Un día del año, hace mucho daño4 min de lectura

Ismael García Marcelino

Si hay un día dedicado al amor y a la amistad y la celebración no se entiende, debe de ser porque no hay nada que entender; tiene que ser, seguramente, porque no es más que un juego donde los que aman pierden y los que no aman pierden también; un juego donde los que apuestan son los que compran, mientras los que venden ganan siempre. En esa circunstancia de desdén justificado con discursos de atención se encuentran otros objetos de la celebración insulsa como las madres, los niños, los estudiantes, las mujeres, las personas mayores, más las nuevas víctimas de aquello que esté por ocurrírsele a quienes suelen dedicarse a dinamizar la vida para el consumo y viven a las órdenes de las empresas y las instituciones.

De esa manera, si se dedica un día del año para “festejar” a las lenguas maternas, es decir a las más de sesenta lenguas originarias que sobreviven en México (a pesar del carácter oficial que tiene el castellano y a pesar de la categoría de indispensable que frente al castellano tiene el inglés, porque “es una lengua que se ha vuelto indispensable” para el desarrollo de la sociedad), es decir a las lenguas indígenas como la mazahua, ñhäñhu, náhuatl o p’urhepecha que se hablan en Michoacán, es porque según estas instituciones, lo que se merecen no es una dinámica de existencia en igualdad de condiciones de uso en espacios oficiales, públicos y domésticos; lo que se merecen, como mucho, es que la gente piense en ellas un día del año.

Son una forma de la violencia xenofóbica que lejos de parecer lo que realmente es, parece un lindo gesto que la mayoría aplaude sin chistar. Si se dijera que son falaces los discursos en torno al trabajo de Iris Calderón Téllez, esta joven historiadora que realizó un trabajo colosal al traducir al p’urhepecha diez cuentos de Hans Christian Andersen, pero que en la presentación de su libro quien se apropió de los aplausos fue la retahíla de funcionarios que, sin miramientos, desfiló frente a los reflectores para cobijarse institucionalmente en el esfuerzo de la joven traductora, las críticas y los ataques no se harían esperar, porque habría de suponerse que decir eso es estar en contra de que las lenguas indígenas se desarrollen y se desenvuelvan en el mundo indígena de la literatura.

Con esta tendencia a rescatar, dicen, a defender, dicen, y a revalorar las lenguas originarias, dicen, lo que hacen es decir muy bien, pero no más.

En la práctica, las políticas públicas no están diseñadas para que las instituciones se ocupen de señalizar los espacios públicos atendiendo a los usuarios que hablan alguna lengua indígena o se comunican en lenguaje de señas; nada funciona en lengua indígena para atender en los bancos y en lugares públicos a quienes lo necesiten y son los indígenas quienes han tenido que irse adaptando a las condiciones que las sociedades civilizadas, se dicen, van instalando en esta novedosísima forma de progreso.

Así las cosas, si no hay mucho que entender de un día para el amor y la amistad, el vacío es más o menos el mismo para el tema de las lenguas indígenas que, como muchas otras celebraciones, sirve para tomarse el día, justificar un ‘puente’ el fin de semana y descansar más de un día o, como ocurrió en la presentación del libro de traducciones al p’urhepecha de los cuentos de Andersen, para restregarle a la sociedad “lo mucho que se hace por las lenguas indígenas” en este país y resaltar la personalidad de quienes pretenden raja política. Estaremos atentos porque ya viene el 21 de febrero, el Día Internacional de la Lengua Materna, que, para ser más precisos a pesar de todo, debería llamarse “de las lenguas indígenas”, pues no sólo las lenguas indígenas son lenguas maternas.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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