Todavía humanos: conversando con Roger Bartra (1)13 min de lectura

David Ramos Castro

El profesor Roger Bartra, prestigioso antropólogo y sociólogo mexicano, es autor de una prolífica obra de temas variados que van desde sus trabajos iniciales sobre la cuestión agraria en México y Venezuela hasta los más recientes sobre la antropología del cerebro. Pese a la disparidad aparente que separa sus análisis sobre la identidad cultural mexicana del mito del salvaje, o la melancolía en el Siglo de Oro español de la teoría del exocerebro, lo cierto es que no dejan de encontrarse delicados hilos de Ariadna que comunican entre sí todas sus investigaciones, las cuales han vinculado la exploración del proceso formativo de la conciencia individual con el de la creación de una identidad social compartida. Él mismo lo aclara al decir: “Yo he transitado del estudio de las llamadas identidades colectivas, en las que no creo que haya nada como una consciencia colectiva, hacia otras formas de construcción identitaria”. En esta primera entrega, de las dos partes que forman la entrevista, conversamos sobre el cerebro y el transhumanismo, en un diálogo en el que, afortunadamente, nos seguimos reconociendo como humanos, todavía.

1. Maestro Bartra, ¿qué piensa sobre el llamado transhumanismo?

Bueno, yo tengo muchos problemas para aceptar las ideas transhumanistas. Tienen un lado un tanto estrafalario; pero, por otra parte, reflejan una angustia real de los seres humanos por estar encapsulados en un recipiente biológico que está sujeto a muchas inclemencias y amenazas. Lo que estas personas plantean yo lo veo más bien como la creación de máquinas conscientes con características humanas. De momento parece una utopía, aunque hay quien cree que estamos a diez, quince o veinte años de lograr que las máquinas se conviertan en sujetos. Yo creo que eso va tardar muchos más, y eso contando con que no se extinga antes la especie. Pero cuando hablo de largo plazo, me refiero a los miles de millones de años que faltan para que se extinga el sol. Entonces sí estaremos enfrentados al problema de superar nuestro soporte biológico.

2. ¿Qué distingue a una inteligencia humana?

Refiriéndonos al ser humano, habría que usar la palabra en plural y hablar de inteligencias. Nosotros tenemos un cerebro mil usos, que es capaz de funcionar en muy diferentes contextos, posiblemente debido a que desde nuestro origen somos una especie que carece de nicho ecológico preciso, y, por lo tanto, desarrollamos una capacidad de entender diferentes entornos y de enfrentarlos emocionalmente también. Eso es lo que contrasta con la llamada inteligencia artificial, que nos supera por su velocidad, por la enorme capacidad de memoria, pero en una sola dimensión. Aunque los ingenieros estén tratando de construir máquinas con una inteligencia general, no han avanzado demasiado al respecto. El asunto de la inteligencia emocional es todavía más complicado, pues todavía no se ha encontrado una forma de producir sentimientos que no esté basada en la biología, en la carne.

3. ¿Se puede pensar en un robot que llegue a alcanzar sabiduría?

Hoy en día han logrado poner a una máquina a escribir partituras de música o poesía, pero todo eso está muy lejos de la sabiduría. Y es que, en primer lugar, no son máquinas autónomas, y una premisa para pensar en una conciencia artificial es la autonomía, la cual nos da individualidad. En una exposición de robótica en París vi varias máquinas que hacían dibujos, cuadros y retratos muy bien elaborados. Era bastante impresionante, pero en ninguno de estos casos se observa sabiduría, porque la sabiduría tiene un ingrediente emocional, sentimental, que algunos llaman intuición, y que es un rasgo que por lo pronto ninguna máquina tiene.

4. Hoy el paradigma de la neurociencia sigue el modelo de la caja negra, según el cual el cerebro produce todo desde el recinto cerrado en el que aparentemente vive. Sin embargo, su propuesta va en un sentido contrario, ya que usted indica que el sistema cerebral está incompleto y tiene que completarse por medio de un proceso externo que logre convertir las señales electroquímicas en símbolos.

Exactamente. Es la idea que hay detrás del exocerebro y de las prótesis culturales, las cuales completan lo que los circuitos neuronales son incapaces de acabar desde el punto de vista del funcionamiento de la autoconciencia; o sea, desde una conciencia consciente de estar consciente y de permanecer rodeada por un ambiente que no sólo es natural sino cultural y esencialmente artificial.

5. Sin embargo, cuando usted habla del lenguaje como prótesis cultural, entiendo que se refiere al lenguaje natural y no a lenguajes como el de la matemática, la lógica o la computación.

Así es. Siguen siendo lenguajes naturales. El hecho de que esos lenguajes estén al mismo tiempo adentro y afuera del cerebro los hace sólo parcialmente artificiales. Pero cuando intento pensar en el fenómeno de la conciencia, trato de pensar que no existe esa frontera. Es verdad que hay aspectos claramente biológicos en el cerebro y otros que no los son y que están afuera, pero no hay dos mundos, sino que ambos están completamente imbricados y es esa red continua la que me parece que define a los humanos. De todas formas, creo que hay que diferenciar un utensilio como un cuchillo, que como instrumento supone una prótesis, pero no una prótesis simbólica, de algo como el habla. El cuchillo puede volverse simbólico si en el mango se inscriben señales que indiquen quién es el propietario o cuáles son sus propiedades mágicas. Sin embargo, como tal, ese cuchillo de pedernal es fruto de una técnica rudimentaria y no es a lo que yo me refiero cuando hablo de exocerebro. Tampoco forman parte de ese exocerebro las máquinas más sofisticadas de hoy. Las prótesis simbólicas pueden ser, por ejemplo, adornos, aretes, collares o maneras de vestir, pero no son algoritmos. Son más bien fenómenos culturales que los antropólogos hemos estudiado. Queda esperar que los neurocientíficos vean qué ocurre cuando el cerebro entra en contacto con esas prótesis.

6. Yo tomo el artificio como una instancia que no supone acciones intrusivas como las que sí entraña la tecnología. En Chamanes y robots[1] me parece que usted señala esta diferencia al retomar la noción de eficacia simbólica en Lévi-Strauss. Pero por otro lado, ese artificio también hace pensar en la hibridez. Teniendo en cuenta lo que ha investigado la antropología sobre los fenómenos de posesión, ¿podríamos considerar a un individuo poseído como un ser híbrido?

Yo creo que sí, al menos a nivel de las entidades imaginarias. Justamente he trabajado sobre esto en el mito del salvaje, el cual es un ser híbrido: humano y bestial a la vez. Últimamente, estoy trabajando en una de las variantes de ese mito: la del del hombre lobo, que se extendió mucho por Europa, sobre todo en la Edad Media tardía, momento en el que empieza a ser concebido como un humano poseído por el demonio, igual que las brujas, salvo que, en su caso, casi todos eran de sexo masculino.

7. Estamos girando en nuestra plática en torno a la noción de límite.

El asunto de los límites y de lo liminal está en el corazón de la relación entre el cerebro y el exocerebro. Aunque intento superar esa frontera, no propongo romperla completamente, pues efectivamente hay un borde entre lo interno y lo externo, entre lo biológico y lo simbólico. Es una frontera porosa, mucho más porosa de lo que los neurocientíficos quieren admitir, pero sigue siendo una frontera. Si esa frontera desapareciese, entonces probablemente entraríamos en una situación de indefinición e incapacidad para entender las diferencias entre las sustancias químicas, los flujos eléctricos del cerebro y los símbolos propios de la cultura. Aunque en la imaginaria conciencia de una máquina devenida sujeto ya todo sería artificial, la conciencia seguiría implicando esa conexión hacia afuera, hacia un exocerebro, no mecánico sino simbólico. De todas formas, nos debe inquietar si logramos crear un día conciencias artificiales, pues entonces estaríamos en un mundo en el que las máquinas tendrían marca de fábrica. Unas serían mejores que otras y se plantearían como razas. Ello daría pie a una fundamentación técnica del racismo. ¡Una cosa espantosa!

8. Según el antropólogo Víctor Turner, en las situaciones liminales también se expresa una posible crisis social. Esa atmósfera de conflicto parece rodearnos hoy y podemos percibirla en situaciones concretas como la que lleva a un joven a enfrentarse a su propio reflejo en redes sociales. ¿Qué piensa usted al respecto, maestro?

A mí me lo que más me ha interesado en autores como Turner o en el alemán Hans Peter Duerr es el fenómeno de la invención del otro, que corre pareja a la invención del yo y que, como bien dices, tiene que ver hoy con esa identidad individual que trata de crear la gente joven, y no tan joven, en las redes sociales, mientras lucha por tener una individualidad en un espacio que tiende a devorarla. En las redes sociales, el yo queda disuelto, lo cual genera una gran angustia. Todo esto forma parte de esos mismos procesos que yo estudié al hablar de los salvajes y, antes, de las redes imaginarias del poder político, en donde asistimos a la invención del otro, del enemigo. Las redes sociales pueden ser un verdadero abismo para mucha gente.

9. En el presente, hablamos de un capitalismo cognitivo especialmente interesado en lo que podríamos denominar neurotecnologías, y que está controlado por unas pocas empresas trasnacionales que lo acaparan todo y que crean una enorme desigualdad.

Desde luego. Aquí ya entramos en un problema político muy complicado. Hemos llegado a un punto, tras la caída del Muro de Berlín, primero, y de los acontecimientos del 2001, después, en el que no parece haber alternativas al capitalismo. Lo que ha sobrevivido de la perspectiva de la izquierda, que es la mía, es la socialdemocracia, y lo ha hecho quedando muy mal parada. El capitalismo es un sistema intrínsecamente generador de desigualdad y de explotación. Ése es un problema que hay que enfrentar desde otra perspectiva. Hay que pensar, creo, de qué forma evoluciona el capitalismo, teniendo en cuenta que el del siglo XIX era muy diferente al actual. Ahí es donde entra el enfrentamiento entre reformistas y revolucionarios. El problema de las revoluciones es que, en muchos casos, trajeron consecuencias todavía peores. De cualquier forma, no es el fin de la historia, como quería Fukuyama, porque el capitalismo va evolucionando y bastante más rápido de lo que se pensaba. Pero aunque sea capaz de eliminar grandes sectores de extrema miseria y rebajar la pobreza, no parece de ninguna manera que esté generando condiciones de igualdad. Al contrario, la desigualdad crece.

10. El neoliberalismo insiste en que el ser humano ha quedado desadaptado de su entorno y que es necesario sacrificar lo que sea para volverlo adaptable[2]. En esa adaptación forzada, grupos humanos están siendo trágicamente condenados a la desaparición. Sobre eso ha escrito recientemente la periodista mexicana y doctora en Filosofía, Liliana David Parra, al referirse a los pueblos mazahua y otomí en Michoacán[3]. ¿Qué pasa con todas esas comunidades que quedan relegadas por la ideología tecnocientífica y son deportadas a las orillas del olvido?

Es una situación muy complicada, porque efectivamente hay un proceso de extinción de culturas y sociedades marginales bastante rápido. Así como se extinguen todos lo días muchas lenguas, se extinguen sociedades que van siendo absorbidas, pero no adaptadas. Sin embargo, los márgenes se mantienen. De alguna manera, es propio de este capitalismo global el generar márgenes. Y siempre hay que pensar un poco, como decía Stephen Jay Gould, que las innovaciones evolutivas ocurren siempre en los márgenes, justamente donde hay menos presión. De todas formas, los seres humanos somos seres esencialmente desadaptados. Como ya dije, carecemos de nicho. Así, esa desadaptación es un poco nuestra naturaleza.

11. Pero en este nuevo capitalismo de la adaptabilidad constante, que es también, a mi juicio, el de los transhumanistas, las consignas ordenan la huida hacia adelante y prohíben mirar atrás. Esto es algo que supone un empobrecimiento cultural enorme.

Completamente. Son propuestas que parecen muy escandalosas y audaces, pero realmente son de una gran pobreza. En mi libro cito a Mark O’Connell, un autor que se puso a hacer toda una etnografía sobre este mundo de transhumanistas. Es un libro formidable sobre una tribu muy peculiar[4]. Yo los veo, con ojos de antropólogo, como una tribu extraña. No me inquietan demasiado, aunque el surgimiento de sectas de nuevo tipo es algo que me ha interesado mucho desde que escribí mi libro sobre las redes imaginarias y me referí a “la franja lunática”. Los transhumanistas pertenecen a esa franja, pero con muchos recursos.

12. Precisamente en esa exploración, usted comenta que “convertirnos en cíborgs supone un proceso ritual”. No obstante, a partir de mis propias observaciones, propongo diferenciar los rituales de los protocolos. En este tiempo pandémico, los rituales retroceden o se empobrecen, mientras que los protocolos avanzan[5]. No sé si usted estará de acuerdo con esta distinción.

Creo que es una buena idea. Efectivamente, los rituales necesitan ir acompañados de mito. Si no, tienden a disolverse. Y si además sucede en situaciones como la de una pandemia, los protocolos los sustituyen. Yo no sé si van a acabar convirtiéndose en nuevos rituales, con sus propios mitos, pues hay muchas características rituales en los protocolos actuales (las mascarillas, la distancia, la relación con los hospitales o con los médicos), pero esa separación entre ritual y protocolo que propones me parece una buena idea que vale la pena explorar.


[1] Bartra, R. (2019). Chamanes y robots. Anagrama. Es uno de los últimos libros publicados del autor.

[2] Esta tesis es desarrollada por Stiegler, B. (2019). Il faut s’adapter. Gallimard.

[3] David Parra, L. (2021). Mazahua y otomí: la desaparición de dos mundos. CTXT. https://ctxt.es/es/20210801/Politica/36770/Liliana-David-Michoacan-Mazahua-otomi-Mexico-identidad.htm

[4] O ‘Connell, M. (2019). Cómo ser una máquina: aventuras entre cíborgs, utopistas, hackers y futuristas intentando resolver el pequeño problema de la muerte. Capitán Swing.

[5] Ramos Castro, D. (2020). El desafío ritual en tiempos de pandemia. El-artefacto. http://elartefacto.net/el-desafio-ritual-en-tiempos-de-pandemia/

Las opiniones expresadas en esta entrega de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el artefacto.

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