¿Me has visto? Soy Samuel Noyola6 min de lectura

Caliche Caroma

Vaquero del mediodía (2019) quizá no sea el non plus ultra de los documentales, sobre todo porque el director Diego Enrique Osorno abusa de las historias secundarias, del melodrama lacrimoso que tanto fascina a los tibios de espíritu y de los lugares comunoides: indigentes leyendo poesía, escritores llorando por la rebeldía perdida y la copa de tequila/mezcal en la mano de los entrevistados para recordar al vate. Sin embargo, que se investigue la vida de un poeta que está en calidad de extraviado desde hace casi diez años y que este poeta sea “el más inspirado de su generación”, según Octavio Paz, atrapa la atención, uno se engancha en la vida disoluta de Samuel Noyola, escritor que nació en Monterrey en 1965 y que a los dieciséis años viajó a Nicaragua para unirse a los sandinistas.  

Diego Enrique Osorno quedó prendado después de que Samuel Noyola lo taloneó en un bar en 1999, el extravagante poeta se dio a la fuga para no pagar la cuenta, no sin antes echar pestes sobre José Emilio Pacheco y otros privilegiados, pero este encuentro marcaría al director de cine, pues abandonó sus incursiones a la poesía («yo era un poeta muy malo»); ante la lumbrera de su nuevo amigo, Osorno se sintió menos que cerillo, y comenzó así su carrera como periodista o “detective salvaje”. El mismo documental es una pesquisa esquizofrénica sobre el mito, la leyenda, la idealización (hasta no leer su poesía, no creer), tal cual lo hiciera Roberto Bolaño (Arturo Belano) con Mario Santiago Papasquiaro (Ulises Lima). De hecho, es este último el artífice del apodo que le da nombre al documental, el bautismo sucedió en un café, Noyola iba ataviado a la usanza norteña, Papasquiaro le dedicó su libro al Vaquero del mediodía, por el ajuar y la hora del encuentro entre estos dos contraculturales escritores, vía el ubicuo Juan Villoro (chile de todos los moles).

Samuel Noyola

Samuel Noyola fue (¿o es?) un tipo extraño, contradictorio, como corresponde a casi todos los poetas, a pesar de que algunos trabajaron en las oficinas del aburrimiento (Kavafis), de hecho, Noyola la hizo de corrector de estilo y editor en la revista Vuelta y en el periódico UnomásUno. No sólo fungió como discípulo e hijo predilecto de Octavio Paz, según algunos rumores, recordados por Eduardo Antonio Parra en el documental de Osorno, también les hacía otros “favores” al Nobel mexicano y a su esposa Mari Jo. El chisme es el combustible de la memoria. Samuel le regresará las flores al autor de ¿Águila o sol? en el poema titulado Octavio: “…porque Octavio / nos presta las dos O de sus ojos para ver el verbo”. Habladurías, comentarios al margen que traen de vuelta al otrora cachacoches, hoy poeta de culto.

En Vaquero del mediodía aparece todo un abanico de personalidades, ellos dan su testimonio y veredicto sobre Samuel Noyola, además de los ya mencionados, salen a escena: Guillermo Fadanelli, Francisco Hernández, Marcela Guerra, Rogelio Cuéllar, Marie Jo Paz (vía telefónica), el «todasmías» Juan Villoro y el ya citado Eduardo Antonio Parra, entre otros. Los recuerdos se ciernen sobre este hombre que fue (¿es?) poeta, franelero, vagabundo, guerrillero, borracho, mujeriego, ente contracultural (la contracultura es fugar, inasible), leyenda y fantasma. “Samuel es un hombre con una vida muy diversa, que se movía en grupos muy heterogéneos”, asegura el director del documental en una entrevista en la que no se cansa de agradecer a Noyola por la inspiración y por la poesía. El favor es para ambos, este documental ya está dando de qué hablar en los círculos de los enterados.

Tequila con Calavera y Nadar sabe mi llama son dos de los pocos libros que escribió y publicó Samuel Noyola en vida (¿está muerto?), al parecer sólo fueron tres. El segundo de estos, en coedición de SEP y el Consejo Nacional de Recursos para la Atención de la Juventud, colección Letras nuevas, primera edición de septiembre de 1986, cayó en las manos del que escribe estos párrafos. Un pequeño libro que comienza con este epígrafe de Quevedo: “Nadar sabe mi llama el agua fría, y perder el respeto a ley severa”. Palabras que se tienen que masticar con calma para entender la ruta de este Vaquero del mediodía, ¿dónde andará vagando el bardo?  Un libro poderoso que nos lleva al infierno de la belleza, un recorrido por el autoexamen (se reprueba a sí mismo y luego se pone una estrellita) y llega a la mar del haiku: «Más luz que color / Es la sangre del aire: / Herida y beso», estas diecisiete sílabas (¿18?) se llaman Rosa.

El resumen del final de una nota: Un descubrimiento en el basurero del Netflix (Slow West y Top Boy son otros de esos tesoros que uno puede pepenar en la plataforma de la ene escarlata), Vaquero del mediodía vale los más de cien minutos nalga. La música, la edición, la fotografía y la sonorización no se quedan atrás, un trabajo que bien puede ser llamado de difusión de la literatura. Como al principio se dijo, quizá no sea el mejor de los mejores documentales, pero eso de buscar a alguien que decidió perderse por cuenta propia, aun cuando no desaparecía del todo, tiene un dejo de superrealismo, algo mágico ocurre en el desarrollo de esta historia, y eso mágico se llama poesía y se escribió en una camioneta abandonada que le servía de hotel a Noyola:

Vaquero del mediodía (2019)

El versador

Entre las indiferentes flores que se abren como un puño

el día me come con sus llamas de gracioso espíritu.

A un vecino cielo se mudan las nubes, al charco

se caen, y todo lo que antes fuese infierno

ahora es bienvenida: porque de los árboles gotean

millones de diamantes para la bellísima, estridencia

de esas joyas que sacude agónico el grillo del corazón,

con un ritmo avivado por las sucias lágrimas de mayo.

Ah
la cintura de esta fermosa es un laúd de fuego,

temblor de sol su respiración, terco zumbido

mi palabra.

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