Un librero llamado Héctor Yánover5 min de lectura

Caliche Caroma

En los primeros nueve segundos del audiolibro Cortázar por él mismo, dice el autor de Rayuela que tiene que apurarse en su lectura porque si no se enojará Héctor Yánover, pero ¿quién diablos es Héctor Yánover? Ante todo, un librero establecido, y un escritor, al mismo tiempo un lector, un conductor de un programa de televisión sobre libros, un buen amigo de escritores, también, y por qué no, un soñador, una pluma ágil que escribe sobre y entre libros (palimpséstico): «El librero es la librería. El librero es el libro». Todo lo anterior y más es Héctor Yánover, sigue siendo, claro que lo es (murió el 8 de octubre de 2003). Fue Yánover, el hombre-libro, quien incitó a Cortázar (y a muchos más escritores bajo el sello discográfico AMB) para grabar este disco que hoy nos trae esas erres que ronronean como gato: «Gato sin botas y sin sombrero, / de ti, gato que quiero, ¿qué será?», sí, éste es un fragmento de un poema de Yánover.

Memorias de un librero (escritas por él mismo) es el título del libro que escribió, su nombre por enésima vez en menos de dos párrafos, Héctor Yánover (él mismo) y que se publicó el 20 de julio de 1994. En esta obra, editada por Anaya & Mario Muchnik, da santo y seña de las peripecias por la que pasó en su vida de librero, pero no sólo esto, que ya es bastante, también poetiza (escribió otros libros de poesía, novela, etcéteras de papel), reflexiona sobre el acto de escribir y editar esos dispositivos llamados libros, nos regala unos aforismos tremendos (buenazos) como éste: «Con un bolígrafo y una hoja de papel ya no estoy solo».

Yánover comenzó como empleado de una librería, pasó a encargado, luego tuvo su propia librería, la vendió y compró otra, y no porque le fuera muy bien, de hecho, no le iba muy bien, pero él era perseverante, necio, obstinado, disfrutaba su existencia entre los libros. Tenía una memoria prodigiosa para recordar títulos, autores, editoriales, primeras ediciones, en fin, un bibliófilo y un bibliómano al servicio del despistado, el olvidadizo y el desmemoriado. Narra algunos momentos estelares de la mala memoria de los clientes de su librería, de su libro esta joya: «—¿Tienen Crimen y castigo de Doctor Jekyll?».

¿Cómo entender la vida de este argentino nacido en Alta Gracia el 3 de diciembre de 1929 sin los libros? No se puede, va junto con pegado. Su librería la llamó Norte (aún existe y hasta hace poco todavía era atendida por su hija Débora), a ella acudían los náufragos del conocimiento para que él les diera un norte. Y sobre estos lugares atascados de libros escribió lo siguiente: «Una librería es otro intento de poner la complejidad del cosmos en lenguaje coherente». Su programa de televisión (del que hay una decena de capítulos en YouTube, subidos por Miguel Yánover, su hijo que vive en París y se dedica a la música) lleva por nombre La librería en su casa. Habla de libros, ¿de qué más va a hablar el libro-hombre? Libros, libros, libros…

Citar a Yánover que, a su vez, no para de citar durante las 272 páginas de su libro, es un crimen ejemplar (ojo, Max Aub), y es que, si hubiera más tiempo y más espacio, más vida, pondría el libro entero aquí mismo, pero no se puede, porque la vida es un “no se puede” constante. He aquí la crónica de una cita anunciada: «El librero es el ser más consciente de la futilidad del libro, de su importancia. Por eso es un hombre escindido; el libro es una mercancía. Se compra y se vende a sí mismo».

Fue amigo de un montón de escritores (Sábato, Gabo, Borges, Girondo…), intelectuales (que no son lo mismo que los escritores), boxeadores (que no son lo mismo que los escritores, pero se les parecen), locos (estos sí son todos escritores), farderos (la parte sobre el robo de libros es exquisita e inquisitorial), pero de todas sus amistades, rescataré las palabras que le dedicó a una gran poeta, de ella escribe sobre su funeral: «Alejandra Pizarnik, que no terminaba de saber quién era y cuyo féretro en la Sociedad Argentina de Escritores me pareció tan pequeño, tan desamparado». Justo de aquí mismo, páginas de esquelas, una última cita (esto ya parece casa de citas), se muere, pues, este balbuceo hecho de puros préstamos yanoverianos: «Cortázar, que al abrazarme junto a un taxi se despidió diciendo: “En marzo nos vemos más largo”, y falleció en febrero».

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