Santo Entierro de Morelia, un Cristo con articulaciones6 min de lectura

Joselia Cedeño Paredes

La función de las esculturas religiosas para las procesiones ha sido fundamental como medio didáctico de enseñanza del catolicismo y para recrear los últimos momentos de la vida de Jesús. Los frailes evangelizadores que llegaron en el siglo XVI fueron los primeros en usar las imágenes con dicho fin y gracias a esto, tenemos ahora obras que sobresalen no solo por su valor artístico sino también por su técnica de manufactura, diferente de las esculturas hechas para estar en un solo sitio.

Unas de las obras que se usaron en las procesiones son los Cristos con articulaciones. Se trata de imágenes talladas que tienen la particularidad de presentar movilidad en algunas o en todas sus articulaciones (cuello, hombros, cadera, rodillas, tobillos), lo que es posible por la presencia de sistemas que permiten su flexibilidad. Especialmente se manufacturaron Cristos que presentaban articulaciones en hombros y piernas, para que se usaran en las representaciones de la Pasión por lo que eran crucificados, luego bajados de la cruz y colocados en una urna para representar su entierro.

Las articulaciones se realizaban de diversos materiales; el cuero era el material más recurrente. Se hacía una especie de manga zurcida que formaba un cilindro, el cual se unía en los dos extremos de la escultura con un adhesivo conocido como cola (obtenido de la cocción de los huesos de la res) o con clavos  (ejemplo de ello es la escultura de Santo Entierro, Templo de Santiago Aposto, Tingambato). El cuero era pintado a similitud del encarnado para su mayor integración cromática.

El Santo Entierro que se resguarda en el Templo de Santo Santiago, en Tingambato, presenta articulaciones de cuero en hombros y cuello.

Otro sistema consistía en las armellas de hierro que estaban ensambladas entre sí y que se clavaban en los dos extremos. Posteriormente eran cubiertas con cuero (Cristo de los Dolores en el Pirulito, municipio de Lagos de Moreno, Jalisco).

También se usaban las articulaciones de madera las cuales podían ser un perno embonado a una caja y que permitía el movimiento hacia adelante o hacia atrás, o  los goznes de paleta hechos de  madera y con un elemento metálico que servía como eje para permitir la flexión hacia adelante y hacia atrás.

Santo Entierro que se encuentra en el Templo de la Soledad, Tzintzuntzan, Michoacán y que presenta articulaciones en todas sus extremidades.

Existen algunas imágenes que tienen articulaciones en los tobillos, rodillas, hombros y piernas por lo que sus movimientos son tan realistas que parecen seres humanos (ejemplo de ello es el Santo Entierro que se encuentra en el Templo de la Soledad, en Tzintzunzan). La combinación de las articulaciones  con el diseño de la obra proporcionaba gran realismo en las representaciones lo que influía en la sensibilidad de los feligreses.

Las imágenes corresponden a dos ejemplos de articulaciones realizadas en madera.

El Señor del Santo Entierro de las monjas

En Morelia tenemos un ejemplo de este tipo de esculturas. Se trata del Santo Entierro que se resguarda en el templo del Sagrario Metropolitano, comúnmente conocido como el de las monjas. Es una obra elaborada en el siglo XVI constituida de pasta de caña y con articulaciones en los hombros por lo que puede usarse como crucificado o yacente. Como es sabido, la pasta de caña es muy ligera por lo que resultaba el material ideal para obras que iban a ser cargadas en las procesiones. Por lo que respecta a las articulaciones, son indicativo que desde un inició la obra fue concebida para representar la crucifixión y el entierro de Jesús.

De acuerdo a José Núñez la escultura originalmente perteneció a la familia Villaseñor que era originaria del pueblo de Huango (Villa Morelos).[1] En 1643 la escultura fue llevada a Valladolid para que intercediera a causa de la peste que azotaba la ciudad. Las monjas dominicas solicitaron una visita a su convento y se encariñaron con la imagen que se negaron a regresarla.[2] Posteriormente la imagen fue llevada al nuevo espacio religioso en 1738 (¿será acaso la que se encuentra pintada en el cuadro llamado “Traslado de las monjas dominicas a su nuevo convento”?) permaneciendo bajo su custodia hasta 1867 en que fueron exclaustradas  de su convento.[3] De este modo se hicieron cargo de su cuidado  y arreglos para las procesiones de Semana Santa.

En el siglo XIX la imagen fue colocada en una urna sobre un altar  ubicado en el crucero del templo hecho, hecho por el arquitecto Adolfo Tremontels.[4] En años posteriores este altar fue sustituido por otro elaborado con mármol de carrara siendo el que actualmente se aprecia.


[1] IBARROLA, Arriaga Gabriel, Familias y casas de la vieja Valladolid, Morelia, Fímax Publicistas, 1969.

[2] RUIZ Caballero, Antonio, El Santo Entierro del templo de las Monjas: devoción y culto a un Cristo yacente en la Semana Santa moreliana, Boletín Rosta de los Vientos 6. De fiestas, danzas y andares en Morelia, Yaminel Bernal Astorga y Jorge Amós Martínez Ayala (coord.), Ayuntamiento de Morelia, 2015, p. 38.

[3] Las monjas habían sido expulsadas de su convento en 1863 pero regresaron  cuando se estableció el imperio de Maximiliano de Habsburgo. Posteriormente, en 1867, fueron exclaustradas definitivamente como consecuencia del triunfo de la república sobre los franceses. El conjunto conventual comenzó a fraccionarse  usando los terrenos para casas particulares y en la calle de Serapio Rendón. TORRES Vega, José Martín, Los conventos de Monjas en Valladolid de Michoacán, Arquitectura y Urbanismo en el siglo XVIII, Gobierno del Estado de Michoacán, Morelia, 2004, p.73.

[4] ASCENCIO Campos Gerardo y Eugenio Calderón Orozco, tríptico de la Cofradía del Santo Entierro del templo de las Monjas, México, H. Ayuntamiento de Morelia, 1999.

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