Materia Oscura: Una Botella en La Mar6 min de lectura

Roberto Maldonado Espejo

A nadie importan los detalles del mundo, interesa sólo el lugar donde se desarrolle una idea, por mínima o inútil que sea. Escribo esto a sabiendas de que nomás puedo alargar la huida. No queda un espacio disponible donde un dato —que es lo único que importa— se pierda. Además, no tengo los recursos. Es la tercera vez que pasan esos que caminan por el sendero de abajo y no tardarán en subir.

Me quedan pocas piedras calizas. Cleofas me urgió a que siga con este testimonio; ya casi lograba no pensar, dejarme llevar sólo por los sentidos y que los detectores satelitales me confundieran con una iguana, con un coatí, con un insecto o con cualquier animal. Pero tan sólo encontrar un lugar para guarecerme implica alguna palabra de donde surge una mínima onda detectable.

En mi primer escondite intenté parecer pájaro lanzando pequeñas ratas al aire, pero yo seguía pensando ahí, en el mismo lugar donde estaba parado, y tuve que correr rápido por pasadizos y alcantarillas. Luego traté de pensar diferente; intenté pensar como rico, como pobre, como académico hasta que me di cuenta de que piense lo que piense es inevitable la detección, siempre hay algo distintivo, específico, invariable, que me denomina.

No sé qué pasará cuando me atrapen. Nadie sabe qué pasa. Me imagino cárceles como las de Guantánamo o los famosos sótanos de lo que fue Kwait o la ejecución en última instancia, quedamos tan pocos en el planeta…

Los interrogatorios son inútiles, saben todo y me resigno a perder esta exigua libertad, espero tener tiempo de correr para que este texto no sea destruido. Me queda, tan sólo, un recuerdo que no he podido evitar, el de un pequeño incendio: cuando murió mi bisabuelo la familia quemó un cúmulo enorme de cartas, de papeles, de notas que escribía en pequeñas libretas, sus libros se fueron perdiendo cuando los repartieron como recuerdos obligatorios que se dejan al desgaire y sólo quedó el registro discreto de lo traducible a moneda. Aún no establecían la detección universal; pero recuerdo, levemente, el papel y las plumas.

Hace algunas noches sentí una presencia cuando engullía unas raíces, me escondí lo mejor que pude y lo seguí sintiendo, corrí y ya sea que lo encontraba de nuevo atrás o adelante, no hubo más remedio que rendirme porque no pude ultimarlo. Me dijo: soy Cleofas, y luego un silencio de días. Hacía lo mismo que yo y convivimos en silencio, él también intentaba no pensar; llegué a creer que era otro prófugo y si hubiera tenido la libertad de fabular hubiera construido la fantasía de una colonia… Entonces, sin quererlo, tuve al vuelo la idea de que era un espía —Oficio en total desuso ahora.

Una madrugada me despertó —para fortuna— la horrible angustia de estar soñando. Sé que, de todo, son los sueños lo más específicamente detectable. Con prisa empezó la enésima huida; quedan muy pocos lugares habitados por alimañas y aunque todo camino es un abandono repleto de chatarra, necesito encontrar seres vivos para que me confundan.

El sueño que me asaltó, como todos los sueños, completamente sin querer ni esperarlo, fue el leve recuerdo de mi madre rezando conmigo y arropándome en la cama, diciéndome del Ángel de la Guarda; la sensación confortable no sentida desde hace años me llevó por segundos a una asociación placentera: ahora sabía quién era Cleofas. La huida fue menos tenebrosa porque éramos dos.

—No serás un espía, ¿verdad? —decidí asegurarme. Pero él continuó en silencio, corriendo hasta que vimos una pareja de tejones apareándose.

—Es posible que la verdad vuelva a ser importante para la gente. Por mucho que se alargue, esto tendrá el final que sabes –me dijo dándome varias piedras de cal. Busca una cueva y deja un testimonio de tu vida…

Dicho esto, desapareció y pensé que era un gran desperdicio ese lugar, porque dado el pequeño diálogo tendría que seguir corriendo.

Empezaron con la venta de un programa muy primitivo que hacía posible detectar el pensamiento de personas cercanas. En escasos meses todos los juzgados del mundo estaban repletos de expedientes de tal manera que los ordenadores necesarios para dar cauce a tantas denuncias —generalmente de infidelidad, primero, y luego las herencias— hacía incosteable la repartición de justicia. El siguiente paso fue hacer las leyes menos susceptibles de interpretación, más duras y a la letra; luego se simplificaron cuando la gente se volvió más vigilante y los ordenadores ameritaban mayor precisión. Muchos abandonaron el trabajo y hasta los hogares y se volvieron ojos del programa que seguía afinándose y todos presumían cuando obtenían la última versión; se dejaron de formar familias, las comunidades se volvieron un enredo de traiciones, todo era sospechoso de cualquier cosa y aunque todos aseguraban sus supuestas verdades, nadie estaba seguro de nada. Entonces empezaron a desaparecer los que eran inconvenientes, por la razón que fuera, se culpaba a algo que se llamó crimen organizado y creció tanto que los gobiernos acordaron, en reunión mundial, prohibir la venta del programa al público, o quizás el mismo crimen organizado era ahora el Estado, el caso es que se designó a los cuerpos militares guardianes del programa.

Fue entonces cuando pensé en el teorema fundamental de la Teoría de Juegos y Decisiones. Lo había demostrado en mi tesis doctoral. Inmediatamente me despidieron del trabajo con severas advertencias y me pusieron en la lista de vigilados especiales; no había cosa que al pensarla no obtuviera inmediata respuesta; Me cambiaba de casa y daban conmigo, me iba de la ciudad y todo era igual. Llegué a la conclusión de que mi esposa y mis hijos pensaban en mí. Los hijos tomaron su camino por separado, pero mi esposa no aceptó el acuerdo, me perseguía como perro fiel. No es importante escribir aquí qué hice con ella, el testimonio debe servir para algo más que los chismes. Siempre trato primero de huir, pero en última instancia soy capaz de todo; ahora me doy cuenta de que el objetivo siempre ha sido escribir este testimonio.

—¡Bien, muy bien! —grita Cleofas a mis espaldas.

—Creí que te habías ido.

—Allá arriba hay desacuerdos fuertes. Tu teorema es exacto en teoría y en práctica, pero nada dice acerca de los desacuerdos entre los decisores, y tú eres nuestro alfil sacrificable.

Tras él estaban los dos que pasaron por el sendero de abajo.


Imagen de portada: Andrea González Beltrán

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