Música para mongoloides: Silverio7 min de lectura

Caliche Caroma

No hay dudas, damas y caballeros bigotudos a caballo excitado, Silverio sigue siendo un provocador, el dolor de muelas para más de uno, molesta a músicos y señoritas por igual. ¿Cómo es posible que la gente pague trescientos cincuenta pesos para ver a este barbaján? Cuestionamientos comunes cada vez que aparece un cartel con el hermoso rostro de Su Majestad Imperial. Miedo y asco en la capital michoacana, meras secuelas de la presentación del de Chilpancingo en el Tezla Music Gallery, deleite de los sentidos la noche del viernes 13 de diciembre, la organización corrió a cargo de +prö (Más Pro). Morelia quedó encuerada y oliendo a ingles de microbusero, qué rico.

Mocos, gargajos, huevos, verga, chela regurgitada, mentadas de madres, empujones, abuelita soy tu nieto. Silverio comenzó con “Yepa, yepa, yepa”, el éxito de éxitos, su sola figura en el escenario bastaba para que los chavorrucos (la mayoría del público tenían más de 35 años) mojaran sus pantaletas, que se presume eran rojas como las del ídolo guerrerense: “¡Pinches mongoloides, esta es música para mongoloides como ustedes!”, el aplauso ante la subnormal convocatoria, la baba es el agua bendita de esta feligresía del sampler.

Todo el equipo de Silverio, incluido su micrófono, estaba cubierto con plástico, los toques están cabrones después de litros y litros de cerveza arrojados al músico de prominente abdomen, la lluvia de cebada (y meados) no se hace esperar, es el slam de los fresas, los godinez masoquistas al ataque: “¡Ya se habían tardado, puros regalos perrones, pinches pulgosos!”, estos regalos son las deyecciones de los presentes, mismas que eran correspondidas con las exudaciones del cavernícola del ritmo. Decencia la chingada. Silverio le robó un ósculo a una chica (¿o era chico?) que se aproximó demasiado al diamantino altar, berridos punchis-punchis: «Poder insultar al público es algo que me motiva».

Cuidado con el perro, muerde y si te apendejas, te viola. Los celulares que querían capturar algo de la quintaesencia de Silverio eran arrebatados de las manos de sus despistados dueños; clamaban piedad y pedían perdón por el atrevimiento, pero era muy tarde, el aparato había pasado ya por los testículos y pene del Divo Iluminado, el sudor anal también juega un papel importante en este ritual de lo execrable, la señal de mocos/huevos.

Gil, uno de los encargados del Tezla, rememora las encueradas anteriores, es la tercera vez que Silverio se desnuda en este antro: “Nosotros no nos metemos con su show, al menos que se salga de control, pero por lo regular él tiene bien medido su personaje, bajo control, sólo que hay que tener cuidado de no dejarle al alcance tus pertenencias, o tu cara. Es a lo que viene la gente, ni más ni menos, a divertirse con un poco de insultos. Sobre advertencia no hay devolución».

La ropa del elegante troglodita fue cayendo según avanzaba la noche, primero el dorado saco, después la plateada camisa, el pantalón, los calzones, hasta quedar en traje de Adán: “¡Yo soy su padre, adórenme, retrasados mentales!”. Esta adoración consiste en un mantra de insultos, el baile desenfrenado y sólo interrumpido para ir a la barra por más chela que se derramó en honor al sacerdote sin trusa; círculo vicioso-religioso, la iglesia del calzón rojo estaba en éxtasis: “¡Chinguen a su madre!”, la sabia letra de una de sus rolas coreada hasta la ronquera.

Una hora y media duró el concierto de Silverio, la gente quería más insultos, pero la ropa interior había sido arrojada, demasiado tarde, el derroche de energía es mucho, masturbarse en público cansa. Otra noche de éxitos, la dignidad de los morelianos se quedó afuera, los que pagaron sus boletos salieron contentos, felices y oliendo culero. Anécdota: Andaban por ahí una pareja de sesenteros descontrolados que fueron cuestionados desde la entrada: “¿Saben de lo que se trata el concierto?”, ellos contestaron, muy seguros: “Ya danos nuestros boletos, cabrón”. Los enemigos de Silverio seguirán dándose golpes de pecho, quejándose de lo mal que toca y canta, de lo obsceno de su espectáculo, Ave María purísima. Mientras tanto, unos calzones rojos dejaron el siguiente mensaje en la cantera rosa: «Patadas a los niños, caricias a los perros».

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