Orantes, doméstica, feral y satánica III12 min de lectura

José Agustín Solórzano

“Escribe de lo que sabes” gritan los furibundos talleristas en sus talleres de narrativa, y es verdad, pero se ha malinterpretado esa frase al punto de que no sé cuántas novelas hay que comienzan con su protagonista, hombre de clase media apático, caminando en calzones por su departamento.

Estamos de acuerdo en que las áreas del conocimiento no tienen por qué ser femeninas o masculinas, lo mismo podríamos decir de los géneros literarios. La poesía, por ejemplo, siempre se ha relacionado con la sensibilidad, con esa “mirada femenina”; sin embargo, otra vez son los poetas hombres quienes han construido el canon de la poesía, como si dijéramos: “hasta ser femenino puedo hacerlo mejor que las mujeres”; luego está la novela, el ensayo. Yo sé que escribes casi todos los géneros, sino es que todos; ahí dejas claro que la escritura como obsesión no respeta las convenciones. He leído poemas y ensayos tuyos; en los segundos, por ejemplo, siempre hay una gran presencia de la poesía, también hay fragmentos enteros que bien podrían ser parte de una novela. ¿Qué hay de los géneros?, ¿en cuál te sientes más cómoda y por qué? Pero sobre todo me interesa saber de dónde parte tu escritura, de adentro o de afuera; dicen que la poesía, un género intimista, parte del interior del poeta; mientras que el ensayo llega de afuera, de un asunto que nos distrae de nosotros; creo que además de una cursilería terrible es también una necedad. ¿Tú qué dices? ¿La literatura fluye de adentro hacia afuera o al revés?

Esto me emociona mucho. Si bien no creo en la división de géneros literarios como tal (lo explicaré más adelante) me encanta hablar del ensayo literario. Es como cuando hablas de tu novio favorito (¡que no se enteren los demás!). Así que te voy a compartir algo que enseño en mis clases de Ensayo literario breve (muy distinto del ensayo largo): no tiene una estructura definida (puede estar en diálogo o ser parte de una novela), pero debe mostrar una profunda cavilación y una opinión íntima e informada; es decir, un interés real del que nazca la intención artística. Al tener esto, se puede prescindir de la estructura formal definida. Sin embargo, al ser un ejercicio de reflexión, busca un estilo y para mantenerlo divierte e invita al lector. Es, como lo define Pedro Aullón de Haro, el libre discurso reflexivo. Ahora, es un género propio de la modernidad ¿a qué me refiero con esto? ¿que no hay ensayo en la literatura clásica? Sí, por supuesto y son ejercicios reflexivos excelsos, sin embargo, no era considerado como un género a la altura de los demás hasta que llegó la filosofía de Montaigne y la de Pascal, que abreva de la anterior. Este artefacto de luces e imágenes (que yo comparo con un caleidoscopio, pues cambia y replica la imagen a medida que se mueve) es el prototipo de la modernidad porque señala una perspectiva histórico-intelectual-emocional del mundo occidental. En ese sentido, no está definido por el objeto (se puede escribir un ensayo sobre cualquier cosa) sino por la “mirada” o postura del escritor ante lo que observa.

El otro género asociado con la modernidad curiosamente es el poema en prosa. Lo une al ensayo literario breve su fragmentación y su postura íntima ante el mundo. Que los dos estén asociados viene del principio romántico de la integración de los opuestos, de la contaminación en las formas: del poema que contamina a la prosa (en el caso del ensayo literario breve) y de la prosa que contamina a la poesía (en el caso del poema en prosa). Ya decía Andrenio que el ensayo está en la frontera de dos reinos, por lo que hace incursiones entre lo discursivo y lo poético.

En mi caso, he querido dejar tan claro que no existe un verdadero límite entre los géneros, que tomé un poema en prosa y lo mandé a selección para una antología de poesía, a la par de que ese mismo poema en prosa lo introduje en La pulga de Satán como un ensayo literario breve, pues quería ver si era rechazado para la antología por ser “muy narrativo” o si el editor de La pulga de Satán decidía que era mejor quitarlo porque era “demasiado poético”. El resultado es que el poema fue seleccionado como poema para la antología Fuego de dos fraguas: poetas de México y España del CCEMX y además aparece como ensayo literario en el libro La pulga de Satán. A nadie le pareció raro.

Sobre la pregunta, hay una tendencia en los géneros como la novela, el cuento y hasta la poesía, de hacer una forma de ensayos vivenciales; “escribe de lo que sabes” gritan los furibundos talleristas en sus talleres de narrativa, y es verdad, pero se ha malinterpretado esa frase al punto de que no sé cuántas novelas hay que comienzan con su protagonista, hombre de clase media apático, caminando en calzones por su departamento. Creo que el ensayo es un género íntimo que participa de lo externo. ¿Cómo es eso? Es decir, está mediado por la reflexión del autor, claro, pero la teoría y el abstracto sólo adquieren sentido cuando hay una acción. Disparamos esas reflexiones hacia lo que nos rodea, aunque después, cuando se cristalizan esas reflexiones, se convierten en un espejo y no a todos les gusta lo que ven (ni siquiera al autor).

Yo escribo desde mi interior, reflexionando quién soy, qué siento, qué aspiro y qué me obsesiona. Como ente aprisionado por su propia carne, no puedo hablar por nadie más que por mí, aunque espero conectar con otros a través de las palabras que me animan. Creo con terquedad en los cuentos de hadas y en que toda pieza de conocimiento cuenta una historia. Y ya, como dice mi maestro, esa es mi manera de matar pulgas.

Montaigne es uno de mis filósofos-ensayistas-escritores favoritos. Ya que lo sacas a tema, pienso en la manera en que autores como él, Hazlitt, o incluso el mismo Reyes, entendían la creación, lo que ahora llamaríamos ensayo literario, para ellos era una suerte de divagación intelectual en la que lo importante, como dices tú, era la “mirada” sobre el objeto, y no el objeto (o tema como tal). Estos escritores hablaban en sus textos de prácticamente todo lo que se les cruzara; recuerdo, a propósito, un libro de Szymborska -una recopilación de sus columnas de opinión y artículos varios-, la conocida poeta ganadora del Nobel tiene unos bellísimos ¿ensayos?, ¿poemas en prosa? Ve tú a saber. El punto es que la obsesión creativa puede parecerse también a la ociosa divagación, y hoy que tenemos, a un teclado de distancia, la oportunidad de publicar nuestras divagaciones “intelectuales”, nuestra opinión (porque hoy decimos que todos tenemos una, e igual de válida), las redes sociales se llenan de escritores, opinólogos, especialistas en nada y viandantes que escribimos lo que “pensamos” a la menor provocación. Pero es claro que no todos somos Montaigne o Szymborska; ahí está otra vez la recomendación de los talleristas de narrativa: ¡Escribe de lo que sabes!, pero, ¿qué sabemos hoy?, ¿qué saben los escritores además de unas cuántas técnicas para narrar y las reglas ortográficas básicas?

Ya sé que me dirás que, primero, la diferencia entre lo que escriben estos ensayistas y lo que uno escribe en Facebook es el tiempo; la literatura requiere distancia temporal para madurar; mientras que respecto al conocimiento del escritor, ¡vamos!, un profesionista de las letras no está obligado a ser un erudito como Reyes; no tiene porque saber de matemáticas como Pascal; ¿la especialización y profesionalización de nuestra área nos ha llevado a ser un técnico con el portafolio lleno de la parafernalia necesaria para qué?, ¿para ser un excelente corrector de estilo?, ¿un editor de la colección de literatura de alguna universidad?, ¿el articulista de la revista virtual de un amigo?

¿Cuál es la diferencia entre la divagación intelectual precisa y un tuit?, ¿debe el escritor opinar, tiene la obligación de hacerlo?

Hay una diferencia entre opinión y divagación. Una de las definiciones de ensayo literario es “opinión informada”, es decir, que se ha reflexionado sobre un tema lo suficiente y después se da una opinión. A mí no me gusta mucho esa definición, porque creo que las opiniones pueden ser arrogantes e intrusivas (como intrusivo es el consejo no solicitado, también). El principio del buen ensayista es el “duda de todo”, es la “interrogación lanzada en todas direcciones” de la que hablaba Sócrates, es el “no comprendo” pintado en el techo de la biblioteca de Montaigne. La opinión es una cosa ya hecha, dirigida y al ataque. La divagación es un continuo discurrir sobre cosas que te atormentan y de las que no estás seguro. Escribo para preguntarme, para dudar, para dialogar sobre lo que sé y lo que no puedo entender. Escribo porque tengo una curiosidad infinita y todas las cosas me parecen nuevas y extrañas en el mundo: ¿hay mayor milagro que la lluvia? Es decir, ¿cómo no maravillarse de que cae agua del cielo? ¡Agua! ¿porqué?  En cambio, en la opinión y sobre todo en la opinión inmediata de las redes sociales no hay una cavilación profunda, ni un cuestionarse a sí mismo, al contrario: es una impresión de algo que sucede en el espacio indeterminado de lo inmediato con el fin de autoafirmarse, de darse la razón a sí mismo.

Me gusta el diálogo y me encanta pelear, dicen que soy bien contreras, pero en el espacio de redes sociales me limito mucho porque el diálogo parece viciado desde el principio y es muy raro que salga bien. Me encanta debatir en persona, acaloradamente… admito que a veces se me va la manita un poco, sobre todo si hay alcohol de por medio. Ahora me controlo mejor y es raro que me enoje, pero antes ufff… Amo las discusiones con gente interesante, que entiende, que me perdona, que no ataca, que puedo perdonar y que al final podemos reírnos como buenos idiotas. Pero rara vez pasa. Ahora, creo que el escritor no tiene que saber nada. Que sea erudito y bien leído son patrañas de intelectuales. La cosa es, por supuesto, saber leer y saber pensar. Alguien puede leer sólo la Divina comedia (o las obras de san Juan de la Cruz) y pensarla tan bien, rumiarla, que podrá desarrollar su sensibilidad sin necesidad de leer 100 libros al año. Yo no creo en la super idea capitalista de que hay que leer 100 libros al año o más, todos diferentes, todos con voracidad, todos al ai-se-va. No sé qué piensan los demás, pero yo creo que el arte nace de algo profundo (aunque a partir de la reflexión, meditación, práctica, conocimiento, disciplina y sensibilidad) el artista no debe ser pura inteligencia: siempre hay algo de estúpido y eso me encanta. Siempre hay una pequeña parte que siente o imagina más de lo que analiza y disecciona.

Mariana, para ir cerrando la charla, ¿algo más que te gustaría decir, algún tema que creas que no hemos tocado y que te gustaría charlar?

A casi un mes de responder la primera pregunta, veo todo como si fuera otro mundo. ¿Hablar de algo importante, algo de lo que quisiera hablar? La vida me parece importante ¿cómo hablo de lo vital en este momento? Todos los días estoy corrigiendo 150 cuartillas, trato, además, de seguir escribiendo mi libro de ensayos; me metí en un curso que no quiero dejar, y están las cosas diarias que exigen su sacrificio de tiempo: la comida, el gato, la limpieza, seguir pagando cuentas. No puedo renunciar y mis jefes lo saben, así que han aumentado la producción y la exigencia de los tiempos. Trato de mantener a los correctores con la carga más decente posible (muchos me reclaman que les pido algo para que me lo entreguen el sábado por la mañana, sin saber que yo cubro sus días y no he descansado ni un sábado ni un domingo). Veo cómo muchas personas se quejan de que ya no saben en qué gastar su tiempo. Yo quiero parar y llorar ¿saben? Quiero descansar y llorar mucho. Pero al menos tengo trabajo. Al menos tengo dónde vivir. Al menos mi trabajo es desde casa. Tengo muchos privilegios, lo admito. Y de alguna manera quiero llorar porque no me alcanza para pagarme algo mejor tanto para mí como para mi familia. Mi papá a sus casi setenta años seguía saliendo a trabajar. Pidió sus vacaciones, pero si al término de sus vacaciones esa empresa cruel sigue exigiéndole ir a trabajar, mi papá va a ir a trabajar. Mis padres y mi hermana, toda mi familia, es población de alto riesgo. Y yo no puedo pagarles nada mejor. Qué mierda es el arte. A mí no me ayuda a redimirme, ni me salva. Me duele escribir y aun así lo hago todos los días, como una loca, una idiota. Qué mierda. El día de ayer una de mis vecinas fue golpeada y casi asesinada por su hijo. Entraron policías al edificio, nadie llevaba cubrebocas y quien sabe por qué como que a nadie le importaba. Otra de mis vecinas le gritaba al golpeador desde su ventana: “por intento de feminicidio no sales, cabrón”. Ojalá fuera cierto. Algunas calles me dan miedo todavía. Afuera, no sólo es el Covid-19, también es la agresión, la violación, porque esos no descansan. ¿Qué tema me parece importante? La vida, nada más.

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