¡No me entierren en sagrado!3 min de lectura

Ismael García Marcelino

Ebrio de cerveza y las emociones por la gira, Nacho se desplomó en su cama. Nuestro anfitrión, lleno de contento, nos había agasajado con una cena de despedida para aquel grupo de artistas mexicanos que había llevado una muestra de la cultura michoacana. Bueno, el grupo; yo qué, si me había dedicado a estropearles la fiesta a los miembros de aquel ballet folclórico que, explicaban, según ellos, “la fiesta que cada día vivimos los p’urhepechas de Michoacán. Nacho lloraba, pero no por la nostalgia natural de tener que dejar Torino, el campamento y el teatro donde habíamos recogido buena cantidad de aplausos. “No es eso”, me dijo; “lo que pasa es que estamos bien jodidos!”

Una hora antes, el grupo, que daba por terminada la tertulia, se abandonó cantando de plano, ya borrachos, canciones de Alejandro Fernández y Luis Miguel. Ninguno de aquellos contertulios (excepciones hechas, claro, de Raúl Eduardo y Bruno) habría sido capaz de interpretar a tata Nacho, a Manuel Esperón o a Manuel M Ponce. De cultura mexicana, por lo menos en materia de música, no entendían un carajo, y ahí estuvo la falla: En un momento determinado, Franco, luego de tanto José Alfredo, nuestro anfitrión, nos pidió que le cantáramos una canción que él había aprendido en sus viajes a México. “Bueno, ustedes acompáñenme yo la canto”, se resignó, y que se arranca. Tomé mi guitarra y toqué las primeras notas, pero nadie pudo seguirlo con aquella canción de Óscar Chávez.

Eso es lo que tenía a Nacho así de decepcionado. ¡“Estamos bien jodidos!; ¡no conocemos ni lo elemental de la historia de Latinoamérica!, ¡ni lo mínimo, cabrón!”, me dijo, completamente apenado por el ridículo nivel cultural, que, frente a un italiano, mostró nuestro grupo de mexicanitos especialistas en cultura michoacana, y que además de Óscar Chávez no tenía ni noticia.

Por supuesto que ése no era el problema; qué más daba que un grupo de danzantes profesionales se fingiera enamorado de la cultura indígena, si ya se sabía que no es verdad, que sólo es pose; lo grave estaba (y está) en la circunstancia de que un extranjero tenga mejor información sobre la lucha y la protesta social en América Latina que nosotros, “los latinos”.

Por la obra de Óscar Chávez, de quien aprendí que un verdadero trovador no puede ver la música como negocio ni aspira a ser sepultado en sagrado, quienes luchamos hemos entendido que la vida en el México del PRI nos presenta dos caminos solamente: vivir o dejar que vivan por ti; creemos que el maestro puede enseñar o cobrar por ello; que una cosa es ser la autoridad y otra, muy diferente, tener la autoridad. En sus recitales insistió a los estudiantes sobre la máxima cheguevariana de que “ser joven y no ser revolucionario es una lamentable contradicción”; claro que los estudiantes a quienes Óscar Chávez se dirigía ya no son los mismos; hoy Antorcha Campesina, es decir el PRI, tiene sus casas Espartaco con población asegurada para resistir a la transformación lopezobradorista de un movimiento de regeneración tan vilipendiada por una “especie de izquierda” perredista junto con otra “floresmagonista” que está claro que en sus marchas y mítines prefieren reguetón y narcocorridos que el canto de Violeta Parra, José de Molina u Óscar Chávez. Y quién sabe si sea por eso que sigan teniendo más valor las tradiciones mercadotécnicas de la televisión, como el futbol y el guadalupanismo, que el cine de Gabriel Retes o Alfonso Arau.

A propósito, les recomiendo las películas “Canoa” (Cazals, 1975), “Nuevo Mundo” (Retes, 1976), y “Calzonzin inspector” (Arau, 1974), con textos de Eduardo del Río, disponibles en Youtube.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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