¡No nos vamos a dejar!4 min de lectura

Ismael García Marcelino

Y comenzó ahí una carrera desaforada, lo más parecido a una estampida, que ha durado tantos años que no se sabe ni se sabrá adónde vamos a terminar.

Corrían los años ochenta en aquel pueblo de menos de tres mil habitantes. Se tenía por sabido que en San Francisco “los tiempos habían venido cambiando los últimos años” y por más que nadie tenía claro cuándo y cómo había empezado todo, flotaba la sensación de que lo peor estaba por venir. Los cambios iban a hacer de las suyas en los sentimientos y la razón de la gente de aquel pueblo que, como muchos otros, terminarían adoptando una manera de ser totalmente impuesta.

Las calles, por ejemplo, habían pasado del empedrado con tierra a rígidos andadores inundados en concreto, que la gente conocía como “cemento ahogado”; las casas de adobe, una por una, pasaron a inhóspitas construcciones de cemento y ladrillos, techos cubiertos con pesadas lozas o absurdas combinaciones, como las casas con paredes de adobe “reforzadas” con castillos de varilla y concreto (absurdas, por la diferencia de elasticidad entre ambos materiales, según los especialistas). Con todo eso, la gente de San Francisco había notado cambios en la conducta de los chicos, sus nuevos hábitos y gustos: todos fuman ahora; a escondidas, las chicas comienzan a beber como los adultos y nadie siente pudor por la presencia de algún pariente cercano, una persona mayor o la autoridad. “¡Como antes!”, suspiran algunos. Si algún miembro del rondín (que es como le llaman al grupo de vigilancia nocturna) le llama la atención a los noctámbulos, en lugar de atender el llamado, desafían a los policías.

Ese día de la fiesta en medio de la plaza, durante la topa musical que las bandas suelen ofrecer a los asistentes, se instaló en la gente las ganas de sobresalir a costa de los que sea. Ocurrió así: La banda de música de Charapan, en un gesto de comunión absoluta con sus admiradores, tocaba una obertura tras otra, un son, una sonata, un abajeño, y la gente del pueblo, si no los ovacionaba desaforadamente, es porque no era la costumbre. Cuando tocó el turno a la banda del otro barrio, una banda de Guanajuato con un tal Carmelo al micrófono, se echó a funcionar por primera vez en la historia de las fiestas de San Francisco todo un equipo de retumbantes bocinas e interpretó a todo pulmón un repertorio que la comunidad escuchó con azoro. Así ingresaron a la fiesta del pueblo y con el pie derecho los “éxitos” de Frank Pourcel, Bebus Silveti, Ray Coniff y hasta la Sonora Santanera. Los organizadores del barrio que habían escogido a la Banda San Antonio, de Charapan, pudieron haber hecho poco caso del exabrupto y la estridencia; pero la sensación de humillación fue difícil de ignorar y cayeron en el juego: Como pudieron, consiguieron algunos fables “para no quedarse atrás”, y de todos modos no repuntaron. El daño estaba hecho y, hasta la fecha, no hay manera de convencerlos de que la estridencia no es la calidad, pues hoy por hoy en la fiesta patronal desfilan narcocorridos, tecnobandas y grupos norteños de dudosa calidad.

Educación y Cultura se encontraron a Turismo, un viejo amigo de la escuela. Molestas por el proceder de Turismo, según sabían, lo enfrentaron: “¿Es cierto que andas poniendo a la venta a los pueblos más emblemáticos de la región?, ¿que no te has tentado el corazón para exhibirlos como si fueran productos de consumo?”, le increpó Cultura. “¡Te has pasado de la raya!”, reclamó con gravedad Educación, entre tímida y prudente. Llevas más de veinte pueblos rurales convertidos en atractivo mágico y sabes perfectamente que el daño que pueden sufrir en lo íntimo va a ser irreversible”, completó Cultura. “Les han contado mal”, se defendió Turismo, “yo propuse un pueblo mágico, los demás se acercaron solos; en todo caso, la culpa es suya, porque un pueblo sin Educación entrega su Cultura con más facilidad que una quinceañera sus primeras caricias a quien tenga la habilidad para pedírselas.


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