Una necesidad3 min de lectura

Víctor Ruiz

Hace poco me lamentaba con una persona sobre la mala semana que había tenido. En Lado A no se vendieron discos y el interés que percibí fue el mínimo. Mi oyente me prestó la atención necesaria y sin pensarlo tanto me dio una respuesta que me dejó frío y sin argumentos: “Pues es que los discos y la música no son una necesidad básica”.

Quedé frito ante indestructible razonamiento. Necesidad. La palabra me hizo ruido varios días, trataba de entender qué implicaba tener algo y por qué o para qué lo ocupábamos en nuestras vidas. Era la dinámica misma de la cotidianidad la que decidía nuestras necesidades o nosotros las imponíamos como simple costumbre.

Como suerte del destino, por esos días fui a dar con un libro de Eric Spitznagel: En busca de los discos perdidos. No es un ensayo, cuento, novela, poesía… nada. Es más bien un autogrito desesperado de alguien que ha atravesado los 40 años de edad y una crisis existencial lo ha puesto a tambalear en la delgada línea de la estabilidad.

Eric Spitznagel trabaja como periodista freelance y se desenvuelve en la fuente de cultura. En una de sus tantas entrevistas, conoce a un músico con quien repentinamente comienza a hablar del coleccionismo de elepés. Eric le confiesa que hace algunos ayeres vendió toda su colección de discos, en primera porque se encontraba en una aguda crisis económica, y en segunda porque creía que ya no los necesitaba. El músico lo miró con pena ajena.

Aquel diálogo fue una especie de revelación para el periodista. Un día, sin mayor explicación, decidió que iría en busca de sus discos. Sí, sus discos. No reediciones, no vinilos que se le parezcan ni copias mejoradas. La cacería implicaba recuperar aquellos elepés tal como los había vendido, con los mismos rayones, el mismo olor y todas las deformaciones que solo él sería capaz de detectar.

La asfixiante búsqueda lo hizo recorrer kilómetros de carretera, perderse en festivales de música, nadar en cajas y cajas de viejos discos, pagar precios inverosímiles por piezas que normalmente nadie miraría y al mismo tiempo, debía ocuparse de no perder su trabajo y su matrimonio.

El periplo estuvo acompañado evidentemente de mucha música: The Replacements, Pixies, The Clash, The Pretenders, Talking Heads, Bon Jovi, Rolling Stones y un montón de recuerdos que lo llevaron a encontrarse con gente que pensó que nunca más volvería a ver en su vida.

Más allá de los elepés que encontró o descartó en su andar, a Eric Spitznagel le nacieron nuevas experiencias y hasta otros gustos musicales. Era como si hubiera tomado su segundo aire y estuviera listo para perderse en el abismo que implica la música.

Me gusta pensar que la cacería de Eric no era por los elepés, sino para hallarse consigo mismo de nuevo. Y es verdad. La música y los discos no pueden ser una necesidad básica como lo son los alimentos, pero por lo menos siguen siendo la ruta, el camino que nos ayuda a marcar el tempo que queremos en nuestras vidas.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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