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Ismael García Marcelino

En una tribu africana, exterminada por los países que se apropiaron de su territorio y de su cultura, no existía la palabra “libertad” en su lengua, y no existía porque no había que buscarla: eran libres (Cohn y Duprat, El ciudadano ilustre, película).

Todo queremos que este lunes no sea como todos los lunes, ni como todos los días que acabamos de vivir, un primero de junio cualquiera, un Día de la Marina como el de hace un año o como el de hace diez. Queremos que sea un verdadero fin de esta, tan inevitable, cuarentena de muchos más que 40 días; el final de un confinamiento domiciliario cuasi voluntario y extraño, tan esperanzador y vital como tedioso.

Queremos que desde hoy se vuelvan costumbre el respeto y la cortesía en el transporte público; que la mitad de las unidades sea suficiente para una ciudad donde los embotellamientos no sean cosa normal, sobre todo porque ya vimos que lo que estos concesionarios perdieron en estos días de pocos usuarios no es más que lo que no pudieron quitarles a los conductores que los mantienen, extorsionados con lo que ellos llaman “la cuenta”, práctica legal que funciona sobre una base cultural tan brutal como normal; pero ya vimos que las ciudades en Michoacán funcionan mejor así.

Todos queremos que regrese la normalidad, pero no como se nos había instalado; queremos una normalidad nueva, con ajustes sociales, con nuevas costumbres de limpieza, con crisis para los empresarios que nunca antes se habían enfrentado a una sin que el gobierno corriera a rescatarlos a costa nuestra; con los portales libres del comercio invasivo, por más que “formal”; con pájaros en los árboles de las plazas públicas, libres de payasos albureros y malintencionados; con nuevas oportunidades para los artesanos ambulantes, perseguidos por la tradición vallisoletana que se olvida que los indígenas llegaron a vivir a este valle mucho antes que los españoles; con nuevas ideas construidas sobre la base de una esperanza: que la pandemia por el coronavirus nos hubiera abierto los ojos para comprender que la distribución de la riqueza es harto inequitativa: mucho para pocos y poco y nada para la mayoría.

Pero no. Eso queremos, pero no.

Este primero de junio no pudimos hacerlo extraordinario ni estaremos en condiciones de salir a las calles o al trabajo como si ya no hubiera riesgos de contagio.

Pasada la contingencia, nos merecemos un semáforo en rojo que nos obliga a no bajar la guardia; nos lo merecemos porque somos un Michoacán violento y por lo mismo, irracional. Tenemos el “me vale madre” y el “a chingar a su madre el coronavirus” tan a flor de labios, que no podríamos darnos cuenta de si pensamos o no. No lo digo por decir; súbase a un taxi y converse con el conductor para que usted mismo lo escuche.

No hacen falta muchos ejemplos: Basta ver cómo se pone una masa de gente porque un empresario prefiere saquear los bolsillos de otros aficionados, menos michoacanos, pero igualmente fanatizados, y les muestra el petate mortuorio de llevarse el equipo de futbol Monarcas Morelia a otra ciudad.

Si se dieran cuenta de la manipulación, la pregunta sería: ¿Qué más da que la camiseta se la ponga un chileno, un uruapense o un ecuatoriano?, ¿de veras creo que a una empresa le importo? Por eso y muchas cosas más nos merecemos un semáforo en rojo.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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