Autobiografía del algodón12 min de lectura

Mariano Paul

Todo lo que nos ha antecedido nos marca.
Toda marca de apariencia personal tiene una genealogía
que pertenece a grupos enteros.
Esta es la historia de mis abuelos, abriéndose paso
entre matorrales y huizaches, lodo, culebrillas. Tiempo.
La historia de cómo, aun antes de nacer, el algodón me formó.

Retrovisor

Qué hermoso era el algodón…
Como una nube que hubiera decidido
guarecerse entre nosotros.

Dos movimientos, dos deseos. Mientras el automóvil se interna por las carreteras de Coahuila hacia el pueblo de Anáhuac, Nuevo León, un caballo y un hombre con las piernas entumidas apuran el paso. ¡Ha estallado la huelga! Un hombre y un caballo de otro tiempo.

El hombre se llama José Revueltas y ha salido desde la ciudad de México para encontrarse con los campesinos del algodón del Norte. Un José Revueltas de apenas 19 años que ya ha pisado las cárceles del régimen y que unos días después de ese 16 de Marzo de 1934 volverá a la sombra en Monterrey, en Saltillo, Ciudad Victoria, Salinas, y nuevamente a las Islas Marías hasta recibir el indulto del presidente Cárdenas.

El viento loco del norte que a su paso fue poblando lugares que antes eran sólo estaciones de tren. El viento loco del norte que llevó al inquieto José Revueltas al inhóspito desierto en busca de un sueño, de un asombro. El viento loco del norte que empuja a Cristina Rivera Garza y a Claudia Sorais Castañeda hacia las carreteras de Coahuila y Nuevo León, buscando algo incierto, en plena “guerra contra el narco”, cuando los antiguos mantos acuíferos que regaron los florecientes cultivos del algodón se han llenado de huesos y cráneos. En México, donde las mujeres siempre corren peligro.

Fue en el año de 1932 cuando despegó el cultivo del algodón en la Estación Camarón, en los terrenos del sistema de riego N.4. Y con él la misma historia de explotación y saqueo a las clases trabajadoras que dio gas a la máquina de la novela de la Revolución Mexicana. La así denominada huelga Ferrara, por Américo Ferrara, el cacique que comenzó a infiltrar el hartazgo y la desesperación entra las filas de los huelguistas y presionó al gobierno para mandar a prisión a los agitadores que, como Revueltas, se dedicaban a escuchar a los campesinos, y luego a producir panfletos que se repartían por las tardes.

Después de todo, esta es la planta sobre la cual se asientan, según Sven Beckert, los fundamentos mismos de la acumulación originaria que, con base en el despojo y la explotación de cuerpos esclavos, o de tierras desmontadas, se convirtió en el sistema económico del mundo actual.

En el seno de esta historia posrevolucionaria tiene lugar algo más íntimo: la historia familiar de Cristina Rivera Garza. Es la historia de José María Rivera Doñez y Petra Peña, quienes con paciencia y una firmeza parecida a la de esa planta que florece en la hostilidad del desierto, han hecho el viaje desde Zaragoza a la Estación Camarón, motivados por la promesa de un pedazo de tierra, y con el pasar de los días y los sudores han levantado un techo, cultivado plantas y hasta criado gallinas y vacas.

La agricultura es una manera muy lenta. Los recién llegados… no llegan ni a jacal… Para ellos están los tejabanes de varas armadas directamente debajo de una fronda de mezquite. O de plano así, al aire libre. Tienen que dejar pasar algo de tiempo para hacerse de sus cosas. Una cosecha o dos...

Lo que Revueltas vio esa tarde del 16 de marzo de 1934 seguramente le dejó una honda impresión, pues luego se transformaría en la novela El luto humano. Había quedado asombrado hasta la risa y el silencio por el talante recio y decidido de esas familias nómadas que conocían el secreto del camino, y le habían ganado una partida al desierto. Pero también presenció el límite de la miseria que hacía funcionar el incipiente sistema capitalista a base de explotación y saqueo. La retórica revolucionaria ya era sólo polvo.

A las condiciones adversas de la tierra, la avaricia de los banqueros, el gobierno y los colonos, le siguió una inundación que acabó con todo y lanzó a los sobrevivientes nuevamente al camino. Entre ellos se encontraban los abuelos paternos de Cristina.

En la mítica caravana de 20 guayines que salió de Anáhuac, Nuevo León, a finales de noviembre para fundar un 10 de diciembre de 1937 la colonia agrícola Anáhuac, Tamaulipas… iban José María Rivera Doñez y Petra Peña Martínez, mis abuelos… llevaban también a Antonio Rivera Peña, el niño de casi dos años que, años después, se convertiría en mi padre.

La otra historia que Cristina Rivera Garza nos narra es la de sus abuelos maternos Cristino Garza Peña y Emilia Bermea Arizpe. Expulsados de Texas en 1929 por las leyes migratorias del presidente Hoover regresan a México donde permanecen 3 años viviendo al descampado hasta finalmente asentarse en el Ejido urbano de la Rosa entre Valle Hermoso y Anáhuac en el estado de Tamaulipas.

Gracias a los planes del Ingeniero Eduardo Chávez de conducir las aguas del Río Bravo para el riego y al interés del gobierno cardenista se hacen de una tierra propia y con el trabajo decidido logran convertirse en una zona agrícola del algodón altamente productiva, llegando a enviar hasta 12 millones de pesos a los Estados Unidos y contribuir con 2 millones y medio al gobierno federal.

Esta bonanza dura poco. Al desgaste de la tierra producto de los monocultivos, la ambición del gobierno que privilegió la producción a corto plazo, las deudas de una familia compuesta de mujeres, se sumaron la atroz plaga del picudo del algodón y las nuevas políticas del presidente Adolfo Ruiz Cortines orientadas a la urbanización y la industrialización.

La tocó con sus manos desde el más allá. Terrones secos. Sin pensarlo siquiera, se los metió a la boca. Sabían amargos. Sabían a rancio. Sabían a vida que ya no está.

Capullos de algodón, Risografía RISO ME 945U

Pies para caminar

¿Cómo surge un pueblo?
¿De qué manera se transforman los merodeos
por el lugar en el lugar?
¿Cuáles son las medidas que toma un pedazo de tierra
para que todos regresen?

Según Isidoro de Sevilla en el tomo II, libro VIII de sus etimologías, la palabra esperanza se llama así porque viene a ser como el pie para caminar (spes). Lo contrario es la desesperación, porque ahí donde no hay pies se acaba el camino.

Rivera Garza no está haciendo sólo historia, ni sólo una denuncia de la depredación gubernamental y empresarial de la vida del campo y su abandono posterior a la firma del TLC, tampoco está buscando la gloria perdida de un antiguo linaje. Ha creado un territorio para que esas huellas habitadas resuenen y se hundan firmemente en nuestro presente.

Las condiciones del caminante. Desesperanza. Esperanza. Prosperidad. Tres palabras unidas por un mismo eco poblado de pasos. Tres palabras cargadas de las inequidades pasadas y presentes. ¿Quiénes son expulsados al camino? ¿Quiénes pueden asentarse a fermentar sus humores y el orgullo de los que prosperan?

No es difícil imaginar esta historia común. No es difícil imaginar que esa fue la suerte de nuestros antepasados en busca de algo propio dentro de una sociedad jerárquica y con nula movilidad social.

Tal vez nómada es sólo otra forma de la desesperación. Esos seres que caminan a pesar de no tener pies.

La escritura

Llanos esteparios del Noreste. Desierto de mi desolación.
¿Para qué se lleva al cuerpo propio hacia la negación
de la negación del espacio? Para que el cuerpo lo atestigüe:
aquí hubo un campo de algodón. Aquí, una ciudad.
Esto es el tiempo. Para que el cuerpo lo atestigüe:
aquí hubo una huelga que fue un júbilo.

Fiel al estilo documental y autobiográfico, como escritura comunitaria que une vida y obra, Autobiografía del algodón contiene la fascinación que ejercen las huellas en la autora. Una ausencia cargada de voces y ecos que la escritura de Rivera Garza ha sabido escuchar y amplificar. En este caso las marcas sobre la tierra, documentos históricos y conversaciones familiares.

Para Cristina Rivera Garza escribir es una forma de la humildad. Es reconocer que nos desgranamos en el tiempo y finalmente algo queda: las huellas habitadas. Escribir es la voz del rastro. Pero sobre todo escribir es dar cuenta del lugar en el mundo y las huellas que se pierden en todas las direcciones para que nosotros estemos aquí ahora. Por un tiempo.

Autobiografía del algodón rebasa los linderos de la autobiografía para convertirse en una arqueología de las formas de vida de la frontera noreste del país: las sucesivas migraciones de los desposeídos, las condiciones hostiles del desierto y los progresos humanos para poblar la tierra. En esa historia cabe el deseo ardiente por rastrear el origen y los pasos errantes de sus antepasados.

Un libro que une documentación histórica y sociológica, reflexiones filosóficas sobre la condición humana, la comunidad y la escritura en los tiempos de precariedad y violencia neoliberal. Ademas de la escritura documental y filosófica podemos encontrar cuadros costumbristas y dosis de realismo mágico que trazan una experiencia humana de resistencia y esfuerzo de quienes han puesto sus manos para la edificación del mundo moderno. Un llamado al agradecimiento y la empatía con esas vidas que nos antecedieron, y se aferraron a cargar sus sueños sobre sus espaldas a pesar de la incertidumbre y las injusticias.

La materia no conoce la soledad

Vivir es un continuo estado de alerta acerca de los lazos
que se tienden de ser humano a ser humano,
y los lazos que van de ser humano al ser animal,
al ser planta, al ser piedra.

Cuando José Revueltas tenía sólo 12 o 13 años se interesó por la obra del francés Camilo Flammarion La pluralidad de los mundos habitados. Un interés que no lo abandonaría hasta el final de sus días. Revueltas quería escribir una historia de la materia que expulsara todo idealismo y mostrar así nuestra fatal conexión con todo lo que nos rodea.

Pensaba que el sudor, ese residuo salado de nuestras transpiraciones capilares, era la huella de la primera casa de la materia: el mar. De ahí que por tener un cuerpo nuestra condición sea la de pertenecer y habitar.

Pertenecer es la condición de todo ser vivo.

Pertenecer a la tierra. Ser uno con la tierra. Puesto que tengo un cuerpo, tengo un sitio, ocupo un espacio. Habitar es seguir a la materia en su camino de encuentros y expansiones. Tomar nuestro vestido de tierra, féretros que tenemos pasos, y comprometernos ligándonos al mundo.

Revueltas también se preguntaba si la historia humana fuera vista desde un punto lejano podría ser contada de otra manera. Vista desde Urano la historia humana era algo todavía más insignificante. Una mirada planetaria como quería Revueltas, nos llevaría a replantear el lugar del hombre en el universo. Una minúscula parte de la historia del universo y la materia.

La materia no conoce la soledad.

El mismo cuerpo humano es un eslabón, una extensión de órganos ensamblados, listos para otras conexiones: los pies con la tierra, la mano con otras manos, el seno con la boca del recién nacido, los ojos con el animal, la planta.

Espejismos

Nos dejamos llevar, quiero decir. Nos gusta partir. Nos gusta
producir la distancia donde después caben los recuerdos o
la escritura. La melancolía. La rabia. Nos gusta desobedecer.

Estación Camarón en el estado de Nuevo León es ya una ruina. Un espejismo transfigurado por el sol implacable del desierto. Pareciera que nunca existió. Autobiografía del algodón me ha dejado un sentimiento de melancolía pero también de rabia. Pueblos y vidas humanas sepultadas por el olvido. Rabia porque son historias que están a punto de comenzar.

Por eso, como bien apunta, Cristina Rivera Garza se trata de traer estas vidas al presente y desatar toda su energía contenida, se trata de que nos conmuevan y digan algo que nos obligue a reconocernos, pero sobre todo a ponernos del lado de lo que alguna vez fuimos.

Se trata de asquearnos con este sistema neoliberal mezquino y depredador de la vida, las sociedades y la naturaleza. Se trata de abrir bien los ojos y ver que esto apenas está comenzando. ¿Qué son las migraciones forzadas de millones de latinoamericanos y africanos? ¿Qué son el ir y venir de los desempleados de las ciudades y del campo en busca del futuro?

Un sistema que privilegia la ganancia y la productividad en lugar de la vida en comunidad. Por eso Estación Camarón, esa huelga, ese júbilo es algo vivo. Pero también es una advertencia y un castigo. Al golpe sobre el muro que trae un aire nuevo y llena los pulmones, la sangre, los músculos y el corazón: tierra, bloques compactos de tierra y olvido.

¿Estamos en el futuro, cuando la tierra ha sucumbido ya a los designios de unos cuantos prepotentes hambrientos de recursos naturales?

Ruinas Ejido Camarón, Nuevo León

https://nohallenombre.wordpress.com/tag/ejido-camaron/

Imagen de portada: FIL Guadalajara, Grisell Reyes Pajarito

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