Trufas para el comisario7 min de lectura

Gerardo Pérez Escutia

La trufa es tal vez el hongo más cotizado en la cocina gourmet clásica; es un hongo subterráneo que se produce principalmente en España, Italia y Francia y es famoso además de por su sabor exquisito, por su “peculiar” forma de recolección. Son hongos que se desarrollan bajo tierra, a una profundidad aproximada de 20 a 30 cm de la superficie, muy cerca de las raíces de castaños y nogales. Desde la antigüedad se ha utilizado a cerdos y perros especialmente entrenados para su localización y recolección. Hay pueblos de ciertas regiones de estos países que viven de la recolección y venta de este manjar que alcanza precios exorbitantes en los restaurantes de lujo de todo el mundo.

El libro del que voy a hablar el día de hoy tiene mucho que ver con las trufas. A su manera ha sido un manjar difícil de encontrar, al principio de su lectura también su sabor ha sido, digamos, extraño, pero una vez que uno encuentra el tono, se acostumbran las “papilas” a su sabor y se entra en su textura, es un verdadero manjar, un festín literario de esos que se leen y provocan todos los sentidos, un libro del que a pesar de su truculenta trama uno termina de leerlo con una sonrisa en la boca.

El libro es Trufas para el comisario (Siruela Policiaca, Oct 2019, ISBN: 978-84-17996-23-9) de Pierre Magnan (1922 Manosque, 2012, Voiron Francia).

Pierre Magnan fue un escritor francés de novela negra, con una vasta obra en Francia, pero prácticamente desconocido en los países hispano parlantes, tan es así que este libro es el único traducido al español y esto, 4 décadas después de su publicación en Francia (1978), para mi ha sido un verdadero descubrimiento por su estilo desenfadado, erudito y a la vez juguetón con el que aborda la trama.

La historia que cuenta la novela se desarrolla en un pequeño pueblo de la alta Provenza francesa llamado Banon, un pueblo en el que la mayoría de sus habitantes se dedican a la cría de cabras, a la recolección y venta de trufas. Un pueblo pequeño y aislado en donde todos los habitantes se conocen y que nada o casi nada interrumpe su bucólica placidez; en donde las infidelidades, los odios larvados y las supersticiones ancestrales son la comidilla diaria que fluye entre las fechas de las fiestas del pueblo o de la temporada de recolección y venta de trufas. En este reducto de tranquilidad y placidez de repente aparecen un montón de cadáveres degollados y desangrados “como cerdos“, casi todos ellos provenientes de una comuna hippie asentada en las cercanías del pueblo (no olvidemos que estamos en los setentas) y aquí es en donde entra nuestro personaje principal: el comisario Laviolette, quien es el encargado de la investigación de estos asesinatos bizarros.

Laviolette hombre en la mediana edad, dueño de una visión escéptica e irónica de la vida, se toma las cosas con calma, desenfado, y a pesar de la truculencia de los crímenes se dispone a pasar en el pueblo el tiempo que sea necesario congeniando e intimando con sus habitantes hasta dar con él o los asesinos. En este punto es donde se despliega la trama y una galería muy interesante de personajes, entre los que destaca por derecho propio “Roseline”, una cerda de 180 kilos de peso, experta en detectar y desenterrar trufas para su dueño y quien tendrá un papel determinante en la historia.

Alyre Morelon, experto trufero y dueño de Roseline, es otro personaje peculiar del pueblo, un “cornudo resignado”, vive para satisfacer los caprichos de su esposa Francine quien muestra un desmesurado gusto por las joyas y los placeres carnales.

A estos personajes se suman “Rosemunde”, dueña del hostal y del restaurante, centro de reunión del pueblo, que ademas, es objeto de las fantasías de los lugareños y un grupo de 6 o 7 truferos más que en conjunto conforman un divertido e interesante grupo de personajes que despliegan toda la serie de matices de carácter que singularizan esta región rural de Francia.

La investigación se centra en los miembros de la comuna, algunos visitantes y por supuesto en los habitantes del pueblo. Es en el desarrollo de la historia donde la maestría narrativa del autor se aprecia en toda su magnitud al construir una investigación deductiva de la mano del comisario Laviolette con los recursos disponibles de la época (no olvidemos que el libro es de 1978), donde no había ordenadores, ni celulares, ni análisis de DNA, la investigación se conduce en base a pruebas forenses clásicas, interrogatorios, y una gran capacidad deductiva del comisario quien se integra a la cotidianidad del pueblo ganando la confianza de los lugareños.

En este libro, como novela negra que es, se parte de un crimen, se desarrolla una investigación y hay un final en que se resuelve el caso, pero todo esto es solo el medio mediante el cual el autor nos presenta una historia de tintes costumbristas de la Alta Provenza. Nos habla de su historia, de sus mitos, de sus supersticiones, odios y rencores que subyacen en cualquier comunidad pequeña y aislada; nos hace entender el valor cultural como comercial de la recolección y comercio de trufas, todo ello con un lenguaje culto repleto de localismos y términos antiguos (cuesta acostumbrarse pero al final se disfruta mucho), nunca es cansado ya que esta repleto de situaciones muy divertidas que despliegan a través de sus protagonistas, una visión picara y maliciosa de la cotidianidad del pueblo.

Algo que me llamó la atención es el desenfado con el que el autor construye sus personajes y la trama. Se nota que el autor no sufrió el acoso de lo “políticamente correcto” o de los inquisidores(as) del feminismo militante, ni del lenguaje incluyente, ya que en la trama desarrolla situaciones y comentarios que hoy lo condenarían a la hoguera del ostracismo, colgándole algunos sanbenitos de misoginia y discriminación. Afortunadamente, el autor no tuvo que cuidarse de todo esto y escribió un libro que despliega libertad, erudición e ironía a raudales.

El libro en momentos me recordó mucho a Fred Vargas, por esa obsesión por el pasado y por la Francia medieval, ademas del carácter de su personaje principal, al ser una obra anterior a lo escrito por Vargas, estoy seguro que ella tiene influencias de este autor, lo cual no es un pecado, pues como decía Borges “Escribir es plagiar, a conciencia o sin proponerselo”.

Les recomiendo ampliamente la lectura de este libro, pasarán momentos muy divertidos y podrán disfrutar -con nostalgia- de una época que a pesar de no ser tan lejana era más ingenua, menos complicada y mucho mas sensual.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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