Retes, un bulto en el nuevo mundo4 min de lectura

Ismael García Marcelino

Dos películas emblemáticas de Gabriel Retes que los mexicanos no han visto; lo digo porque aún me inquieta la reacción de la sociedad mexicana en el nivel cultural en que se desarrolla.

Para hablar de la primera hay que saber de qué se trata: la historia es sobre la circunstancia de un periodista que participa en el movimiento de universitarios y politécnicos cuya manifestación en San Cosme se ve reprimida por un grupo de halcones entrenados para matar. Metido en la marcha del 10 de junio de 1971, Lauro resulta golpeado salvajemente por el grupo de paramilitares que, con órdenes de disparar a matar, por órdenes de Luis Echeverría, el mismo que tres años antes, siendo secretario de Gobernación, había ordenado disparar contra estudiantes en Tlatelolco. Al borde de la muerte, cae en un coma que lo deja en estado vegetativo, en calidad de bulto.

Como un bulto en el nuevo mundo, más de veinte años después, con el salinismo a todo lo que daba, sin la frescura de la música de Los Beatles ni de Los Rolling Stones ni mucho menos el fervor del sentido combativo de los estudiantes, Lauro recupera la conciencia frente a su familia que no sabe lo que es dormir por veinte años y despertar con la idea fija de que las cosas siguen una línea historial como las había dejado. Se enfrenta a sus mejores amigos, quienes se le cuentan cómo se han ido construyendo un patrimonio y, a su manera, sortearon los cambios y los ajustes que al Bulto le parecen absolutamente indignos; una incomprensión mutua porque ni los de hoy comprenden el espíritu de la lucha de los años 70, ni Lauro comprende cómo hubo que írselas arreglando para no morir de hambre o de lo que fuera; la añeja dificultad de conciliar pasado con presente: si para los viejos que han pulsado cada uno de los cambios en la conducta social es inadmisible cómo ya no están de moda Los Panchos ni Los Teen Tops, para el Bulto, que acaba de despertar es inadmisible que sus hijos no conozcan a José de Molina. El Bulto, de Gabriel Retes, puede ayudar en la reflexión sobre las dinámicas de cambio social que sirven y las que no.

Por otra parte, Nuevo Mundo exige no olvidar que a la fecha millones de personas creen a ojos cerrados que la virgencita o bien podría anotarse su media tijera en el último minuto de una soñada final contra Italia o moverles las patas a Andrés Guardado y a Chicharito para que hagan lo propio, ya que muy bien cobran por jugar en un mundial y, como siempre, todo se les va en fingir demencia cada vez que participan en la justa. Como la virgencita no juega futbol, “la gloria” de levantar la copa es algo que sólo es verdad cada sábado de quincena en la cantina. Todo comenzó, según la cinta, en el siglo XVI con la misión de los frailes españoles en la América india por apaciguar a una retahíla de idólatras que adoraban objetos de barro con figuras espantosas y no tenían noticia de divinas caras europeas, rostros blanquísimos y lindos ojos que representaban a la madre de aquellos catoliquísimos acorazados que, por mucho, violaban a las indias, torturaban a los indios, les arrebataban sus tierras y propiedades y le partían su mandarina en gajos a quien osara revelarse, ¡jolines!

Bueno pues como los indios no aceptaban adorar a la madre de estos conquistadores, pues nada, que los frailes encontraron a un pintor cojonudo que les pintara una virgen morena, y ya está. Para consuelo de los guadalupanos, no se parece a la del Tepeyac, aunque la alusión es más que clara. Llama la atención que la película esté hablada en p’urhepecha, tal vez para que se crea que la historia ocurrió en tierra michoaque. Ambas películas son lo bastante recomendables desde el punto de vista cinematográfico, pero si usted suele ir a las cañas a San Diego, so pretexto del fervor guadalupano, ya ni siquiera puedo advertirle que no lea este texto. Perdón. ¡Pero El Bulto sí no se lo pierda!

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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