Recuperar el sabor del mundo13 min de lectura

David Ramos Castro y Liliana David (Entrevista y traducción)

El antropólogo y sociólogo francés, David Le Breton es un reconocido autor en el mundo de habla hispana, gracias a sus conferencias en países como México, Argentina o España, así como por sus libros traducidos a nuestro idioma, entre los que podemos citar: Antropología del cuerpo y la modernidad, El silencio, Elogio del caminar o El sabor del mundo: una antropología de los sentidos, entre otros. En esta entrevista exclusiva para el-artefacto, el pensador reflexiona sobre algunas inquietantes transformaciones que está sufriendo nuestro cuerpo, como resultado del tiempo pandémico que vivimos, y analiza las experiencias de nuestra corporalidad, así como las distancias que se han abierto con la corporalidad de los otros: “no tenemos un cuerpo, pues este no es un objeto que poseamos, sino que somos nuestro cuerpo. Despreciarlo es despreciarse a sí mismo. Amarlo significa amar también la vida, inscribirse en el sabor del mundo”, nos recuerda.

1.-Antes que nada, ¿cómo se encuentra ? ¿Cómo vive, en su propio cuerpo, la experiencia planetaria de esta pandemia ?

Para mí, el confinamiento es una ocasión para leer, escribir, para volver a ver películas. Permanezco en contacto con los periodistas que se interesan en mi trabajo y mantengo la comunicación a distancia con los doctorandos que trabajan conmigo. Corro cada día una media hora y camino con mi compañera, al menos una hora más, respetando las medidas tomadas en Francia. El confinamiento, en un espacio reducido, puede ser motivo de conflicto. En las ciudades, además, acentúa las desigualdades sociales, pues es más fácil vivir en una casa o en un amplio apartamento que en uno donde todos están amontonados y no hay intimidad. Esta vida común no nace de una elección, sino de una imposición. Por otra parte, en Francia ha habido una explosión de la violencia de algunos hombres hacia sus compañeras, así como de muchos niños maltratados. Sin embargo, el confinamiento nos obliga a descansar y a vivir más lentamente, aunque el precio que pagamos implique el sacrificio del mundo exterior. Dicho esto, hay que aclarar que no se ha aniquilado nuestra libertad, aunque se encuentre, temporalmente, limitada.

2.-A su juicio, ¿cómo puede ayudarnos esta crisis a captar las violencias que inflige el neoliberalismo?

Por el momento, el coronavirus ha desvelado el fracaso del neoliberalismo. Es difícil saber cómo vamos a salir de esta situación y de qué manera los Estados y la economía van a aprender algo de todo esto. La crisis sanitaria nos recuerda la interdependencia de nuestras sociedades a escala planetaria. Todas las fronteras son ficticias, arbitrarias. Incluso las fronteras biológicas entre el hombre y el animal. A este respecto, la contaminación o el calentamiento global nos recuerdan a diario nuestro estado de alarma. La reducción del tráfico vial y aéreo, así como otras actividades contaminantes, traen también una especie de respiro para el planeta. Un estudio finlandés muestra que, sólo en Europa, casi 12 mil vidas han sido salvadas gracias al confinamiento y a la desaparición de la contaminación ambiental, lo cual también ha logrado que decenas de miles de niños hayan escapado al asma. Eso sin contar la cantidad de gente que habría fallecido en las carreteras. Esta es la increíble paradoja de nuestras sociedades posmodernas. La crisis sanitaria es un ejemplo coincidencia entre opuestos: lo peor convoca nuestra lucidez de cara al mundo que viene y plantea una prueba trágica para alcanzar un mundo más solidario y más dichoso. Tras años de total indiferencia respecto de las reivindicaciones sociales, esta pandemia nos recuerda la necesidad antropológica que tenemos de compartir. Dependemos unos de otros. Es imperativo restaurar ese humanismo social que ha sido atacado violentamente en todo el mundo por un capitalismo muy y cínico, y no sólo para proteger a los más vulnerables, sino también para poder recuperar el gusto por la vida.

3.-En estos momentos, los Estados se han apropido de los cuerpos. Los enfermos mueren solos y sus familiares no pueden acompañarlos, ni tocarlos, ni celebrar los rituales funerarios como querrían. Esta situación ha dado paso a lo que podríamos llamar un bloqueo ritual. ¿Qué piensa usted al respecto?

El aislamiento y las medidas de protección -distancia física, guantes, mascarillas- confiere al cuerpo un estatus de peligrosidad. El cuerpo es ahora mismo una amenaza, incluso el de nuestros familiares y amigos, que son susceptibles de ser portadores asintomáticos del virus. Una relación puritana se impone en relación a él. Esta se manifiesta a través de la necesidad de controlar las relaciones y los contactos por medio de esas medidas llamadas de contención. El cuerpo se ha vuelto una ciudadela asediada cuyas fronteras hay que vigilar. La “fobia del contacto”, que señaló alguna vez Elias Canetti, se radicaliza aún más. Hoy el cuerpo debe ser lavado, restregado, examinado, purificado. Debe escapar del contacto con los desconocidos. Los apretones de manos, los abrazos, los besos viven proscritos, en este momento. A menudo me ha sorprendido observar cómo algunas personas con mascarillas se alejaban varios metros de otros caminantes o cómo se cambiaban de acera, sin necesidad. Asimismo, me ha sorprendido que ya no haya filas de espera, sino una especie de abanicos, en el que cada persona deja al menos tres metros de separación con la siguiente, creando una zona de incertidumbre para los que van llegando sin saber muy bien dónde colocarse. Esta clausura, esta privatización de la existencia es una amenaza para el vínculo social, dado que llega a ver al otro como un peligro.

4.-Nuestras relaciones corporales experimentan novedades a consecuencia del confinamiento que nos hace presas del miedo. ¿Cómo ve estas relaciones con respecto a nosotros mismos, a nuestro cuerpo y a los demás?

El confinamiento doméstico y el alejamiento físico de los demás demanda el uso de las herramientas de comunicación a distancia. Comunicación de espectros en la que cada uno se transforma delante de sus pantallas en un hikikomori más, a imagen y semejanza de esos jóvenes japoneses que viven en una reclusión voluntaria, pero buscando un incesante intercambio con otras personas a través de las redes sociales. Monjes posmodernos que están simultáneamente separados y unidos al mundo. La conversación, que entraña la atención al rostro del otro, a sus gestos, desaparece todavía más en beneficio de una comunicación sin cuerpo y sin verdadero contacto. Es la promoción de un mundo a distancia, descorporeizado, sin sensorialidad ni sensualidad, bajo la forma de un simulacro. Es el triunfo del puritanismo social.

5.-¿Teme que se imponga socialmente el paradigma médico-securitario y que se reduzcan otros significados socioculturales relativos al cuerpo y la salud?

No, en absoluto. El modelo médico, en cualquier caso, está presente por todos lados. Se nos percibe antes como organismos que como hombres y mujeres con que tienen una historia personal y específica. Pero, por otra parte, cada uno de nosotros puede recurrir a otras medicinas que presten más atención a la singularidad de los pacientes y que, a su vez, estén basadas en otros modelos interpretativos respecto del cuerpo, de la enfermedad, de los tratamientos, etc. En este momento, en el corazón de la pandemia, la medicina es la única que tiene una respuesta. La fuerza de la medicina biológica viene dada, entre otras razones, por su papel en las situaciones de emergencia y en la lucha contra las grandes pandemias. Pero la preeminencia actual del discurso médico es provisional y sólo viene motivada por las circunstancias. Una vez frenada la pandemia, regresaremos a nuestros propios paradigmas y volveremos de nuevo hacia las medicinas alternativas que, además, muchos no han abandonado. Así pues, creo que, en lo que concierne al coronavirus, en estos momentos echamos mano de la medicina hegemónica porque tiene un cierto grado de eficacia. No tenemos mucha elección.

6.-La pandemia ha alterado el significado de nuestros sentidos, siendo el tacto, irónicamente, el más “retocado”. La multinacional Inditex, por ejemplo, acaba de rehacer el logo de Zara, con el siguiente mensaje: “respetar las distancias sociales pero permanecer más cerca que nunca ”. ¿Cuál es, a su parecer, la situación que reflejan los sentidos en este tiempo de pandemia ?

Los sentidos funcionan ahora a un nivel más limitado. Siguen acompañándonos, pero los olores del departamento está claro que no son los de la calle o los del bosque. El tacto, en el confinamiento, está claramente más reducido que el que existe en condiciones normales. El oído está siempre presente, pero ahora ya no está abierto a la amplitud del mundo. Me parece que el gusto es el único que está de fiesta en este momento; pues, a raíz del confinamiento, muchas personas cocinan e inventan platillos. Basta con mirar algunos medios para comprobar la enorme cantidad de programas y de páginas de Internet que proponen toda clase de recetas. Lo mismo se observa en las redes sociales.

7.-El coronavirus, como otras enfermedades zoonóticas, reabre el debate sobre nuestros comportamientos de crueldad hacia los animales. ¿Podemos seguir hablando de significados culturales del cuerpo sin replantear nuestra propia humanimalidad y el trato que damos a los cuerpos vivos no humanos?

Yo recuerdo a menudo algo que he desarrollado ampliamente en mi libro Antropología del cuerpo y la modernidad: me refiero al momento histórico en que las sociedades occidentales inventaron la noción de cuerpo que hemos heredado, la misma que, hacia finales del Renacimiento, trajo una ruptura ontológica entre el humano y el animal, entre la cultura y la naturaleza. Anteriormente, en muchas sociedades tradicionales y durante toda la Edad Media y una parte del Renacimiento existió una continuidad entre el hombre, la naturaleza y el animal, e incluso una imposibilidad de disociar a la persona de su cuerpo. Un autor como Descartes es muy ilustrativo al respecto de estas redefiniciones antropológicas que estrena la cultura occidental en los albores de la Modernidad. Como escribí en aquella obra, la invención del cuerpo supuso un triple duelo: el duelo por la naturaleza, el duelo por el animal y el duelo por la propia persona, pues esta se convirtió en organismo.

8.-La mundialización ha devastado numerosas culturas en nombre de la ortodoxia neoliberal. Muchas de ellas habían establecido un vínculo más respetuoso con sus entornos naturales. Aniquilándolas, ¿no destruye la globalización saberes culturales que podrían ayudarnos a proteger el planeta y que entran en sintonía con prácticas como la caminata? 

He escrito al respecto, precisamente, en mis libros dedicados a la caminata. Observo que ciertos paisajes se entregan de una forma tal, que sospechamos que es el deseo de un espíritu del lugar el que da lo mejor de sí para permitir que el viajero se lleve un recuerdo fascinante del mismo. Al caminar, siento con frecuencia la necesidad de estar allí, en ese momento, como si toda la existencia convergiera en ese lugar, a esa hora precisa y con esa luz única jamás vista antes. Es como si algo nos llamase y nos esperase allí, aunque no podamos traducir con palabras ese sentimiento y aunque tampoco podamos decir de dónde viene esa llamada. Dejamos de existir en el mundo; pero, de pronto, somos mundo. El sentimiento de alianza con el entorno surge gracias a lo que recibimos de él, a su belleza, a ese reconocimiento que parece emanar de su misma presencia. Algunas poblaciones y culturas otorgan al entorno una vida secreta, un cuidado a la respiración casi insensible de su espacio. Ese sentimiento lo sienten a menudo los caminantes que reviven, con sus propios medios, esas viejas intuiciones. Para los indígenas, en efecto, la tierra es más que un territorio. Es un alma común. Esta idea no tiene casi significado para nuestras sociedades, acostumbradas como están a explotar el planeta con total indiferencia y sin ninguna medida.

9-¿Qué lecciones podemos extraer del silencio -tema sobre el que también ha escrito- ahora que se ha elevado el “ruido” social a raíz de la pandemia?

Una experiencia sensible, inquietante, inducida por el encierro es la restauración del silencio. El ruido de la circulación vial está prácticamente detenido, al igual que el de las construcciones, los aeropuertos, las fábricas. Escuchamos de nuevo la respiración del entorno más cercano, los pájaros, el soplo del viento, los gritos de los niños en los patios y jardines. El paso de un automóvil o de una motocicleta rompe ahora ese orden apacible, como para recordarnos el privilegio del silencio que nos envuelve. El silencio, que nunca se ofrece bajo una iluminación única, participa en la dialéctica de lo sagrado, como una mezcla confusa de angustia y atracción, de terror y júbilo, destinada, según las circunstancias, a calmar o a inquietar. La producción deliberada de ruido es a menudo una forma de defensa, como lo atestigua la música ambiental que se difunde hoy en día en un sinnúmero de lugares públicos. La relación con el silencio es una prueba que revela tanto actitudes sociales y culturales como personales. A algunos les aterra la posibilidad de un mundo desnudo, completamente enmudecido, que aniquile los sonidos que cubren su tranquilidad espiritual y que hacen de su existencia algo habitable y comprensible. Para ellos, la producción de ruido tiene sentido, pues los protege de la brutalidad del mundo, como un baluarte contra un vacío silencioso. Y el acontecimiento existe, en efecto, porque entromete su ruido. El ruido interrumpe un silencio que pareciera evocar una infinita planicie, sin defectos, pero sin historia, repleta a la vez de seguridad y de angustia, por mor de su ausencia de límites y de su polisemia. El ruido distiende el sentido, extravía los puntos de referencia habituales y restituye la iniciativa del individuo. Abre la fosa de los demonios, favorece un regreso de lo reprimido. Sin embargo, el sentimiento que provoca es un significado creado individualmente, esto es: un juicio de valor, ya que el sonido que tranquiliza a uno es el que desespera a otro. Pero también puede huirse del silencio como de la peste y buscarse obstinadamente la saturación auditiva. Esta es la experiencia insólita a la cual nos confronta el confinamiento, que suspende los sonidos urbanos habituales, pero aumenta, en cambio, la producción de ruidos domésticos, lo cual supone una relación inédita con el silencio y el ruido.

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