Una de pintores: ¡Toma tu Picasso!1 min de lectura

Rafa Flores

Una mañana soleada, Pablo Picasso descansaba en una playa del Mediterráneo, quizá Antibes o Saint-Tropez, donde le gustaba vacacionar. Retozaba en la arena con su esposa en turno, no se cuál de las siete; sus pequeños hijos jugaban en la orilla del mar.

Entonces pasó por ahí un turista gringo y reconoció al pintor. No quiso perder la oportunidad de acercarse a una celebridad, consiguió una hoja de papel y lo abordó para pedirle un autógrafo. Picasso se portó generoso: le dibujó un personaje, de esos que hacía con una sola línea graciosa y juguetona; una pequeña obra maestra, pues.

El turista se fue lleno de gozo con su regalo. Unos metros adelante se dio cuenta de que el dibujo no estaba firmado. Detuvo sus pasos. Seguramente pensó: ¿cómo presumirlo si no tenía firma?, o más aún, ya en plan codicioso: ¿cómo venderlo algún día? Aquel dibujo podría costar muuucho dinero. Se debatió unos minutos pensando qué hacer. Finalmente, con todo y pena, regresó a donde estaba el pintor.


—Maestro —le dijo con timidez— ¿podría firmarme el dibujo?


El pintor lo miró fijamente (cualquiera que haya visto una foto de Picasso sabe que su mirada era fuego vivo), tomó la hoja de papel y sin quitarle la vista de encima la rompió en cien cachitos, los puso en la mano del turista y le dijo:


—Aquí tienes tu Picasso.

Fotógrafa Dora MAAR (1907-1997)

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