Morelia en Primavera8 min de lectura

Texto: Caliche Caroma
Foto: Wendy Rufino

Lo que ayer fue multitud, despoblado hoy es. Las calles de Morelia, sus plazas y mercados se han ido quedando solas, quizá no tanto como los más aviesos quisieran, pero sí lo suficiente como para notarlo en un arriesgada excursión, ¡oh, peligroso Guayangareo! La cantera está llena de ausencias, la nostalgia protesta en la avenida Madero, las multitudes que bailaban y gritaban son cosa del pasado, atrás quedaron los idus de marzo.

En Catedral, orgullo vallisoletano, han parado las plegarias y confesiones, los lamentos callaron, el vino y la carne de Cristo no han sido ingeridos, guardadas yacen las viandas místicas en la despensa sagrada. Alguna beata en las primeras filas, un arrepentido de quién sabe qué pecados del otro lado, tal vez pidiéndole a dios el fin de la pandemia: «Señor, ¿por qué nos has abandonado?». El solo de órgano espera como lo hace la homilía en el púlpito, ya llegará después la hora del sermón.

Para tranquilidad de los guardianes del Patrimonio de a Humanidad, nadie pintarrajea las Tarascas, «te atascas» (O. Paz), las paredes se extrañan de tanta calma. ¿Dónde quedó el de los globos?, ¿dónde el bolero y el lacra de la plaza Ocampo? En las Rosas se escucha un murmullo: «¿No gusta cooperar para los músicos?». Otro por allá: «Cinco chocolates por veinte pesos». El susurro fantasmagórico: «Una flor para la dama». Los alternativos desafían al SARS-CoV-2, los que no se pueden quedar en casa también, «quédate en Gaza»; las prostitutas y los vagabundos conviven con los repartidores de comida, más o menos lejos unos de otros, se saludan.

Aunque en el Paseo de la República (Libramiento, por el Estadio) no disminuye el tráfico, sí ha cambiado la dinámica social, las relaciones son otras desde que dijeron «Covid-19, peligro, no salir». Además, unos hombres/mujeres vestidos de blanco andan por todas partes rociando no se sabe qué sustancia para alejar el virus y el mal del mundo moreliano. «Vine a Morelia porque me dijeron que aquí vive un tal Pito Páramo», y le contestarían los fantasmas: «Aquí no vive nadie, todos están en sus casas, guardados».

Sólo las palomas quedan en la explanada Benito Juárez, donde antes masones y payasos se reunían y escandalizaban a los paseantes, cada uno según sus propios méritos. «¡Qué triste se pone Morelia en primavera!», escribió Ramón Méndez Estrada en Endecha en primavera, y también escribió ahí mismo: «y una campana fúnebre rompe el silencio / con un galope de penas broncas desbocadas / en los llanos del alma». Y es que el acueducto está más seco que nunca-siempre, ya nadie se queja del encendido de la la Catedral, esa Catedral sin fuegos de colores, tan olvidada como el pueblo pobre, las campanas tan-tan.

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