Ser hombre2 min de lectura

Livier Fernández Topete

Qué frágiles son los machistas, sienten amenazada su masculinidad con vientecillos suaves; parecen dientes de león: se creen fieras indomables, se ufanan de su salvajismo pelando los colmillos y afilándolos para desgarrar al imaginado enemigo (entiéndase cualquier persona que levante siquiera la vista, aunque fuera por accidente, para verlos directo a los ojos y opinar o hacer algo distinto a lo que ellos hubieran hecho), por inofensivo que sea. Su peor defecto es la falta de otredad.

Dientes de León: esa planta con flor de la familia de las asteráceas, su virilidad endeble, intolerantes a la frustración. Son niños eternos, lactantes de una teta demasiado grande, de leche amarga y vulgar, que les dura toda la vida.

Se sienten vigorosos con expresiones golpeadas como “pinche zorra”, “marica de mierda”, “tú no hables, pendeja”, “puto” y similares.

Qué débiles son los machistas, qué dientes de león, qué orangutanes sin remedio.

Jamás pedirán una disculpa porque ellos tienen la razón aunque no la tengan.

La construcción de su virilidad urge la violencia, sobre todo contra dos tipos de personas: mujeres y homosexuales.

Su ser hombre va de la mano de la voz alzada, el caminado enérgico y echado pa´ lante, su “aquí las cosas como yo digo”, aunque no sea su espacio, su derecho o su tiempo.

Su ser hombre no se parece nada al ser hombre de adeveras.

Qué hombres tan dientes de león los machistas, tan quebradizos a la hora de la hora, tan rabiosos y colmilludos; algo han de odiar, comenzando por su imagen frente al espejo, siguiendo con el mundo entero y terminando con la imagen más ¿lejana? del espejo: mujeres y homosexuales.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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