¡Que digan que estoy despierto!3 min de lectura

Ismael García Marcelino

Una de las peores maneras de la perversión social es la que se funda en la idea absurda de que una persona o grupo de personas es inferior por razones de raza, color de piel, condición económica o cultura. Si esta idea se generaliza en un país, entonces los gobiernos de países hegemónicos se creerán con derecho de ampliar sus fronteras para invadir otros territorios, otras ideologías y otras identidades. Si esta actitud xenofóbica se practica entre pueblos de un mismo país, una explicación justa, lógica e inteligente, será apenas un poco menos que imposible. Veamos por qué.

Tantos años de colonización y en tantas formas —ora española ora norteamericana o francesa— en México hemos terminado por construir toda una red ideológica y un lenguaje de odio contra esta identidad mexicana que nos hace parecer indios y entorpece y nos aleja de la imagen extranjera que buscamos, que de alguna manera hay que ir erradicando por estar “llena de morenitos, marías, uares, guaches, nacos y rancheros”; es decir, por estar construida sobre la base de un profundo pasado indígena que, sin embargo, siempre estaremos dispuestos a olvidar.

Para Carlos Bonfil Batalla, lo indígena es lo que somos gracias a los pueblos que de origen mantienen sus formas culturales de organización, su lengua, y representan el México profundo; lo mexicano es una especie de sociedad que se parece a lo que nos gustaría ser, pero que no somos, un México imaginario, y no tenemos más recurso que disfrazar a nuestras sociedades con ropa que disimule nuestro pasado indígena.

Pero no sólo eso, de mexicanos también se disfrazan: cuando una persona, ebria de ‘mexicanidad’, pone de relieve su repentina afición por un enorme sombrero de palma como accesorio para ayudarse a ‘recordar’ el movimiento revolucionario, lo que trata de dejar por sentado es que está disfrazado, es decir que en lo cotidiano no come pozole ni enchiladas ni bebe tequila. La pose termina cuando los reflectores se apagan, cuando la cámara hizo clic y el personaje regresa a su categoría de persona común y corriente, cuando se lava la cara para desdibujarse el bigote de macho mexicano, cuando lo mexicano que pudiera sentirse no viene ni al caso. Esa mexicanidad embriagadora que los invade y los conduce a comer cañas en la Calzada San Diego no les dura hasta la Navidad donde el pozole se verá desplazado por el bacalao noruego adquirido en Panoli o en Walmart, y quién sabe si el wiski y la champaña tengan un mejor sitio que el tequila.

Es en este contexto que sociedades de mexicanos, que de ninguna manera se identifican indígenas, se construyen una idea de pertenencia a una especie de raza culturalmente superior, económicamente más desarrollada y físicamente más bella, lo que eso, salva subjetividad, signifique y se sienten con derecho de denostar a las sociedades de indígenas.

Jair Bolsonaro, a la sazón presidente de Brasil, sí que peca de xenofóbico y racista en un país donde los indígenas son los habitantes más primeros de la Amazonia, donde sus políticas públicas y declaraciones al referirse a los indígenas no pueden tomarse menos que como exterminacionistas y discriminatorias. Qué pena.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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