Para el 8M, el 9M y en adelante ¡No queremos flores, queremos derechos!8 min de lectura

Yannick Castro

Ya se ha dicho en infinidad de ocasiones: el 8M es una fecha de conmemoración, no un festejo. ¿Esto quiere decir que debemos “amargarnos» de una vez y para siempre? Pues no, a menos que su temperamento sea similar al mío y tengan la tendencia a ser la amarguetas del grupo. Existimos feministas que frecuentemente estamos reniegue y reniegue, que estamos de preguntonas, o que tenemos cara de meme regañón; también existimos feministas, como muchas de mis amigas, que expresan con mayor facilidad los cuidados, cariños, los abrazos y los besos. Somos las que marchamos, las que hacemos pintas, las que compartimos charlas y talleres de sensibilización, las que acompañamos a otras mujeres en situación de violencia, las que impulsamos leyes y políticas públicas. Somos las mismas en distintos momentos.

Muchas de nosotras, que nos asumimos mujeres feministas, estamos alegres y motivadas porque cada vez somos más, cuantitativa y cualitativamente hablando, pero también estamos tristes e indignadas porque vivimos injusticias específicas por el hecho de ser mujeres, ¡estamos furiosas, sí! Nomás que resulta que en todas las latitudes del planeta nos damos cuenta de esta situación, la socializamos con otras mujeres, decidimos organizar la furia para luchar, mirarnos, escucharnos y espejear, así pues, nos seguimos fortaleciendo. Por eso están tan asustados, porque en nuestras acciones juntas sí ven nuestro poder.

Mujeres juntas para no estar difuntas

Para quien quiera y sea de su interés, puede acudir a numerosos artículos de la historia de la conmemoración del 8 de marzo, como Día Internacional de la Mujer trabajadora: desde sus antecedentes a principios del siglo XX en un acto organizado por mujeres socialistas, pasando por el comienzo de su institucionalización en 1975, hasta lo que ocurre el día de hoy. Pero quiero enfatizar en nuestra memoria histórica el incendio de una fábrica textil en Nueva York, donde murieron 129 trabajadoras, de aquella tragedia es de donde surge el color violeta como símbolo del feminismo, se dice que ese incendio fue provocado por uno de los empresarios “debido a» la huelga de las trabajadoras.

¿Por qué hago este énfasis? Porque la historia de ellas sigue ocurriendo. Porque ese incendio lo provocó ese sujeto, porque podía hacerlo. En este sentido señalo dos aspectos, uno que concierne a la violencia patriarcal de manera más general; y el otro, específicamente a los derechos laborales de las mujeres y el reconocimiento de nuestro trabajo. Ambos se encarnan juntos y no son los únicos.

Entonces, veamos cómo antes y ahora nos siguen castigando por vivir y por exigir condiciones de dignidad tanto en el espacio público como en el privado: nos convencen de que “no” trabajamos cuando lo hacemos en el hogar y en los cuidados, aunque en realidad no lo reconocen y aprovechan para no remunerarnos y mantener niveles de dependencia a través de violencia física, psicológica, económica, etc. Y si habitamos también el espacio público, aprendemos muy pronto que “debemos esforzarnos el doble que los hombres” para que no se ponga en duda nuestro mérito y nuestra capacidad, que nadie vaya a pensar o a decir que me gané mi puesto porque soy bonita… es más, ¡intentaré no verme de acuerdo al estereotipo de ‘Bonita’! No vaya a ser, porque a parte de todo seré catalogada como “tonta” en el ámbito escolar o laboral, pero al mismo tiempo se me exige no ser ‘fodonga’ (el tema de las categorías filosóficas ‘fodonga’ y ‘fashion’, serán abordadas en otra columna de la descosedora).

Así, nuestros compañeros de trabajo y de escuela, patrones, jefes, profesores y desconocidos nos acosan, nos hostigan, nos niegan un empleo por estar embarazadas o nos despiden injustificadamente, nos pagan menos por trabajo igual, nos roban las ideas en los salones frente a todos y el reconocimiento se lo llevan ellos, nos violan, nos queman y nos matan. Así nuestros novios, esposos, primos, padres, abuelos, también lo hacen. Y cuando denunciamos, sufrimos revictimización por parte de las autoridades; cuando acompañamos a las mujeres que ejercen su derecho a la denuncia, sufrimos represalias. Y todavía hay quienes piensan que no tenemos suficientes razones para exigir justicia y exigirla con coraje.

El 9M y la disputa feminista sobre cómo parar correctamente

Un paro es una acción intencionada políticamente, donde un grupo de personas decide dejar de realizar las actividades propias de un trabajo, sea éste reconocido o no reconocido, remunerado o no remunerado; con la finalidad de evidenciar desigualdades injustas y reivindicar mejores condiciones en esas actividades para ir aminorando dichas desigualdades y, por qué no, buscar erradicarlas.

Sobre el paro del 9M también pueden echar mano de todos los artículos publicados y que saldrán en estos días para que solitos confronten los datos duros y estadísticas sobre el PIB, la brecha salarial, la seguridad social y el trabajo no remunerado, entre otros, y vean por qué tanto argüende.

¿El nueve nadie se mueve? Sostengo que es válido plantearnos preguntas sobre si nos unimos al paro o no y sobre cómo pasaremos el 9M las que sí queremos y podemos parar. ¿Para qué queremos hacerlo o para qué no?
Quiero tener en mente siempre que no todas las mujeres pueden parar aunque así lo quisieran y que las trabajadoras no somos una masa amorfa, que agarremos fuerte nuestros lentes para ver las ventajas y las desventajas políticas que nos atraviesan.

Hay, quienes con la conciencia de las desigualdades que vivimos, no quieren parar porque consideran que nos estamos obligando a escondernos, ocultarnos o encerrarnos; también algunas compañeras realizarán paro activo, algunas saldrán a la plaza pública, etc. Y es que la verdá, sí hay algunos carteles de difusión sobre el paro que desde mi punto de vista tienen tintes autoritarios y prohibicionistas, vi uno en el que nos prohíben reunirnos, hasta visitar a nuestras tías, madres, abuelas y que ni se nos ocurra juntarnos con nuestras amigas, aunque sea para hablar de este tema y cosas peligrosas como tejer, bordar y coser. Recordé que el aislamiento también es una estrategia patriarcal. Porque es distinto disfrutar de la soledad por necesidad y preferencia que hacerlo por mandato y obligación para cumplir un papel impuesto de “buenas feministas”. Pienso que es una gran oportunidad para que tengamos experiencias muy diversas y veamos qué es lo que nos hace sentir mejor y nos funciona de acuerdo a nuestros objetivos políticos, porque yo no me imagino viviendo un feminismo que me coarte. Es valiosísimo que no demos por hecho nada y que se sigan nutriendo nuestras reflexiones y acciones. Yo voy a parar el 9M, pero dudo que no me mueva, porque el movimiento no tiene que ser para servir a los intereses patriarcales.

Por eso es indispensable recordar que las manifestaciones sirven precisamente para evidenciar públicamente algo, para que se manifieste frente a otrxs un descontento ante una situación, son para mostrar algo. Ya sabemos que con la sola manifestación no se erradica la violencia, todas estas acciones son sólo medios para alcanzar fines.

Hago un llamado a mis amigas y compañeras feministas para recordar que las mujeres somos fines en sí y no debemos cometer el error de instrumentalizar a otras mujeres. Las mujeres trabajadoras somos personas. No podemos reducirnos a una categoría de análisis para becas de investigación ni para llenar los pronunciamientos de nuestras colectivas, por favor, las mujeres trabajadoras somos diversas y no todas son feministas. Así que voy a expresar algo incómodo y que sé que no gusta: aunque las movilizaciones y planes del 8M y 9M son convocadas y organizadas por diferentes feministas, pienso que en el caso de esta fecha la invitación es para todas las mujeres que identifiquen ciertas desigualdades que consideran injustas y no necesariamente deben pasar por un análisis feminista, porque si pensamos que los feminismos tienen el monopolio de las luchas y las causas dignas, cometemos el mismo error que otros movimientos ya han hecho. Si cometemos el error de pensar que sólo las feministas podemos apropiarnos del espacio público para protestar o visibilizar una inconformidad, vamos a seguir reproduciendo prácticas que asumen que somos portadoras de una verdad absoluta e incuestionable.

Respecto a la supuesta mano negra que hay detrás de las manifestaciones y sobre algunas preguntas en torno a las izquierdas, las derechas y su relación con los feminismos, hablaré en otra columna.

Como ven, tengo más preguntas que respuestas, así que espero infinitamente que la oportunidad de compartir las dudas nos otorgue un diálogo que cruce las barreras físicas, las invito a que nos retroalimentemos. De algo sí estoy segura: todas las feministas compartimos la creencia de que es posible construir un mundo menos injusto. Esto lo han logrado poco a poco diferentes feministas a lo largo de años y seguimos intentando.

Como dije: ¡no queremos flores, queremos derechos! y algunas, pos queremos chocolates también.


Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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