Te juro que me hablaste —dice Nancy.

Se crispa la piel de Guillermina.

—Pareces sonámbula. Vayámonos a la cama.

Al cerrar la puerta de su cuarto ya olvidó por qué se había despertado. “Alguien me habló”, piensa. Extrañada ante esa idea todavía se tarda más de quince minutos en conciliar el sueño.

A las 5:10 Guillermina da un salto de su cama, el eco de un grito de terror segundos antes reverberaba mezclado con sus sueños, débil, como todos los gritos de auxilio. “¿No había soñado ya esto?”, se pregunta. El reloj digital de números rojos marca la hora parpadeando. Faltan cuarenta minutos para que suene la alarma. Faltan cincuenta minutos para que despierte a su hija. Faltan ochenta minutos para llevarla a la escuela. Se recuesta sin cerrar los ojos. El pecho aún le palpita. Es miedo.

Guillermina ya no podrá seguir durmiendo, se siente algo turbada sin saber por qué. Voltea a su lado y apenas se extraña de que su esposo esté ahí. Hoy no se fue. Hoy fue un día de familia normal, de carne asada, de cervezas, de hablar de por qué no puede tener un hijo, uno más. El olor a ceniza y borrachera ya es parte de la atmósfera. Lo ve, ve la pistola en el buró y escucha los ronquidos que se apropian de la habitación y de su entera existencia. Guillermina sacude la cabeza, como sacudiéndose una idea.

Guillermina se toca la entrepierna. “¡Las pastillas!”, piensa. Tiene años tomando anticonceptivos a escondidas. A escondidas ahorra para irse lejos, a escondidas sueña con pedir ayuda, sobre todo en las mañanas, cuando el cansancio aún le permite soñar con las posibilidades de la libertad, la libertad de no cocinar un día, de no lavar un día, de poder llorar un día, de no hacer nada y que esté bien.

Se levantó (¿nuevamente?) y pasó por el cuarto de su hija, “ya está despierta”, pensó al ver un hilo de luz por debajo de la puerta. Fue hasta la cocina y tomó la bolsa del cesto de basura, basura que olía a ceniza y borrachera y probablemente también roncaba, si uno esforzaba el oído.

Al abrir la puerta, Guillermina sintió la piel helada del acero y tembló. En la acera su hija la esperaba desde hace tres horas, en dos bolsas negras. Un papel dirigido a su esposo decía: “Unas por otras, cabrón”.

Guillermina gritó como en su sueño, y despertó, de nuevo. Eran las 5:50 a.m. La alarma no sonó, y en la cama sólo estaba ella. Bajó los pies y el suelo se sintió real, la puerta sonó realmente al cerrarla. El olor a ceniza y los ronquidos se desvanecían. Nancy la esperaba en la sala.

—¿Lista?

—Lista. Vámonos.


Emmanuel Alcalá

Licenciatura en Químico Farmacobiólogo en Universidad de Guadalajara Graduado con tesis en Organismos Genéticamente Modificados. Maestría en Análisis de la Conducta en el Centro de Estudios e Investigaciones en Comportamiento (CEIC), Universidad de Guadalajara. Graduado con tesis de Redes Neurales Artificiales. Doctorado en Análisis de la Conducta en CEIC, UdeG (2017-2020). Investiga mecanismos de aprendizaje en formación de hábitos usando modelos animales.

Sus intereses van de la química a la psicología experimental, las computadoras, las ciencias cognitivas, neurociencias, economía y modelación matemática en psicología. También le interesa el Software libre, la comunidad hacker de Linux y el código abierto, Ciencia Abierta y gratuita, y en general cualquier iniciativa de conocimiento libre que combata los monopolios editoriales que lucran con el conocimiento realizado con dinero público. Tiene un fuerte interés por la filosofía y, fuera de lo académico, por la literatura, el cine y el café bien cargado.

“Como en La Fundación de Asimov, creo que, para bien o para mal, la sociedad está sujeta a leyes estadísticas, como las moléculas de un recipiente, y nuestra conducta puede ser manipulada a gran escala”. 

Imagen de portada: Bianca Berg.

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