Ocumicho: diablitos, mujeres y transgresiones7 min de lectura

3/mayo/2019

Eduardo A. Chávez

Hablar de las artesanas de Ocumicho, municipio michoacano que vio nacer los fascinantes “diablitos” en barro, es, según la antropóloga Eva Garrido, hablar de “historias de empoderamiento progresivo de muchas mujeres”, pero también de los “altos costos” que les ha impuesto por su liderazgo el “sistema purépecha patriarcal” en el que viven. Por eso, desde su punto de vista, hablar de las mujeres artesanas no es sólo una labor académica sino un posicionamiento político feminista.

“Ocumicho: mujeres que modelan historias” fue el título de la charla que este jueves ofreció la investigadora española radicada en Michoacán desde hace décadas, en la que habló de su visión de la labor antropológica, de su experiencia de investigación en la comunidad del municipio de Charapan, y del papel que han jugado allí las artesanas en su desarrollo, quienes, a su juicio, “son víctimas de una triple o hasta una cuádruple exclusión”: por ser mujeres, por ser indígenas, por ser pobres y por ser artesanas, esto es, por dedicarse a un oficio no valorado desde una visión elitista del arte.

Autora de la tesis “Donde el diablo mete la cola. Estética indígena en un pueblo purépecha”, explica una visión muy particular de la antropología, según la cual se trata de la profesión de los “metiches autorizados por la academia”. De ahí el título de su tesis que además está relacionado con una expresión de la región (“dicen por ahí que el diablo anda metiendo la cola por todas partes”). Para Garrido Izaguirre, desde esta posición de ser alguien ajeno, “el antropólogo es fundamentalmente un generador de relatos” a partir de las narraciones que le son compartidas en los lugares que investiga.

En su caso particular, se dedicó durante años a escuchar las historias de quienes viven de la alfarería en esta comunidad de Charapan, buscando con ello los significados de las figurillas de barro cuya elaboración es tan fascinante como misteriosa para quienes las ven desde afuera: “En Ocumicho me dediqué a dos cosas, a escuchar y a comer, que es lo mejor que puede hacer un antropólogo para conocer realmente un lugar”, cuenta con una sonrisa en el rostro.

Durante la investigación fue descubriendo que esta comunidad es “un espacio contemporáneo donde parece que el tiempo pasado también está presente (…) Ocumicho es una especie de crónica en barro”, ya que, pese a la fama con la que destacan los “diablitos” ( marca registrada de la comunidad), hay una amplio “corpus iconográfico” que incluye representaciones de ceremonias comunitarias, animales de la región, monumentos, “realidades diurnas y nocturnas” (lo que sucede “cuando se está bueno y sano” y cuando no), objetos como silbatos que pueden llegar a ser juguetes en la boca de un niño, ofrendas en un panteón u objetos “propiciatorios” en una ceremonia de la región para pedir que lleguen vacas o becerros a una familia ganadera, o incluso narraciones de historias que los ancianos cuentan a los artesanos para que éstos los representen y no se olviden: “algo así como fotografías en barro realizadas a partir de narraciones orales de hechos pasados”.

Esta producción artesanal ha sido de gran interés para el mercado internacional, algo que ha provocado un desarrollo importante para la región. No obstante, este fenómeno tiene su lado oscuro, por lo cual Eva Garrido habla de un doble discurso inmerso alrededor del mercado de artesanías: “Por una parte, todo mundo ama las artesanías que hacen las comunidades, todo mundo las quiere comprar, pero, por otra, les estorban los indígenas”, refiriéndose con ello a los grados extremos de invisibilización y precarización que viven estos sectores.

A través de una presentación guiada por relatos leídos en voz alta, fotografías de algunas de las más de mil 500 artesanías que pudo investigar, así como categorías antropológicas que fue recuperando durante su investigación, habló del origen de “los ocumichos” (los “diablitos”) vinculados a Marcelino Vicente, un personaje mítico-histórico de la comunidad a quien, según se dice, se le apareció el diablo cuando caminaba una noche por una barranca rumbo a Tangancícuaro: “Un señor le salió con patas como gallina a un lado y en otro como becerro”. Se le atribuye a él el origen de estas representaciones del diablo que hoy todo mundo produce.

A su muerte le sucedió el protagonismo de Teodoro Martínez, quien organizó a grupos de artesanos alrededor de una política integracionista impulsada por el Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (FONART), de lo cual surgió un choque entre el sistema institucional y la lógica comunitaria. No obstante: “Los artesanos de la región agarraron muy rápido la idea del arte occidental, que tiene como valores fundamentales la innovación y la diferencia”, así que pronto la comunidad comenzó a hacer figuras innovadoras para quienes iban a comprar los famosos diablitos de Ocumicho: “Si hacían un churro en barro, el mismo que el FONART compraba a miles de pesos”, relata con sentido del humor.

Por esa razón, Garrido Izaguirre tiene cuidado de decir que tampoco se trata de un victimismo de los indígenas de la región, aunque sí es cuidadosa de puntualizar las dificultades estructurales a los que se enfrentan, en particular las mujeres. Entre ellas destaca Nana Bárbara Jiménez, quien llegó a ser “cabilda” de la comunidad, cargo otorgado a personas de experiencia y a quienes se les debe respeto: “Ser cabildo es tener visibilidad, es ser considerado que tus palabras tienen mucho peso”. Fue la líder de los artesanos luego de que muriera Teodoro, sin embargo, cuando recibió el Premio Nacional de las Ciencias y Artes otorgado a un pequeño grupo de artesanos, sufrió el desprestigio social producto de que una mujer recibiera un honor tan grande.

Otra artesana que menciona en el recuento de las mujeres que han contribuido enormemente a “modelar la historia” de Ocumicho es Paulina Nicolás Vargas, a quien llama su mamá adoptiva. Paulina Nicolás es una pireri (cantante de pirekuas, género tradicional de la región), curandera y mujer que “se insertó en el arte sin apellidos”, ya que se ha destacado por diversos premios, menciones honoríficas y es autora de piezas que se han expuesto en los grandes museos “junto a los Da Vincis y demás personajes del mundo elitista del arte”, a pesar de que las vende a 30 pesos la docena.

La antropóloga narra durante su charla una tercera historia de transgresión, esta vez protagonizada por Zenaida Rafael Julián, artesana y madre soltera que levanta sospechas por ser mujer y tener dinero, “seguramente porque le vende cerveza a los hombres”, dicen en la comunidad, insinuando con ello que su cercanía a los varones es lo que le ha dejado el dinero. Con estos discursos se invisibiliza una gran labor artesanal que la llevó a recibir el Premio Nacional de Artesanías por haber obtenido el primer lugar en la categoría de arcilla, premio que le fue entregado directamente por el entonces Presidente de la República Enrique Peña Nieto.

Con el rescate de estos personajes femeninos, la antropóloga española Eva Garrido intenta recuperar la noción de que son las mujeres las protagonistas de este oficio tradicional en la región y que, a su vez, han contribuido de forma insoslayable en el desarrollo económico y cultural de Ocumicho.

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