Segunda Carta: Un lugar común7 min de lectura

Said Soberanes

Hola:

Tengo un aviso que hacerte; quisiera que mis palabras lograran hacer aparecer lo real, lo que es como las cosas son, ese término raro con el que la gente quiere hablar de la experiencia de su piel, del sonido que rasga el aire hasta llegar al oído. Mis palabras, te voy avisando, serán incapaces de compartirte lo que vibra bajo las uñas, lo que llama desde adentro de las entrañas, lo que te evita parar aunque te duelan las piernas y los oídos te zumben. Esto es porque las percusiones no son máquinas de sonido, sino de carne y cielo; los blocos de rua (cuadrillas callejeras, así literalmente) son un acontecimiento dedicado a un dios que sabe bailar. No sé si sea capaz de decirte por qué, pero haré un pequeño intento.

Cuando Oswald de Andrade quiso renunciar a Europa para refundarla con su antiguo esplendor en Sampá – esta tierra húmeda y caliente –, hace ya 96 años, en su Manifiesto de Poesía Pau Brasil, – y luego de un contundente verso como “La poesía existe en nuestros actos” –, este poeta antropófago quiso basar sus intuiciones en un acto concreto: “El carnaval de Río es un acontecimiento religioso de la raza”. De la raza negra debía decir, pero el promotor de la Semana de Arte Moderno era muy francés para terminar de ese modo su oración. La única forma de refundar Europa sería haciéndola negra.

La tradición de los blocos de rua surge del umbanda y el candomblé, religiones donde la percusión y el bailar es orar, pues es el cuerpo el que se entrega a las divinidades que diariamente viven junto a nosotros. En esa fecha de relajación cristiana, el carnaval, en ese único momento en el que el cristianismo deja respirar a sus subyugados de su enjuiciamiento perenne; las religiones afrocaribeñas aprovecharon para usar las calles y no los campos, para existir donde siempre han existido – Haciendo el maracatú, vendiendo acarajé, curando a las creyentes que no pueden decirse creyentes en voz alta, dejando altares en los entrecruzamientos de camino para solicitar algo para los dominados por el evangelio –, en el corazón de este país.

Pero me detengo de esta reflexión herética, porque sé que me distraerá de lo que quisiera contarte; sólo quiero insistir que los blocos de rua surgen como un gesto de resistencia como abundan en este país: visible, potente y discreto.

Salimos muy temprano de la casa, mi hermano Óscar, mi cuñada Lola, y yo; al parecer no vamos muy lejos, al parecer no será un bloco muy grande. Cajas, repiques, chocalhinos, tamborimes, surdos y a gogos. Una enorme colección de percusionistas se preparan con glitter y maquillaje, el nahualismo ritual requiere que seas visible, más visible de lo que has sido antes. ¡Muéstrate! No hay posibilidad de eludir la exigencia, así que me maquillo, me unto glitter y me preparo. Un conjunto musical de lo que aquí llaman Funk sube a la parte de atrás de un autobús y estamos por empezar.

Tengo espíritu de técnico teatral (ahí en la semblanza que pusieron mía, verás que he sido jala cables un buen rato), y accedí entusiasta a ser parte del equipo que sostiene la cuerda que divide al bloco de los espectadores, pararme en el límite, sostener el limen, casi afuera, pero de este lado de la cuerda. Cordeiro. Tomo la cuerda, la estiro y comenzamos.

Los surdos son latidos. No cesan de repicar. El resto del bloco se siente como un cosquilleo incontenible por todo el cuerpo. Y laten. No es que haya decidido bailar, pero bailo; casi termino soltando la cuerda y la gente comienza a aumentar. Treinta. Cuarenta. Cincuenta. Cien. Siento que hay como cuatrocientas personas. Y laten. – Es un bloco pequeño – me digo sorprendido. Y aunque tiro de nuevo de la cuerda, no he dejado de bailar.

Late. Late. El corazón se me desborda y la risa se contagia. No sé dónde estoy, no sé qué está pasando. Sólo sé que doy otro paso y que cuerpos húmedos quieren cruzar la cuerda. Saben que no deben cruzarla, pero lo que nos invade es incontenible. Late. Hombres y mujeres ritualmente vestidxs como lo otro. Como lo absolutamente diferente.

Eramos un caos excéntrico. El bloco era origen y dislocación de la realidad. Una masa amorfa que se arrastraba por una calle elegante de un barrrio elegante. Y la gente desde sus casas, aplaudiendo. Late. No sé cuanto tiempo llevo aquí. Late. No sé si pueda aguantar más. Mi oído derecho comienza a exigirme silencio y reconozco un chirrido agudo surgiendo de él. ¿Qué es esto? ¡¿Dónde estoy?!

Late.

Late.

¿A qué hora terminó? Estoy tirado a un lado del camino, confundido. Padis, un chico relajado y silencioso del Bloco que ha dedicado las últimas dos horas y media a llevarnos a este estado de indeterminación, me aliviana el día, y trato de conversar con él. Iiiiiiiiiiiiiiiii… No puedo leer sus labios que hablan portugués. El chirrido inflama mis oídos y no sé como sentirme. No sé ni qué veo porque sólo pienso en lo que escucho: … iiiiiiiiiiiii… Respira.

A lo que experimenté – a esa despersonalización ritual – solemos llamarle experiencia mística, y es alcanzada con prácticas sagradas para hablar de los límites de la sociedad, del afuera al que renunciamos religiosamente para quedarnos adentro, por ello la sociedad lo regula y lo controla situándola en un no-lugar. La calle se vuelve por un instante un lugar de encuentro que está más allá de la calle, ahí nos encontramos y nos hicimos hermanos.

Menos conmocionante, pero igual de bella fue mi experiencia al asistir al lavado de la calle (lavagem da rua) que el bloco femenino Ilú Obá de Min realizó en el SESC Pompeia, ahí me entero que el carnaval sincretiza el maracatú con el cristianismo, y que la tradición es orar con el cuerpo, es orar con la carne. Me encuentro, otra vez, con ellas; me siento, otra vez, parte de un todo que se mueve junto a mí. Que juntas podemos hacer de este mundo un mundo mejor.

Por la noche, vamos a un bar, pedimos una cerveza y todo vuelve a comenzar, los surdos, las congas, los a gogo y un cavaquinho, resuenan una ves más, pero en esta ocasión con ternura y delicia. La fresca noche paulista, la batucada de nossos tantãs en la esquina de Rua Dos Caetes y Rua Caiubí, las sonrisas que se cruzan mientras bailamos… Ahí dejo un altar… Es como si ésta siempre hubiera sido tu casa, y tú sólo fueras el retazo de un dios que sabe bailar.

Encontrarse en Sampa es sencillo. La ciudad está repleta de lugares que están hechos para ello. Los paseos dominicales en la Avenida Paulista, las múltiples clases de baile forró que usan el dinero para apoyar causas sociales, los comedores masivos para comer barato, la infinidad de parques y recovecos que siempre promueven el lugar común.

Ser, en esta ciudad, es siempre encontrarse con los otros. A veces no es bello, a veces encontrarse con los otros es un golpe doloroso que ya no se va… Pero ya te contaré.

Te mando un beso, te extraño.

Said S.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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