Materia oscura: Zoofilia5 min de lectura

Héctor Alvarado Díaz

13 de junio, 1779.

En el juicio que por abigeato y asalto a diligencias del noreste se le instruyó a Justo Solé, fue llamada a declarar como testigo de la fiscalía Mrs. Eleonora Davenport, originaria de Londres.

Al ser capturado, Justo Solé, natural de la Villa de Santiago, no traía en sus alforjas pruebas que lo relacionaran con el robo de ganado o hacienda particular. No obstante ello, el acusado se notó sumamente nervioso al ver que la testigo subía al estrado.

Mrs. Davenport narró a detalle la forma en que el indiciado detuvo la diligencia con destino a Monterrey el 11 de junio, cómo hizo bajar a los pasajeros para despojarlos de todo tipo de valores materiales —­la testigo insistió en recalcar que los valores morales y los del espíritu son incorruptibles—­, cómo los sometió a largo suplicio obligándolos a tenderse bajo el sol, y cómo finalmente el bandido se satisfizo sexualmente con una joven pasajera detrás de un bosquecillo de álamos.

A la sazón, el testimonio de otros cuatro testigos hizo que el jurado decidiera condenar a Justo Solé a la horca, pero es de destacar el hecho —insustancial para algunos, relevante para otros, y en todo caso de interés por lo que tuvo de irregular dentro de los cauces acostumbrados por el sistema procesal—­ de que Mrs. Davenport, dictada la condena y a punto todos de abandonar la sala rumbo al cumplimiento de la orden del juez, pidió la palabra y dijo con su acento londinense:

«Antes de unirse al Señor, mi difunto esposo, el ministro George Isaías Davenport, consiguió un donativo para ejercer labor evangélica por los caminos del norte de México.

Varios años trabajamos juntos en una cruzada para sembrar la fe, y cuando él murió, yo seguí su ejemplo. Con esta tarea a cuestas, he visitado desde los barrios populosos de cada ciudad hasta la villa más abandonada de la mirada de los hombres.

En mi opinión, el principal lastre que carga este país no son los ladrones, los abigeos, los violadores o los rebeldes al virrey, sino los circos.

Óiganlo bien: Los circos. Y de ellos, sobre todo los que traen, enjaulados o libres, animales contrahechos como los osos hormigueros.

¡Dios mío, qué bestias tan infames! ¡Qué desliz de la naturaleza producir semejante fealdad que invita a la lujuria!

El oso hormiguero parece haber hibernado con una botella siniestra pegada a la nariz, posee una pelambre dura al tacto que hace pensar en los peores hombres, los pecadores y los nefandos que se carcomieron en Sodoma…

Y su forma de alimentarse: hay que ver esa lengua moviéndose de acá para allá, pequeño torniquete rasposo que no deja insecto sin sorber, se deforma demoníacamente para colarse en los más abruptos rincones de hormigueros y nidos de termita, una lengua que, si se lo propusiera, cabría en cualquier parte, en el resquicio de la nariz, de un oído, de…

Siento miedo de esos ojillos en apariencia tranquilos pero que se clavan como buscando insectos tras las ropas, como si quisieran echarse sobre una para escarbar y escarbar…

Tiemblo imaginando que su miserable lengua me rozara la piel, me sobrecoge un mareo al pensar que uno de esos monstruos se apareciera en mi casa mientras duermo.

¡Ah, qué infierno sería encontrarse entre las sábanas la repugnante, la inquisitiva lengua de tan ruin animal!

Si cuando alguien viera un oso hormiguero en el circo, en vez de guardar una calma pasmosa tomara el rifle, el revólver, vaya, cuando menos echara sobre su infecta trompa una frazada para que el mundo se protegiera del pecado.

Si en lugar de rentarlos a unos pesos para acabar con plagas en patios, terrazas y graneros, se dictara una ley para acabar con ellos, entonces y sólo entonces este país, este gran país, y todos ustedes, y yo y el mundo entero estaríamos verdaderamente a salvo del mal.»

Dicho esto, Mrs. Eleonora Davenport, que sudaba discretamente y resollaba por lo bajo, se acomodó el cabello, tomó su sombrero y con actitud de resignado orgullo se dispuso a seguir al contingente rumbo a la plaza donde sería ejecutado Justo Solé.

Héctor Alvarado Díaz es originario de Monterrey.

Cursó la carrera de Letras en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ha publicado 11 libros (6 novelas, 4 libros de cuentos y uno de entrevistas a escritores de Nuevo León). Por su trabajo literario ha recibido premios nacionales e internacionales como el Premio de Novela Corta Roger de Conynck (2020); el Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero, el Premio Internacional de Cuento Miguel de Unamuno, en España, el Premio Nacional Juan Rulfo para Primera Novela y el Premio Latinoamericano de Cuento.

Fue Coordinador del Centro de Escritores de Nuevo León que trabaja en la formación y el desarrollo de proyectos de escritores jóvenes del estado y es uno de los proyectos literarios de mayor permanencia, cuyos egresados han publicado alrededor de 100 libros.

Fue Director de la Casa de la Cultura de Nuevo León durante 8 años.

Obtuvo la beca del Sistema Nacional de Creadores de Arte en la Emisión 2013 con un proyecto de narrativa, y fue Director de la Editorial de la Universidad Michoacana de 2013 a 2017.

Actualmente es profesionista independiente. Mantiene dos proyectos de promoción literaria en la Internet: 25 Instantáneas de… Entrevistas con Escritores que lleva 30 semanas ininterrumpidas de publicarse en el portal electrónico “El-artefacto”; y Materia oscura, Revista de Fantasía, Ciencia Ficción y Fantasía, que lleva 32 semanas apareciendo  en el mismo portal.

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