No soy un impostor, soy Lenny Bruce9 min de lectura

Caliche Caroma

Este texto comienza con la transcripción de un chiste contado por Lisa Lampanelli en una de sus polémicas presentaciones: “¿Cuántos hispanos se necesitan para limpiar un cuarto de baño? Ninguno, ése es trabajo de negros”. Cruel y peligroso, pero este chiste tiene muchas verdades implícitas, a saber, que la discriminación y el racismo existen aun después de Malcom X y Martin Luther King; que los blancos siguen siendo los dueños de la riqueza en países como Estados Unidos (y México), por eso chinos, árabes, negros y latinos hacen el trabajo sucio y, quizá la más terrible, que nos hemos convertido en unos ñoños, no estamos preparados para el golpe de lo que es, por eso nos ofendemos con chistes como éste, porque los cómicos, los buenos cómicos, quieren tratarnos como gente inteligente, pero no lo somos, lo políticamente correcto es preferible a la realidad. Una gran mierda servida en un cono de helado, la seriedad.

Lenny Bruce es el personaje principal de estos párrafos, aunque al principio ni se le mencione, aparentemente. Ese chiste del principio, con el que el 50% (o más) de los posibles lectores (si los hay) abandonarán la lectura, aparece en el documental Looking for Lenny (2011), escrito y dirigido por Elan Gale. Decenas de comediantes hablan de Lenny en esta pesquisa cinematográfica, agradecen su influencia en el humor contemporáneo, bromean sobre la personalidad explosiva de Leonard Alfred Schneider (su verdadero y horrible nombre), comentan sus shows (porque cuando hablamos de gringos podemos decir shows) y reafirman lo incorrecto e intempestivo que fue ese hombre estadounidense nacido en Vaudeville, Mineola, el 13 de octubre de 1925 y fallecido el 3 de agosto de 1966.

Sí, murió por una sobredosis de heroína de baja calidad que algún dealer le vendió (nada es gratis, mucho menos la muerte). Cayó y calló en su apartamento californiano, cerca de la bañera su cuerpo inerte, los policías le bajaron los pantalones y permitieron que el fotógrafo en turno capturara ese vergonzoso momento con el que se cerraba, con lujo de detalle, el ciclo de un ser «pervertido y obsceno», estos eran los motivos por los que lo habían juzgado en los últimos años de su vida, juicios que fueron el verdadero motivo de su muerte, se agrío y enloqueció creyendo en la justicia de los pasillos de los juzgados: “¿Qué significa para un hombre que lo encuentren obsceno en Nueva York? Es la ciudad más sofisticada del país. Aquí es donde se representa El balcón de Genet. Si alguien es la primera persona considerada obscena en Nueva York, debe de sentirse como un verdadero depravado”.

Regresemos al chiste de Lampanelli, limón en la herida. Hace unos años, un expresidente mexicano de coeficiente deficiente se expresó de los afroamericanos de la misma forma, pero lo hizo sin gracia y fuera del contexto de la comedia (quizá toda la política intenta ser comedia, pero no lo logra, es mala comedia). El político de marras dijo que los migrantes mexicanos realizaban trabajos que ni los negros querían hacer en el país de las barras, las estrellas y los KKK. Lampanelli lanza su chiste como una provocación ante un público en donde hay afroamericanos y latinos, en su mayoría, los invita a pensar, porque la risa es un juego de la inteligencia, cuando es una risa genuina y no fingida. El expresidente mexicano cree que su dicho es una frase afortunada. Aquí está la diferencia entre el chiste provocativo y la seriedad del subnormal (sí existen los subnormales y tiene colectivos llamados partidos políticos).

De vuelta a Lenny. Paul Desmond, saxofonista de David Brubeck, descubrió a Lenny Bruce en algún oscuro bar a mitad del siglo XX, en aquellos años 50’s los espectáculos mezclaban la buena música con el humor satírico y un poco de erotismo. Fue Desmond quien lo recomendó con los presentadores de televisión más importantes del momento, no la fea tv, sino la que permitió que comediantes como Lenny salieran a la artificial luz pública. Las pantallas chicas le dieron cabida a ese tipo delgado, medio nervioso, pelo negro, parecía que conocía muy bien a su público, disfrazaba su seguridad de dudas, casi se diría que psicoanalizaba al auditorio. Lenny se burlaba de todos por igual (pero no era demócrata), no quedaba nadie sin quemar, ningún tema se le escapa. Contra judíos, irlandeses, liberales, feministas, conservadores, intelectuales, clase obrera, católicos y homosexuales: “Para mí, si vives en Nueva York o en cualquier otra ciudad grande, eres judío. Da igual que seas católico; si vives en Nueva York eres judío. Y si vives en Butte (Montana), vas a ser gay aunque seas judío”.

Bob Fosse dirigió en 1974 una película llamada Lenny, interpretó al comediante un Dustin Hoffman joven (tan diferente al Dustin Hoffman viejo que conocemos). Este largometraje se queda más en la añoranza pudorosa de un artista que tocó fondo que al merecido recuento escandaloso de una existencia intravenosa, claro, la película es estadounidense, se queda en la orilla de la reivindicación como el perdón póstumo que le otorgó George Pataki, gobernador de Nueva York en 2003. De los mejores homenajes a Lenny, además de las risas, se encuentra el tema que Bob Dylan le escribió y cantó, aquí un fragmento en inglés (el original): “Lenny bruce is dead but he didn’t commit any crime / He just had the insight to rip off the lid before it’s time / I rode with him in a taxi once, only for a mile and a half / Seemed like it took a couple of months / Lenny Bruce moved on and like the ones that killed him, gone”.

En el libro de Kenneth Tynan, La pornografía, Valencia, Lenny, Polanski y otros entusiasmos (Anagrama, 1979), el polemista inglés describe la única visita que hizo Lenny Bruce a Londres en la primavera de 1962, de los problemas que ocasionó ahí y de los golpes que recibió por hablar abiertamente de lo que a los ingleses les incomodaba (es decir, casi todo): “Pero se equivocó al depositar su confianza en aquella gente. En casi todas las noches en que actuó en The Establishment se levantaron voces de protesta de clientes escandalizados. A veces, además de las voces se levantaban también amenazadores puños, algo que, en un club que sólo admite a sus socios, no ocurre en Londres casi nunca”.

Kenneth Tynan lo describe certeramente, redoble de tarola: “Utilizaba las palabras de la misma forma que un músico de jazz utiliza las notas, lanzándose a digresiones fantásticas de ritmo personalísimo para regresar a su tema precisamente cuando empezabas a pensar que lo había olvidado por completo”. Lenny hablaba de los negracos y sudacas, se burlaba del dios de los blancos y escupía contra el cielo, se tragaba el gargajo verde, añoraba a la mujer que lo había dejado y disertaba sobre las ventajas de la soledad: “Todos los días las personas se alejan de la iglesia y regresan a dios“ o “Si dios creó el cuerpo y el cuerpo es sucio, entonces la culpa es del fabricante” o “Cuando tienes ocho años nada es de tu incumbencia” o “El único donante verdaderamente anónimo es el tipo que embaraza a tu hija”.

Lenny era genuino, no quería la risa fácil, buscaba esa carcajada del último de la fila, del mejor, lejos estaba de esos impostores que se autonombran irreverentes, cuando sólo son un producto chatarra, apenas el dibujo de una sonrisa, y la mayoría de veces ni siquiera eso, basura llamada comedia. Lenny confesó que su mayor motivación para subirse al escenario era pasársela bien, sin embargo, en el libro Cómo ser grosero e influir a los demás. Memorias de un bocazas (editorial Malpaso, traducción de Laura Salas Rodríguez y que incluye el texto de Kenneth Tynan) explica lo siguiente (disculpas al público por el párrafo enorme, pero es el final y se omiten los cortes, sólo se valen los de las venas), que les aproveche el ácido de sus palabras:

“Mi amigo Paul Krassner me preguntó una vez qué había influido en mi trabajo. Me ha influido mi padre cuando me decía que se me retorcería el pescuezo a causa de mi deseo maniaco de masturbarme… Leer aquello de «¡Gloriosky, Zero!» en Little Annie Rooney… Escuchar el programa de radio Uncle Don y a Clifford Brown… Oler la pólvora quemada en Ancio y Salerno… Consumirme por mi exmujer… Darle dinero a Moondog mientras jugaba con los cubiletes boca arriba en la esquina de la calle Hanson con la 51, en Broadway… Ponerme a tope viendo Popeye y Toots and Caster y Chris Crustie hace años… Oír historias acerca de una píldora que convierte el agua en gasolina con sólo ponerla en los depósitos de los coches, pero que las «grandes compañías» no permiten que se comercialice —las mismas compañías que tienen el neumático que dura toda la vida— y la fantasía favorita de Viper: «La marihuana podría ser legal, pero las grandes empresas de licores no lo permitirán»… «Irving Berlin no escribió todas esas canciones, tenía a un tío trabajando para él encerrado en el armario…» «La gente de color huele diferente…» «En realidad James Dean está vivo en un sanatorio…» y «Hitler lleva seis semanas esperándome en Argentina para arrestarme». Era una pregunta absurda. Me ha influido cada segundo de mi vida consciente”.

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