Orantes, doméstica, feral y satánica II11 min de lectura

José Agustín Solórzano

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¿Cuántos escritores no conoces que tienen dinero y tiempo, que tienen un buen puesto, todos los libros a su disposición y los contactos del medio, es decir, que tienen todas las condiciones materiales… pero escriben mierda? ¿Cuántos que son pobres y sufren de carencias, enfermedades románticas… y también escriben mierda?

Siempre he admirado tu honestidad y tu inteligencia, y creo firmemente que no hay inteligencia sin honestidad. Creo también que el de la escritura no es un camino que se elija; como bien dices, escribir responde a una necesidad, a una obsesión. Imagino al autor como a un adicto que, monomaniaco, escribe porque no encuentra otra forma de “ser”, y desde esta condición patológica se sabe nada y pide, como tú dices, apenas lo suficiente para tener la tranquilidad de escribir. Pero a qué nos referimos con esa “tranquilidad”. Pienso primero en una estabilidad económica, pero también está la seguridad, saber que puedes escribir lo que piensas sin ser violentada; ¿tienes tú lo necesario para escribir?, ¿qué hay de esas escritoras de quienes depende una familia, tienen ellas lo necesario para poder dedicarse con tranquilidad a la literatura?

Antes de que me respondas, me parece que el oficio literario sigue siendo un privilegio de clase, no cualquiera puede dedicarse a la literatura, primero porque para llegar a tener “las herramientas de la profesión” se necesita una educación especializada a la cual no cualquiera puede acceder (y no me refiero sólo a las universidades); luego, porque la literatura implica tiempo, y el tiempo cuando se tienen necesidades primordiales que solventar (no sólo propias, si no de quienes dependen de uno) es carísimo. Si ponemos en una balanza el tiempo que se invierte en la labor artística, por un lado, y en el otro el beneficio económico que nos deja, la balanza quedará muy desequilibrada. ¿Si la creación es una necesidad y una obsesión, qué hace un artista en estas condiciones?,¿escribe desde la pobreza o no escribe desde la frustración?

No, no tengo lo necesario para escribir, pero a la vez sí. No lo tengo porque no tengo un trabajo estable, no tengo dinero (si te asomas en este momento a mi cuenta de banco tengo, literal, 20 pesos y 100 para terminar la semana), pago renta y no tengo un título universitario. Eso sí, otra cosa que no tengo es miedo ni vergüenza.

Yo soy la menos indicada para aleccionar a otras mujeres sobre cómo deben o no hacer las cosas: mis principios sólo los puedo aplicar en mí y a mi situación, porque yo no sé lo que es ni la alegría ni la tristeza de tener hijos, así como no sé lo que es tener todo el tiempo y dinero del mundo para dedicarse a la literatura. No puedo criticar ni darme baños de pureza. En ese sentido, no estoy segura de que escribir sea un privilegio. ¿Por qué lo hacemos entonces los pobres si no nos da de comer? Lo cierto es que, al crear, tratamos de hacer una especie de capital.

Como sea, no creo que en la creación por sí misma esté el privilegio. Eso está en las condiciones, que es otra cosa.

Lo que enseña la literatura es que puede surgir de maneras inesperadas. ¿Cuántos escritores no conoces que tienen dinero y tiempo, que tienen un buen puesto, todos los libros a su disposición y los contactos del medio, es decir, que tienen todas las condiciones materiales… pero escriben mierda? ¿Cuántos que son pobres y sufren de carencias, enfermedades románticas… y también escriben mierda? Es decir, creo que el dinero es necesario para vivir, para comer, pero no determina escribir o no bien. Claro que voy a escribir mejor si no tengo que preocuparme por lo que voy a comer ese día o si tengo dinero para comprar los libros para mi investigación. Claro que podré concentrarme mejor si me ocupo en leer y no en preparar la comida o en limpiar mi casa. Porque eso sí es un privilegio: muchos escritores dejan el cuidado de la casa a la mujer para que ellos “desarrollen su genio”. ¿Cuántas mujeres pueden delegar el cuidado del hogar en un hombre para ellas dedicarse a desarrollar su genio literario?

En fin, claro, he dicho que escribir es (al menos para mí) una necesidad y una obsesión ¿Qué se hace con eso? Pues saciar la necesidad, regresar siempre a la obsesión. Sería desagradable, ridículo e idiota de mi parte decirle a alguien que eso está bien. Yo soy desagradable, ridícula y medio idiota, por eso sacio con terquedad mi necesidad de escribir por encima, a veces, de la necesidad de comer. Regreso a mis obsesiones aunque me saturen el cerebro. Eso no está bien. Eso es de tontos, ya sé. No se le debe pedir a nadie. Antes habría que exigir que existan mejores condiciones materiales y sociales para que el artista se desarrolle. Pero mientras eso pasa, pues ahí voy.

Alguien muy querido me dijo: “mereces escribir sin preocupaciones” y yo me la creí, así que sigo trabajando para que eso pase, tratando de comprar tiempo con mi sueldo. Creo que nunca hay que amargarse: ríete del mundo, la risa es revolucionaria. Yo no escribo desde la frustración. Escribo desde la rabia de verme a mí y a otras mujeres sufrir, escribo desde el poderoso artilugio del amor, del magma, desde el río de muerte, desde el demonio que me persigue. Si no lo hago, mi ser no tiene sentido. Luego, si no tengo sentido de otra forma ¿cómo no voy a entregarme a escribir como idiota?

Releo los fragmentos que subrayé de tu libro «La pulga de Satán», es un libro honesto e inteligente, me parece que le sucede lo mismo que a ti. Uno ve la portada y se encuentra con la imagen de un cuerpo femenino desnudo que acerca los dedos de su mano derecha al sexo, provocador; su cabeza es la de un macho cabrío y está sentado sobre la cabeza cercenada de un hombre; sin embargo, el libro, quiero decir, su contenido, está lleno de una vitalidad idealista, de ensayos que además de ideas maravillosas irradian ternura y esperanza en el mundo. Eres una mujer que escribe desde la rabia, desde la pobreza también y desde la marginalidad de ser honesta, pero escribes con esperanza, con una ternura vital que se contrapone con esa rabia y con esa portada de Mariana Orantes, la feminista, la «satánica»… la «radical». ¿Por qué?

La satánica, genial. Esta pregunta es muy buena y me pega en un punto débil: creo que es una manera de aislarme y de parecer fuerte, cuando en realidad soy de peluche. Me gusta andar por mi cuenta y me permito mostrarme vulnerable por completo con pocas personas. No es raro que mi personaje en la ilustración sea un gato negro y se llame Feral.

Es también, de alguna manera, una forma de supervivencia cuando en la noche del Distrito Federal caminas con ese estilo punk: a nadie se le ocurre que a ti en realidad te gusta citar a Aulo Gelio. Uno de los vagos de mi calle me decía: “si no por nada traes esos tatuajes”. Y quizás tenía razón, pero finalmente soy una escritora corazón de pollo que prefiere evitar la violencia.

Y justo como el libro, la portada es una forma de mantener a raya lectores que no me importan: si te causa repelús, no quiero que me leas. Me ha funcionado tan bien con politiquillos mediocres que hasta me han cancelado presentaciones en cuanto ven la portada. Las personas que saben de símbolos o que de alguna manera, con sensibilidad, adivinan que hay algo más allá (como lxs que a mí me gustan, porque bueno, muy feral, muy feral, pero tengo un gusto muy especialito) lo entienden. Tiene que ver con la frase alquímica “solve et coagula” que quiere decir disolver y unir, por lo que forma parte de la manera en que se entiende el universo a partir de dualidades: lo que es arriba, es abajo; como el día y la noche, como los principios de la naturaleza animal y la humana. Da un poderoso mensaje: para construir algo, hay que destruir algo; así como lo que se destruye tiene potencial para crear. Por lo que es una portada llena de vitalidad y esperanza, para quien lo pueda ver, para quien no, eso queda oculto. Y eso pasa también conmigo.

Ahora quiero hacerte una pregunta que pudiera parecer tonta, y de hecho tal vez lo sea, pero estoy seguro que la respuesta no lo será. Esta semana leía un ensayo de Hustvedt en el que hablaba de cómo las humanidades y las artes se ven como algo femenino, mientras que las ciencias duras parecieran pertenecer al campo de lo masculino; a pesar de eso, aún en la literatura está la Literatura en mayúsculas, un género en el que dominan los autores hombres, mientras que cuando una mujer escribe se encasilla en la literatura femenina, esa especie de subgénero que muchas veces se lee como algo exótico. Quiero brincarme un poco la reflexión que hace la autora de «La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres» para preguntarte si crees que hay una diferencia entre la literatura escrita por hombres y la escrita por mujeres, si la hay ¿cuál sería esa diferencia?

Bueno, sobre la diferencia entre cómo algunas áreas se ven “femeninas” y otras “masculinas”, esto viene de la idea de que las mujeres somos irracionales, por lo tanto, nos toca el terreno irracional de (por ejemplo) la magia, la adivinación, el arte en apariencia simple. Mientras que los hombres pertenecen al terreno de lo racional, lo civilizado, el orden. Esto no lo digo yo, por supuesto, varias teóricas lo han desarrollado y entre ellas mi favorita, (por ser una gran escritora) Ángela Carter, en su ensayo “La mujer sadiana”. Nuestra boca, dice Ángela, está relegada a no ser tomada en cuenta porque no pertenece a lo racional. Así, incluso dentro de las artes y la literatura, la hecha por hombres se toma “más en serio”.

Yo creo que en el núcleo humano no existe tal diferencia. Es decir, no existe en cómo algo nos atraviesa, duele o nos colma de belleza. Existe en los procesos, determinados a veces por la desigualdad. Existe en el canon, donde como mujer a veces no encuentras referencias. Aunque lo mismo sucede con otras minorías.

Se habla también de una “mirada femenina” aunque el debate está en cómo desarrollar esa mirada dentro de un sistema y una tradición literaria regida por hombres. Creo que una buena forma es cuestionar el canon a partir del punto de inflexión que vivimos como sociedad.

Yo no reniego de la tradición literaria. A mí me gusta que en mi tradición occidental pueda remitirme a Cervantes o a San Juan de la Cruz, que en la tradición mexicana estén Sor Juana y Sigüenza y Góngora (aunque Sor Juana, incorporada de manera reciente al canon). No creo que haya que borrarse de un plumazo la tradición literaria de la que abrevamos: si ya vamos como huérfanos en todas direcciones, sería un error negar lo que estuvo antes. Primero, porque el acto de escribir no se puede separar del acto de leer; son actos con potencial subversivo sin necesidad de negar lo que humanamente nos ha sido legado. Segundo, porque paradójicamente aprendemos a pensar fuera de algún canon totalitario.

Lo que yo creo es que se debe reformular y reflexionar esa tradición literaria aplicándola a la manera en que se ha negado la expresión del mundo femenino. Es decir, más que exista una diferencia entre cómo escriben hombres y mujeres, hay una diferencia entre cómo decidimos abordar o criticar la tradición, y debería existir una diferencia de cómo reformulamos esa tradición a partir de otros puntos de vista, pues también otras minorías debemos hacerlo desde nuestra vital perspectiva.

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