Recuento espacio-temporal2 min de lectura

Livier Fernández Topete

Nació en Ocotlán, pero abrió los ojos por primera vez en Guadalajara; ahí también, moribunda, armó la segunda maleta para dar el primer salto mortal.

En Bournemouth comenzó el vuelo (sin equilibrio), se abrió la puerta al laberinto, vivió su primera muerte y su primera resurrección.

Aterrizaje forzoso en Guadalajara, composición de la tercera maleta para emprender el segundo vuelo, rumbo a la adultez.

En Monterrey continuó con el despliegue, ahí mismo descendió, también ahí sufrió la muerte de lo otro y gozó su resurrección, en este lugar trazó el tercer vuelo crucial.

San Miguel de Allende, Querétaro y Zacatecas hicieron de paréntesis, de anestesia, de salvavidas, de oxígeno, de caminos bifurcados.

En Santiago de Chile flotó por un rato: efervescencia, volición y elección.

Volvió a Monterrey para aterrizar (libremente) y hacer la cuarta maleta, esta vez acompañada.

El regreso a Ocotlán: puente o trampolín para elevarse otra vez, lugar de encuentros, desencuentros, la infancia, el placer, quinta maleta.

En Morelia está viviendo lo que todavía no se define: abre y cierra, pero también vive lo que determina para siempre: la maternidad.

Las otras cuarenta y tantas ciudades de México han sido fotografías borrosas o nítidas, pegadas al álbum de su vida.

El resto, las ochenta y tantas ciudades fuera de su país, espejos más o menos cristalinos y eficientes, para pintar el cuadro de las limitaciones, las ventajas, las referencias, los tamaños de las cosas y de las personas.

Aprendió que viajar es deconstruirse y construirse mientras los pies en el aire.

Sabe que establecerse es hacer viajes más largos, creyendo que pisamos tierra.


Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.


Imagen de portada: Journey-Home, de Michael Parkes portada

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