Materia oscura: Segunda oportunidad4 min de lectura

Yolanda Chapa

El rugido del trueno hizo que se encogiera sobre sí mismo, asustado.
Una risa sonora y amarga salió frente a él.

—No deberías temblar pese a lo que ahora eres. En cambio, ¡regocíjate! No habrá en la tierra un sonido igual de grande.

Un breve relámpago le hizo ver de nuevo a su compañero, que desde hacía horas lo miraba entre las sombras, recargado en la roca como si se hubiese fundido en ella.
Volvió a escucharse otro trueno, pero este fue suave y triste, como el eco del primero.

—He dicho –volvió a hablar el otro con voz segura-. Ese fue el último grito de auxilio. No habrá más, porque todos han muerto.

En vez de responderle, observó el mar: Tenía razón, sus hermanos también callaban y no surgían de las aguas como espuma.

—Dime —murmuró para que la voz no le fallara—, ¿crees que eres el último?
—Si aún mi especie es quien dice ser, sí. Preferiríamos el olvido y la muerte antes que un mal recuerdo de nosotros.

—Pero tú estás vivo.

Su compañero se quedó muy quieto, después alzó la cabeza.

—Yo no tengo vergüenza, y por lo tanto no tengo orgullo. Elegí vivir porque preferiría estar muerto, ese es mi castigo. ¿Pero tú? ¿Por qué te permites sufrir?

En respuesta, inclinó la cabeza y el cuello hasta posarlos en sus manos, regresando a su anterior mutismo. La lluvia arreció, derribando árboles, ahogando bestias, llevándose vida y toda fuente de calor. No podían verla, pero la oían: Apremiaba al mar a golpear contra la tierra, murmurándole dulcemente, y luego gritaba a los vientos para volverla diluvio.

—¿Volverá a haber vida?

—Todavía no se pierde. Aún quedamos nosotros.

En respuesta ladeó la cabeza con tal fuerza, que su largo cabello lo negó con él.

—Nosotros ya estamos extintos. Tal vez no nos olviden, pero seremos sombras. Somos sombras ya.

Como queriendo contradecirlo, en vez de ladear la cabeza él la inclinó hacia adelante con una sonrisa muy abierta, dejando que un nuevo relámpago, que era un reflejo débil del anterior, mostrara su lampiña testa.

—Para ser lo que eras, te muestras poco optimista.

—Y tú ya no te asemejas a tu antigua forma. ¿Qué fue de la bestia que atesoraba todo lo que no podía crear?

La sonrisa se desvaneció. Volvió a recargarse contra la pared.

—Tal vez mi nueva forma la cambió. La tuya también, al parecer —le respondió con un resoplido poco natural, parecido al bufido de un caballo.

—Temo que era sabio porque me sabía inmortal y no temía a la muerte, y eso me hizo indiferente. Tengo miedo de descubrir que en realidad vivía en un sueño, y nunca fui ni bello, ni sabio, ni grácil. Tengo miedo de volverme sabio en esta vida y darme cuenta que en la otra nunca lo fui.

Tan pronto dijo esto cerró los ojos y se encogió tanto que se asemejó a una pequeña luna.

La voz de su compañero tardó un poco en hablar de nuevo, esta vez, muy suavemente:

—No deberías temer a la verdad, por dura que sea. Nos volveremos perfectos también en esta forma, y esta vez intervendremos cuando la humanidad vuelva a decaer.

Siguió oculto bajo su cabellera albina, pero se permitió sonreír por primera vez en su vida, tanto en la nueva como en la que había dejado atrás.

—¿Te has vuelto tan humano que puedes sentir piedad por un semejante?

Por respuesta, él se encogió de hombros.

—Alegrémonos: Si lo fuera más, sería cruel.

Foto: Andrea González

Yolanda Chapa (Monterrey, Nuevo León, 1993).
Licenciada en Letras Hispánicas. Desde los catorce años ha participado y ganado en concursos de cuento y poesía. En 2008 publicó su primera novela: Lani, la princesa gitana, y su secuela, Lani y el encuentro con La Muerte, en 2011. En el 2015 publicó Generaciones Demoniacas, y en 2018 terminó la trilogía de Lani con Lani y el mensajero del Infierno. Actualmente es editora en jefe de la editorial Silma y trabaja en VF Agencia Literaria.

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