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Livier Fernández Topete

Navegar es acaso la forma más antigua de transporte, ya fuera para traslado de personas (mercaderes o guerreros) o para tránsito de víveres, herramientas o mercancías. Desde los egipcios surcando el Nilo, a los fenicios, los griegos y los romanos alrededor del Mediterráneo, hasta los navegantes de todos los tiempos y culturas, se fueron construyendo embarcaciones cada vez más sofisticadas. Quizá los troncos fueron las formas más burdas de desplazamiento sobre el mar, con el ejemplo accidental de estos, luego vinieron las diversas y cada vez más evolucionadas naves: de balsas rústicas a naos a carabelas a galeras a galeones a navíos a goletas a corbetas a fragatas a clípers a barcos.

La necesidad humana de bogar para obtener alimentos o conquistar nuevas tierras, es algo prehistórico, huella en la memoria de la especie.

¿Por qué nos apasiona el mar? Tal vez el contacto con el agua es un recordatorio del flujo caótico de nuestras emociones. El piélago como la plataforma de despegue primigenia, como la fuente primordial que mueve pero que termina siendo prohibida cuando se tiene sed. El océano como el móvil de/para el deseo y también como lo temible. La fluctuación marina como marca feroz de la naturaleza. La mar encarnación de lo sublime kantiano. La mar como la madre salada que mece o devora.

Saberse en altamar es ponerse en contacto con el hombre primitivo, con la curiosidad, el menester, la inteligencia y la arrogancia propias de lo humano.

Flotar es el descanso alejado de la costa, la ingravidez de las preocupaciones y las opresiones, es poner en marcha la condición volátil del ser que deviene angustia porque la realidad es densa o al menos nuestra percepción sobre ésta lo es; lo consistente nos regresa al elemento tierra, el sedentarismo de la civilización nos condena a la gravedad ejercida cuando pisamos arena y también a los efectos de la pesadez.

Embarcarse es transmutar en pirata, volver a la dulzura de las sales, retornar a la belleza y al estremecimiento provocados por Anfítrite.

El firme nos conforma entre sus paredes de polvo, la tierra aprisiona al hombre de arcilla; la mar nos desborda con su energía de hembra salvaje, nos devuelve al peligro de estar vivos, nos acerca a la libertad y a la ligereza de seres itinerantes.

El último viaje del Temerario de Joseph Mallord William Turner

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el artefacto.

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