Orantes, doméstica, feral y satánica I11 min de lectura

José Agustín Solórzano

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El capitalismo sigue siendo una parte del patriarcado y aunque ahora nos vean como “nuevos consumidores”, las trabas siguen ahí. Parece, así como lo pones, que las escritoras somos una modita o peor (como las etiquetas que luego nos ponen a los creadores LGBTT+) algo exótico, una rareza o una excepción a lo que debe ser la literatura como concepto general y alto: la Literatura (con mayúscula) de un hombre blanco cis.

Estamos comenzando la cuarentena por el Coronavirus, además el clima, por acá, amenaza con regalarnos más motivos para la psicosis colectiva. Hoy he pasado bastante tiempo en las redes sociales, procrastinando mientras, a cuenta gotas, adelanto algunos pendientes y trato de centrarme en escribir algunos párrafos. Ha sido un año agitado, comenzamos con una ridícula amenaza que los entusiastas del apocalipsis llamaron de la III Guerra Mundial, apenas hace una semana las calles estaban llenas de mujeres exigiendo un alto a la violencia, al día siguiente las avenidas, vacías y en los centros de trabajo, en las escuelas se hablaba, como nunca, de feminismo, de violencia de género, de las locas que salieron a rayar los monumentos. Hoy el tema de conversación es la pandemia y sus implicaciones sanitarias y económicas. Casi nadie piensa en la literatura, en los escritores (esos animalitos desamparados) y no es nada raro. Pero, Mariana, hoy también es un buen día para comenzar esta charla contigo, qué te ha dado el 2020, qué te ha quitado. ¿Cómo has vivido, como mujer y escritora, los eventos del año?

Dividida. Antes que escritora, soy humana, por lo que me conmueve hasta la médula la organización y movilización de mujeres exigiendo nuestros derechos. Sin embargo, desde mi fragilidad, me da miedo saber que en México se asesinan a 10 mujeres al día. Con la pandemia, mi miedo vino a reforzar mi soledad, y está bien porque en este momento el aislamiento es la opción para no propagar más el virus. Creo que las dos situaciones tienen un trasfondo similar: la necesidad de un cambio social, es decir, necesitamos una comprensión diferente del concepto comunidad, así como encontrar nuevas formas de reconectar como seres humanos. Ahora voy a desarrollar estas ideas.

Seguimos creyendo que las marchas, las pintas de monumentos o las denuncias anónimas giran en torno a la vida de los machos y pues no. Se marcha para hacernos compañía, no para cumplir expectativas de los que observan. Se marcha como un acto íntimo, para demostrar que no estamos solas. Sin embargo, las formas de manifestación también son síntomas: no van a solucionar porque no son para solucionar, son para hacer ruido, para llamar la atención sobre el problema. Son un síntoma, es decir, son un dolor de cabeza, son una fiebre, son una tos seca. Son insistentes y siguen escalando porque el Estado no ha resuelto el problema: en esta pandemia de feminicidios en la que son asesinadas 10 mujeres al día, la rabia de las pintas a monumentos, la destrucción y quema de puertas y vidrios, la pega de carteles y estampas, así como la toma de edificios, son síntomas para alertar sobre la enfermedad. ¿Qué país con 10 muertes al día por una epidemia no lanzaría una alerta?

Ahora, ¿qué significa la decisión de aislarse por unas semanas debido al Coronavirus? Bueno, primero que nada es hacer algo en conjunto para protegernos. Es decir, se trata de una paradoja: es un distanciamiento social con una intención de conectar a nivel comunitario. En este sistema que aplaude el individualismo y busca la desconexión entre las personas para que sea más fácil la explotación, es un reto. Nos han llenado la cabeza con películas donde un Elegido, único y detergente, será capaz de salvar él solito a la humanidad. Esta pandemia nos dice: pues no, mi ciela. La cooperación, pensando más allá de nosotros mismos, es clave. Sacar la cabeza del culo por un momento y entender la problemática a nivel humano de la vecina, del inmigrante, del indigente, de tus abuelitos, de las personas que trabajan en los hospitales, etcétera, es clave.

En los dos casos, la comprensión del concepto de comunidad nos exige cambiar el punto de vista y buscar la reconexión profunda de una manera diferente. Hay que tomar acciones. Como escritora y mujer, tengo miedo, claro ¿quién no? Dos pandemias me amenazan en un panorama desolador: los feminicidios y el Coronavirus, ambos bajo un sistema que aplasta mis palabras porque necesito comer, sobrevivir o algo parecido.

El 2020 me ha dado, hasta el momento, reflexiones valiosas sobre mi entorno: primero, que las comunidades se construyen bajo el respeto de la vida del otrx, el entendimiento de las desigualdades y los privilegios, así como el cariño y el revolucionario concepto del cuidado (sobre esto recomiendo la comunidad en torno al cuidado y el libro de Alejandra Eme Vázquez, Su cuerpo dejarán). Segundo, me deja una idea sobre mi posición en el mundo: la humildad consiste en aceptar que hay algo más grande, algo que nos supera, que va más allá de nosotros y que no podemos controlar. De tal manera, cuando lo aceptamos, hacemos un acto de humildad y conectamos con el mundo. Aquél que no cree que hay algo más grande que él mismo, pues ya te imaginarás en qué mundo egótico vive y, por lo tanto, no puede ver los problemas del otrx, porque no se ve más allá de sí mismo. Tercero, me ha dejado muchas cuartillas escritas, porque son tiempos fecundos para la reflexión desde mi cuerpa, mis violencias, mis heridas y el amor que puedo proyectar, a veces con vergüenza, a veces no. La comprensión de que no somos buenos, ni tan inteligentes como pensamos, ni tan únicos y detergentes, puede ser un poco dolorosa, pero muy necesaria para entendernos y para escribir, por supuesto, desde la honestidad.

Es difícil encontrar hoy día a un escritor o escritora que escriba desde la honestidad, en un país donde la única salida del autor al público es la de la institución o la de las grandes cadenas editoriales (inalcanzables para la mayoría), se escribe para satisfacer necesidades ajenas, impuestas por grupos de poder cultural o, si bien va, por un mercado de lectores cada vez más reducido. El auge de las series ha venido a exigirle a los escritores, que ven su vocación artística como una profesión remunerable, crear bajo ciertos formatos y tiempos; convertir el oficio solitario del creador en un trabajo colectivo que debe impactar no sólo estética sino económicamente.

No hay movimiento social ni honestidad legítima que no se haya convertido en estandarte del capitalismo para cotizar en el mercado mundial. El feminismo es un ejemplo, el empoderamiento que poco a poco ha ido logrando el movimiento también ha resucitado el mercado de la literatura escrita por mujeres, donde nosotros vemos un triunfo legítimo, las empresas ven nuevos consumidores. Lucía Berlín es un ejemplo, pero bastaba asomarse a las mesas de novedades los días pasados para ver muchos otros. ¿Cómo lidia la escritora con esto?, hablabas también del ego, no me imagino a un escritor libre de ego, ¿cómo se concilian el ego creativo, la honestidad y la búsqueda de reconocimiento?

Y por último, ¿qué puede aportar la literatura, tu literatura específicamente, en esta pandemia de miedo y violencia?

Vamos por partes, porque creo que hay peras con manzanas. Sí creo que existen escritores que escriben desde la honestidad y eso no está peleado con comer. Existe la idea de que el escritor no debe poner su “vocación artística” a merced de la “remuneración económica” y eso me parece, además de ingenuo, dañino para los que nos dedicamos a escribir. Primero, porque nos separa como gremio; segundo, porque no nos toman en serio y, por lo tanto, no nos quieren pagar lo que se debe.

“Que se contente con un desayuno continental, si ya le pagamos los viáticos ¿para qué quiere otro pago?” parece que escucho decir a varios cabecillas de instituciones culturales y politiquillos de medio pelo, y no: nuestro trabajo vale. Una conferencia, una presentación de libro, la asistencia a un encuentro: todo debe ser pagado, porque ahí ponemos esfuerzo. Si yo dejo de trabajar un día por preparar e impartir una conferencia ¿quién me va a pagar ese día? La brecha salarial, además, suele ser peor para las escritoras. Lo que me lleva al siguiente punto.

Hablar del feminismo como una forma en que “ha resucitado el mercado de la literatura escrita por mujeres” me parece falso: el capitalismo sigue siendo una parte del patriarcado y aunque ahora nos vean como “nuevos consumidores”, las trabas siguen ahí. Parece, así como lo pones, que las escritoras somos una modita o peor (como las etiquetas que luego nos ponen a los creadores LGBTT+) algo exótico, una rareza o una excepción a lo que debe ser la literatura como concepto general y alto: la Literatura (con mayúscula) de un hombre blanco cis.

La paridad de género no se ha logrado en la literatura mexicana y el rescate de autoras (como el caso de la colección Vindictas) aunque es importante y necesario, no puede subsanar los años en que las mujeres no fueron tomadas en cuenta como creadoras, así como que en apariencia haya “mujeres en la mesa de novedades” no subsana la falta de oportunidades, no aclara porqué algunas mujeres no se sienten con el mismo derecho de escribir y publicar que los hombres, ni resuelve que tus colegas machitos se sientan con el derecho de violentarte en espacios creados por instituciones culturales; así como tampoco soluciona que grupos de poder cultural solapen agresores mientras otras mujeres son marginalizadas. ¿En cincuenta años necesitaremos otra colección de Vindictas para rescatar a las creadoras de hoy?

Ahí va la perorata del ego, ya me disculparán por la extensión. En mi caso, tengo mucho ego, por supuesto, soy escritora, ¿qué le voy a hacer? Pero eso no me impide bajar la cabeza ante algo más grande, que me sobrepasa y que no puedo controlar: la literatura, por ejemplo. El amor, por ejemplo. La cantidad de conocimiento humano que existe y que no puedo alcanzar, por ejemplo. Esos actos de humildad nos conectan y nos hacen sacar la cabeza del culo. La honestidad nace de esa humildad, del furor creativo, de la obsesión y de la terquedad. Ahora, la honestidad no es algo bueno ni malo, sólo es.

Pero como sentenció Chéjov: en el arte no se puede mentir, refiriéndose a la honestidad del creador durante el proceso, no a la mentira blanca que todos cometemos al final, en el producto. Si tienes algo que te obsesione lo suficiente como para escribir dándole vueltas desde todos los ángulos posibles hasta la euforia; si eso te lleva a un furor extraño que cuando escribes sientes tu cuerpo vibrar y el mundo se disuelve; si ese furor te hace comprender con lágrimas que hay algo más allá que se presiente y se intuye en todo tu ser y eres lo suficientemente terco para decirlo una y otra vez sin que te importen las burlas, las caídas, las fallas, los aplausos, la fama… entonces, tienes honestidad.

Yo así lo entiendo. Y así lo vivo: yo no soy nada, yo no quiero poder ni quiero nada, excepto lo suficiente para que pueda tener tranquilidad para escribir la misma frase una y otra vez hasta que me duelan los dedos, cuidándome y cuidando a los que amo.

Se siente bonito cuando te aplauden y el ego es necesario, pero me parece absurdo querer hacer de eso un programa o una agenda. Cuando al caminar en la noche ves los ríos de agua negra llevándose la tierra suelta en su remolino y ves al artista crear desde esas mismas aguas profundas, entonces entiendes que esas pendejadas, aunque bonitas, no mueven así los huesos.

Para terminar, ¿qué puede aportar mi literatura en una pandemia mundial donde miles de personas mueren en todo el mundo? Pues aportará lo mismo que la de todxs: si gusta el lector, un poco de compañía, pero sin duda, hojitas de papel de baño.

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