Personas remuneradas, un acercamiento a la obra de Santiago Sierra7 min de lectura

Caliche Caroma

Un brazo cuelga del techo, la extremidad humana sale de un hoyo hecho ex profeso, apenas se mueve; veinte minutos de video con la imagen minimalista, quizá la persona que aceptó permanecer en esta incómoda posición a cambio de unos cuantos billetes estuvo más tiempo del que dura la filmación. ¿Cuánto le pagaron por hacerlo? Esta pieza llamada “Brazo de obrero atravesando el techo de una sala de arte desde una vivienda” es de Santiago Sierra, artista minimalista de origen español que ha escandalizado a los demás y se ha escandalizado a sí mismo.

Algunos consideran que el trabajo es un acto de tortura, la misma clasificación ha recibido el arte de Santiago Sierra, no existen coincidencias, sólo críticas que tienen repercusiones, señalamientos ad hominem, un crítico imaginario, Deus ex machina​: “Es cruel hasta e insensible, ¿qué no siente culpa, miedo? Se trata sólo de un burgués que se burla de la condición paupérrima de los desposeídos, eso no es arte”. Aunque estudió en Europa, se formó en México, vivió aquí durante doce años, él mismo acepta que fue en el país de los tacos y las tortas donde su obra cobró mayor fuerza y proyección internacional. En una de las entrevistas más recientes que le han hecho, Santiago Sierra dijo que lo más sórdido que ha presenciado en su vida lo vio en esta tierra de volcanes y mezcal, nación que también perturbó a Buñuel, Artaud y Lowry.

Como en la intervención dirigida por Santiago Sierra, también nosotros empeñamos nuestras vidas para ganar algo de plata, rentamos las existencias que supuestamente nos pertenecen, ya no digamos al mejor postor, cualquier oferta es buena, a esto le llamamos trabajo. Lo primero es arte, lo segundo es esclavitud contemporánea. En un mundo de contradicciones, el creador minimalista las subraya, las enmarca y las pone en sitios sagrados llamados museos o fuera de ellos, también en esto de los recintos consagrados para el arte se muestra iconoclasta el madrileño. Una parte importante de su quehacer, cuestiona lo que puede hacer alguien, quien sea, por dinero. Personas remuneradas por tal o cual cosa, así nombra a las ya de por sí víctimas de este sistema que hoy, como ayer, colapsa.

“Parto de un formalismo, de un lenguaje muy formal, mínimo, una tradición duchamptiana, una manera de pensar el arte no como una habilidad manual o habilidad fabril, sino como una actividad intelectual, una actividad en donde lo que se está desarrollando es el libre pensamiento”, Santiago Sierra tiene una aversión al trabajo, al estado, al capital, a lo jerárquico, al endiosamiento de la figura del artista, en resumen, es repelente a la explotación de la vida bajo el pretexto de la sobrevivencia. Y, sin embargo, de esto trata su obra. Estamos ante un ser humano que incomoda a sus contemporáneos, parte de lo insufrible para elaborar su discurso, una narrativa visual que encaja agujas en los ojos del espectador, un NO que le ha dado la vuelta al mundo, el excremento sobre el minimalismo, el museo clausurado.

¿Qué más ha hecho Santiago Sierra? Paró el tráfico en una de las avenidas más importantes de la Ciudad de México, atravesó un camión y grabó las reacciones, algo no tan novedoso para los chilangos. Les pagó a unos sujetos para que cargaran un muro, mientras más aguantaran, más ganaban; les pagó a unos individuos (como entre las naciones) para que sostuvieran un pilar en posición horizontal durante horas; les pagó a unos inmigrantes para que cavaran tumbas y a otros para que se enterraran como plantas; les pagó a casi quinientas personas para que se metieran a la sala de un museo, la multitud desorientada; les pagó a media centena de personas para que interrumpieran la entrada a un museo; les pagó a un número equis de pobres-indigentes-curiosos para que se dejaran tatuar o pintar el pelo rubio o cortarlo o encerrarse en un cuarto o dar un paseo en un camión totalmente sellado. Les dio ratones asados a los asistentes a una de sus exposiciones, aperitivos peruanos. Les pagó a cuatro grupos de blancos y negros, hombres y mujeres, para que tuvieran sexo entre ellos, en todas sus posibilidades, posiciones y chances. Ha hecho esto y más, una navegada por la red, nave de los locos, entera al que no.

“Yo me escapo de ser clase trabajadora”, el centrífuga se ejercita en la libertad que es el arte, avanza desenfrenado, se ha topado con pared, es lo que le ha permitido restregar su coraje en la cara de los “jefazos”, de saber cuándo, cómo y dónde. Y esto hace enojar, reta al que señala, lo confronta, los jefazos somos todos. La producción (palabra que surge del trabajo) de Santiago Sierra seguirá transitando entre el asombro y la repulsión, ¿ya dijimos provocador? “Yo siempre estoy llevando al límite a la censura”.

Notas relacionadas

Danos tu opinión: