Materia oscura: Matiné15 min de lectura

Magdiel Torres

Acerqué mi mano a la pierna de Viridiana, amparado por la tenue luz de la proyección; a ella no pareció importunarle. Confiado en su silencio, empecé a mover los dedos en torno a su pierna, a sentir su redondez. El movimiento era aún torpe y un tanto antinatural, pues acariciaba su pierna con el torso de la mano y no con la palma abierta que a toda luces me daba más capacidad de acción. No sabía cómo hacer para que mi mano volviera tras sus pasos, dejara de acariciar la pierna de Viridiana, cambiara el torso por la palma y se posicionara de nuevo sobre el terreno previamente conquistado. Me paralizaba un miedo a ser, en esta ocasión, rechazado, como si una fuerza militar de la consciencia de Viridiana, reorganizada tras una primera derrota, volviera a tomar la plaza ocupada por mis huestes.

De repente sentí que la situación ya era ridícula, que Viridiana se preguntaba porque no avanzaba de esa previa caricia que se había prolongado hasta el absurdo. Caí en cuenta, entonces, que un general que negocia es un militar derrotado, pero no fue este descubrimiento feliz lo que me impulsó a retomar mis pasos hacia lo que por entonces me era desconocido. Entender que Viridiana aprobaba mis primeras caricias y que ese consentimiento podría llevarme a otras partes de su cuerpo despertó en mí una consciencia más extrema: la de mi existencia en el tiempo.

Ahí, ante la vista de una película de aventuras que había dejado de interesarme casi desde su inicio pude sentir en la carne y en mi piel un desdoblamiento: yo era entonces un chico de 13 años tratando de seducir a una niña de 12 pero era también mi yo consciente de 35 años. No supe si aquella escena era la materialización de ese recuerdo o si más bien yo me había incrustado en el recuerdo o en ese pasado al que pertenecía el recuerdo. En este último caso la situación adquiría otro matiz más complicado, la de un hombre mayor que toca a una niña al amparo de la oscuridad de un cine.

Tras esta sensación de desdoblamiento dejé de acariciar a Viridiana y me levanté de mi asiento para ir al baño. En el camino pude ver a los niños de la secundaria a la que asistía sentados en otras butacas de ese cine viejo e inmenso, reconocí a algunos que ya había olvidado por completo, incluso uno de ellos me saludó alzando la mano. En el baño me di cuenta, a través del espejo, que era ciertamente el niño de 13 años que un día fui, como ya me lo había hecho sospechar el muchacho que me había saludado previamente y el consentimiento de Viridiana a mi caricia.

Volví a mi lugar seguro de haber dejado atrás el miedo a la timidez y aceptando el desdoblamiento como cosa natural. Al llegar a mi asiento, ubicado justamente al lado del pasillo, pude ver que Viridiana me miró entre tímida y sonriente. De aquel recuerdo conservo la memoria de no haber dormido, la tensión sexual que Viridiana me despertó aquella tarde de matiné fue una fuerza poderosa que me mantuvo toda la noche con ensoñaciones de un enamoramiento que ya exigía la presencia de la carne. El perfume de Viridiana, vuelto a respirar esa tarde, me era inconfundible: nunca lo pude olvidar a lo largo de mi vida. Con el tiempo me di cuenta de que no era propiamente una loción para el cuerpo, sino el perfume que consigo traía un fijador para el cabello muy popular por entonces y que tiempo después dejó de usarse. Ahora, nuevamente con el perfume inundando la semioscuridad de la sala, estaba dispuesto a desarrollar esa tensión nocturna -y futura en ese contexto-, hasta las últimas consecuencias

Me senté nuevamente junto a Viridiana y coloqué la palma mi mano en su pierna. Pude sentir de mejor manera la redondez que anteriormente había inspeccionado mi torso. Aunque ya la timidez había sido dejada atrás, actué con cautela: mi mano se posicionó muy cerca de su rodilla y poco a poco fui subiéndola hasta sentir el inició del short que vestía Viridiana. Ahí me entretuve en recorrer el borde del pantaloncillo, como una tropa que bordea el río para encontrar el sitio exacto en donde habrá de construir el puente para la invasión final. Metí mi dedo medio en el interior de su short. No fue tarea fácil, su prenda estaba apretada a su carne, pero una vez con la punta del dedo adentro, empecé a recorrer de izquierda a derecha la pierna de Viridiana. Ella se rió. No pude entender si estaba nerviosa o verdaderamente le hacía cosquillas. Más adelante, cuando encontré el punto en donde se unía sus piernas y horadé un poco en su interior, Viridiana suspiró.

Llegamos a un punto muerto. Yo no podía seguir avanzando sin que mi movimiento no fuera natural, como cuando inicié la caricia con el torso de la mano, antes de saberme desdoblado. Lo más cómodo y práctico hubiera sido, estando sentado a la izquierda de Viridiana, sacar de entre su entrepierna mi mano derecha y empezar a acariciarla con la izquierda, pero ese movimiento ya no sería tan sutil y no faltaría quien se diera cuenta que ahí estaba pasando algo.

Fue Viridiana, sin embargo, la que superó el problema del estancamiento. Me dijo al oído, con una voz adormilada, que tenía que ir al baño, como pidiéndole que quitara la mano en donde habíamos consentido dejarla descansar después de tan larga travesía. Retiré mi mano de su cuerpo y me levanté para dejarla pasar.

Sentada al lado de Viridiana estaba Jéssica. Recuerdo a Jéssica más que a Viridiana. Era vecina mía, pasaba por ella todos los días para ir a la secundaria, hasta que se cambió de vecindario. Siempre la traté como una amiga y tiempo después me di cuenta que estaba enamorada de mí, ya cuando nada se podía hacer al respecto, es decir, cuando había dejado de ser la niña escuálida que era para convertirse en una mujer deseada por todos. Jéssica me miró con los ojos de quien entiende lo que pasa y yo experimenté una sensación propia del chico de 13 años que es felicitado por un amigo por la conquista que acaba de emprender. La sensación infantil me duró poco y me levanté de mi asiento para ir al baño e ir a buscar a Viridiana.

No la encontré ahí, como me lo había imaginado, sino caminando de regreso por el pasillo que iba de la sala al área de los sanitarios. El cine era un edificio enorme, recuerdo que poco después de aquella matiné dejó de funcionar como cinemateca y, después de un periodo de abandono, se convirtió en un centro comercial. Por entonces ya era casi un edificio abandonado, lo abrían de cuando en cuando para alguno concierto y en aquella ocasión fue rentado a la escuela para proyectar una doble función de cine a razón de la celebración por el día del niño.

Viridiana se sorprendió al verme por fuera de la sala de cine, pero no dejé que me dijera nada, fui directo hacia ella y la besé. El beso de Viridiana fue torpe, pero su boca abierta era ya el preámbulo de una entrega más desproporcionada. La tomé de la mano, después de besarla, e intenté abrir una de las tantas puertas que había en el pasillo entre nuestra sala y los baños. La puerta cedió con un simple movimiento de muñeca. Adentro había una pequeña sala de cine, con algunas pocas butacas, que sin embargo ahora parecía ser usada para guardar objetos de limpieza. Quizá por esto último la puerta no estaba cerrada. Yo, en cambio, cerré por dentro, para evitar posibles molestias.

Viridiana estaba desconcertada, supongo que para ella todo este asunto iba demasiado rápido, al menos en contraste con la pausada caricia a su pierna con el torso de mi mano. Sin embargo, no opuso resistencia cuando la volví a besar y menos aun cuando desabroché su short de mezclilla a todas luces elaborado de un pantalón venido a menos. No tenía vello púbico y su vulva estaba húmeda. Dejé de abrazarla, pues sin renunciar a su vagina, exploré en el interior de su blusa. Llevaba puesto un sostén, pero no había nada o casi nada debajo de éste. Desilusionado me concentré en su vulva y en sus nalgas que, a diferencia de su pecho, eran generosas y ya amenazaban ser desproporcionadas. Atenacé a Viridiana con mi mano izquierda tocándola por el frente y con mi mano derecha acariciando sus nalgas. Con mis dos manos, la abrí de las piernas hasta que me di cuenta que la pantaleta y el short agazapado en sus rodillas no permitían que la abriera más.

Me agaché para quitarle short y pantaleta y entonces me entretuve en besar y lamer su vagina que ya humedecía las partes interiores de sus piernas. El olor de Viridiana era intenso y yo poseía una erección desproporcionada. El deseo me levantó y puse de espaldas a Viridiana para agacharla un poco y poder penetrarla. Cuando me bajé los pantalones sufrí una leve decepción, mi pene no eran tan grueso como solía serlo a pesar de que sentía que la erección lo había colocado en el máximo de su capacidad. Más adelante, después de una penetración no carente de dolor, me vino una segunda decepción cuando eyaculé al poco tiempo de haberla penetrado, incapaz de controlarme. El orgasmo, sin embargo, fue mayúsculo y me quedé un rato más adentro de Viridiana, mientras sentía cómo los estertores me iban vaciando de mí. Cuando Viridiana pudo incorporarse vimos que de entre sus piernas escurría esperma y sangre.  Recordé cómo los antiguos creían que en la infancia el esperma circulaba mezclado con la sangre y que después, en la edad adulta, se separaba definitivamente de esta. Ahí, en las piernas de Viridiana, iban mezclada su infancia y la mía.

Antes de volver a la sala de cine, Viridiana se limpió con su pantaleta y la abandonó en aquel cuarto de servicio. Al terminar la película encendieron las luces y muchos salimos al área de dulcería. Mis amigos comentaban la película conmigo y yo me entretuve en recordarlos a todos. En ese momento me empezó a inquietar el problema de los tiempos y del recuerdo. Este nuevo recuerdo que ahora estaba construyendo se instalaría en el futuro de esta nueva experiencia, de tal suerte que tendría dos recuerdos de ese cine, el primigenio, al que ahora había vuelto, y este nuevo que se posicionaría mucho más adelante. Un recuerdo no eliminaba al otro, más bien se sumaba al ya existente y, de seguir viviendo en ese pasado con mi consciencia de 35 años, empezaría a elaborar una serie de recuerdos paralelos.

Cuando regresamos a la sala para ver la segunda y última función las chicas habían cambiado de asiento. Jessica estaba ahora sentada al lado mío. En el recuerdo primigenio así sucedieron los hechos: vi la primera película con Viridiana y la segunda con Jéssica. Yo sabía ahora, sin embargo, que Jéssica estaba enamorada de mí. Empleé con Jéssica él mismo toqueteo sutil que con Viridiana, saltándome la torpe estrategia de empezar a acariciarla con el dorso de la mano.

Pero Jéssica tenía otros planes, acaso enterada de lo que había pasado por perspicacia o porque Viridiana le había contado, cuando empecé a meter mi mano por su falda, me dijo al oído que la acompañara al baño para que la besara entre las piernas. Salimos de la sala tomados de la mano, sin pudor. En el camino hacia el pasillo, sin embargo, me pareció ver las sombras de algunos niños y niñas que también se entregaban a su deseo: niñas que les practicaban sexo oral a niños que fingían ver la película, me pareció ver a una niña que masturbaba a dos compañeros que estaban sentados uno a cada lado de ella, a cada uno con una sola mano, y en los asientos de atrás, montones de sombras que se contorsionaban.

Cuando Jéssica y yo llegamos a los baños, cerró la puerta por dentro, se bajó los calzones sin quitarse la falda y se subió al lavabo, abriendo las piernas. Sin preámbulos me agaché para lamerle la vagina que ya tenía un vello incipiente. No olía como olía Viridiana, pero jadeaba más y parecía disfrutar más lo que ahora yo le hacía. Al poco rato de estar entre sus piernas, Jéssica me pidió que la penetrara. La poseí ahí mismo, a la altura perfecta que me proporcionaba el lavabo. Jéssica estaba disfrutando realmente el encuentro, pensé que acaso se debía a que estaba realmente enamorada de mí.

Frente al espejo y mientras penetraba a Jéssica empecé a sentir la metamorfosis propia de mi desdoblamiento, empecé a convertirme en el hombre de 35 años que recordaba ser mientras que Jéssica continuaban siendo la niña de 12 años que era. Empecé a percibir pequeño su cuerpo y, sobre todo, empecé a experimentar cómo mi pene recuperaba el tamaño y el grosor de mi adultez, dentro de ella. Jéssica también se dio cuenta, pude sentir cómo mi verga extendía las paredes de su vagina, cómo me apretaba su pequeña cavidad, ensanchándose a causa de un desdoblamiento interno. Jéssica se aferró a mí, prolongando sus gemidos en un agudo alarido. Yo no deseaba que volteara a ver lo que yo veía por el espejo, mi rostro de adulto, mi calvicie prematura y mi deseo y control recuperado. Pero al parecer ella misma no deseaba que saliera  de ella, pues se aferró con sus piernas a mis caderas y una vez terminada la metamorfosis, me indicó con el movimiento de sus piernas que continuara penetrándola con un ritmo más acelerado. Empecé a penetrarla con mayor fuerza, la levanté del lavabo y la cambié de posición de tal suerte que ahora fuera ella la que quedara frente al espejo.

Tras lo que creo que fue un largo orgasmo, Jéssica empezó a llorar y a pedirme que le diera duro, pues había vuelto a ser la mujer adulta y pensaba que el sexo nos podría regresar a la edad temprana. Entendí entonces que ella también sufría la misma metamorfosis que yo y seguimos haciendo el amor mirándonos en la cara las diferentes personas que fuimos, éramos o seríamos.

Recuerdo (aunque ahora hablar de recuerdos resulte complicado) que fue una faena larga, que por un momento me sentí desbordado por la vagina de una mujer obesa mientras yo era un niño de ocho años y que penetré el culo estrecho de una mujer embarazada mientras me quitaba de la cara sudada el cabello largo de cuando tenía veinte años. Terminamos, juntos, cuando volvimos a coincidir en una edad específica. Abrazados en el frío suelo de ese baño de cine abandonado, Jéssica y yo éramos ya unos ancianos, los ancianos que seremos y los que fuimos. Con la conciencia que me daban los recuerdos de mi vida que ahora se resumía en esa vejez, me di cuenta de que esas metamorfosis se repetirían indefinidamente, pues era un ser integral, completo, en un tiempo cíclico que me iba dando, de fragmentos, la noción de una totalidad que aún no podía comprender.

Foto: Andrea González

Magdiel Torres Magaña (Tepalcatepec, Michoacán, 1982).

Ha publicado los libros Los días con el otro (Secum, 2011), ¿Tiene usted la Biblia en casa? (Secum, 2015) y Una tumba para el Santa Elizabeth (Ivec, 2019). Ha sido ganador del Premio Estatal de Poesía en Carlos Eduardo Turón y del Premio Estatal de Narrativa Xavier Vargas Pardo.

Su obra se ha publicado en las antologías Turbulencias dosmilonce (Ficticia, 2012), El viaje y sus rituales (Secum, 2016), Territorio ficción. Antología de cuento joven (SEP, 2017)  y San Diego Poetry Annual 2017-18 (San Diego Entertaiment+Arts, 2018) y en diversos medios en el país y en el extranjero.

Es Licenciado en Letras Hispánicas, Maestro en Historia de México por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y actualmente realiza un doctorado en Literatura Hispanoamericana. Se ha desempeñado como docente y periodista cultural.

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