Migración y pobreza3 min de lectura

Ismael García Marcelino

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El barzón, canción popular.

Hay una escena chusca que puede ayudar a entender la postura de las empresas del Consejo Coordinador Empresarial, que se preocupan primero por su recuperación económica ante los estragos, en ese sentido, de la contingencia por el Covid-19. En la entonces naciente Secretaría de Pueblos Indígenas, en la administración de Leonel Godoy, 2008, se trataba de promover la instalación de pisos de cemento en cierta comunidad para mejorar las viviendas de algunas familias paupérrimas de la Meseta. Aquel equipo de administración se opuso, argumentando que, si les mejoraban sus pisos, al pueblo le sería retirada la categoría de “altamente marginados”. Aunque usted no lo crea.

Así, aunque increíble, hay conceptos que, por más que viejos, no se han comprendido o son tan vigentes que no hay más remedio que explicarlos de nuevo: Uno es combatir a los pobres que persiste sobre la añeja aspiración de combatir la pobreza; el otro, el etnocentrismo exacerbado que lleva a los intelectuales a pensar que “solo el pueblo p’urhepecha tiene migrantes” y solo ellos se mueren de ganas por regresar al terruño. Veamos uno por uno.

Cuando una familia de indígenas o campesinos, por ejemplo, donde el padre se dedica al comercio en la ciudad, gana unos cien pesos diarios con que alimentar a su familia, de pronto se encuentra con las calles vacías, tiene problemas para llevar y traer sus mercancías, no vende nada, le debe a Coppel, a Elektra y no tiene para el gas ni puede salir por temor a los riesgos de contagio, piensa: ¡Carajo ahora sí que estamos jodidos!

Cuando un miembro del Consejo Coordinador Empresarial se apoltrona en una cama al aire libre junto a la alberca de una casa rodeada de jardines, da un trago a su wisqui en las rocas, pide más hielos y recibe el reporte financiero de la fábrica de pastelillos que heredó de su familia para ver, alarmado, que de 700 millones que reportaba de ganancias la fábrica, han ingresado a sus arcas apenas 250 millones, gracias a la contingencia por el coronavirus que nos tiene como nos tiene, piensa: ¡Carajo ahora sí que estamos jodidos!

No hay duda de que una cosa es estar jodidos y otra, muy distinta, estar jodiendo. Lo que para un empresario importa es la posibilidad de que esos pobres empleados ni dejen de ser pobres ni empleados. Que no se les ocurra morirse porque, si así ocurre, ¿en quién va a descargar su desinteresada buena voluntad de emplearlos, pagarles sueldos de miseria y desecharlos? Si es extraño, eso es porque es nuevo, pero no por eso, ilógico; lo que pasa es que no estamos acostumbrados a que un gobierno ponga en primer lugar a los pobres; que combatir la pobreza arriesgaría el puesto de quienes “se han ocupado de atenderla”, y lo notable de este gobierno es que ser ciudadano deberá valer igual para todos, a pesar de la confusión.

Ángel, Violeta, Víctor, Cabral, Cafrune, Serrat, Sandino, Zapata, Villa, ¿qué creen?, ¡no se ha entendido la lucha ni la historia!

Y encima, así las cosas, Pedro Victoriano, molesto porque a quienes vuelven de los Estados Unidos a los pueblos de la región se les ha implorado de muchas maneras que NO VENGAN al pueblo, insiste en que se está coartando su derecho a volver al terruño. Lo malo de esto, es que, como intelectual indígena, el riesgo de que la gente le crea es mayor.

Si Victoriano quiere ser cómplice, no le quito su albedrío, pero insisto por cuenta personal: ¡Todos son bienvenidos, pero no visiten nuestros pequeños pueblos por ahora!, ¡es cuestión de vida o muerte!

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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