No voy en taxi4 min de lectura

Ismael García Marcelino

Cuando una sociedad cae en aburrimiento, ese marasmo que asalta a los mediocres que se quedaron a la mitad de sus proyectos de vida, a medias en las aspiraciones que se construyeron de niños, esas personas adormecen a tal nivel que dejan de percibir la realidad tal como es, pierden contacto con el origen de su propia verdad.

Me refiero a los taxistas. Esos pobres sobrevivientes que se han ganado, entre otras alusiones, el repudio de sus usuarios que hoy prefieren –y con razón– viajar en vehículos prácticamente particulares llamados UBER y que han conquistado gran prestigio en decenas de países en el mundo.

Tal popularidad, si momentánea, es innegable por una media docena de razones: son más económicos y eso ya sería suficiente; dos, los vehículos están impecables, limpísimos; tres, son, por supuesto, más seguros si se toma en cuenta la tecnología que aplican en el servicio: se sabe de antemano el tipo, color, nombre y rostro del conductor del vehículo, la unidad se puede localizar vía satélite y detectar oportunamente si, por ejemplo, la unidad se desvía de la ruta o si hace algo inesperado o indebido; cuatro, son más fáciles de contratar, pues basta con activar una aplicación en su teléfono celular, y cinco, se han confeccionado como gremio un trato notablemente cordial con sus usuarios, lo cual, obviamente, nos deja gratamente asombrados, pues estamos acostumbrados a todo lo contrario. ¿Qué es lo contrario?

Con las reacciones de los grupos de taxistas contra el servicio de UBER, al menos en Morelia, donde las UBER han sido atacadas al más puro estilo de la selva, nos han dado nuevas razones para no viajar en taxi, a menos que verdaderamente no tengamos más alternativa. Veamos por qué:

Solo en Morelia los taxis dan servicio colectivo a ciudades periféricas sin permisos ni seguro de vida y a la vista de todo mundo, incluida la mirada cómplice de la ‘autoridad’, es decir son piratas y acusan de piratas a las unidades de UBER; cargan gasolina con usuarios a bordo, lo cual es tan peligroso como conducir y al mismo tiempo enviar mensajes por teléfono, o abordar un taxi con un hombre o mujer que acompaña al conductor en el asiento del copiloto.

Solo en Morelia usted compra un boleto en la taquilla de la Terminal de Autobuses y, cuando aborda la unidad, Papanatas lleva primero al señor de la cachucha, luego a las muchachas estudiantes y por último a usted, para cobrar caro tres veces y hacer un solo viaje. Claro que eso ocurre principalmente porque usted lo permite.

Solo en Morelia ocurre que un taxista atienda su señal de ‘parada’ y, antes de que usted aborde, le pregunta ‘¿a dónde va?’. La pregunta tendría que ser ‘¿a dónde lo llevo? o ¿a dónde vamos?, y eso solo cuando usted ya está cómodamente instalado en su asiento y luego de que el conductor se ha colocado el cinturón de seguridad. No se ría; así es como tendría que ser siempre. De lo contario el ‘¿a dónde va?’ de Papanatas significa: “Si usted va por donde yo voy y me conviene llevarlo, lo llevo; si no, váyase al demonio”.

Usted dirá que ésta es apenas la opinión de un usuario, y tiene razón; pero también estoy seguro de que estará de acuerdo conmigo en esta apreciación: Si sospechamos que el servicio de UBER es de muy buena calidad solo porque es un servicio nuevo en Morelia y en muchas otras ciudades, tal vez los gremios de taxistas podrían invertir su esfuerzo en mejorar su tan criticado servicio en lugar de ocuparse de denostar a quienes han venido a ponerles la muestra.

Pero también: ya que los taxistas no quieren verificar sus vehículos, no quieren someterse al juicio ciudadano con las fotomultas como herramienta para defendernos, ya que su propia frustración les hace olvidar que cuando escogen ser taxistas, escogen alquilar su vehículo y alquilarse, yo escojo no viajar en taxi.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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