Eco o La condena de Narciso4 min de lectura

Livier Fernández Topete

Para Roberto Maldonado Espejo,
maestro de lo humano, demasiado humano

La moral estorba para ir más allá, para romper las barreras subjetivas que impiden el contacto o al menos la empatía con la otredad.

Nietzsche (el filósofo, poeta, músico y filólogo alemán del siglo XIX), escribió Más allá del bien y del mal, un libro en el que señala la falta de sentido crítico y de pasividad mental de quienes aceptan el dominio de la cosmovisión heredada de la tradición judeo-cristiana, un ejemplar que de manera más clara, aborda ideas que ya había planetado más poéticamente, en Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para nadie. Su crítica al cristianismo continuó su flujo un poco más adelante, en El Anticristo, un libro que advertía en su introducción haber sido escrito para pocos, para quienes hubieran comprendido su Zaratustra, para quienes quizá todavía no hubieran nacido. Un personaje atrevido que cuestionó la moral en turno y que sigue siendo provocador para algunos en el presente.

Las ideas sobre el bien y sobre el mal, limitan, encierran en la pequeña caja de las limitadas mentes, incapacitan la mirada libre de juicios que potenciaría la creatividad, el alcance intelectual, emocional y profundamente humano. Los preceptos de cualquier paradigma, especialmente los cargados de moralina, son una cárcel para el creyente y para su oponente, porque en eso se convierte el otro, a eso se reduce el otro cuando el dogma toma el lugar de la palabra, de la conducta, de la emoción o del pensamiento.

Tener una moral no es lo mismo que tener una ética, lo segundo es una elaboración más compleja que impone el tamiz de la reflexión, de la crítica a lo impuesto, la deconstrucción de las ideas sobre el bien y el mal, para construir el propio sistema de creencias, liberado del blanco y del negro, abierto a las tonalidades de la gran paleta de la vida.

La moral frena y entorpece saltos sociales, se resiste a la diferencia, obstaculiza la desnudez del alma, impide el diálogo, interrumpe la imaginación, obstruye el paso espontáneo y natural de lo que debiera ser pero no se permite ser, detiene al amor, perturba amistades, fastidia a la naturaleza, empaña la mirada, complica la existencia del que habita su celda y también la del emancipado.

La moral es un mal como la vileza misma y no es un mal necesario para vivir en sociedad, ejemplos muchos de comunidades o culturas que han desdibujado las líneas del moralismo y que nos ponen la muestra sobre otras maneras de ver y de convivir.

La moral es un crimen para la estética, una estrechez para la vastedad de experiencias sensoriales. El puritanismo atropella a lo sublime por despertar sus miedos. La moral es fea aunque la veamos en caras bonitas. La belleza es amoral y la maldad puede nacer de las morales. La derecha y el arriba no son siempre las mejores direcciones. Asusta el rostro de lo que no se deja atrapar por una idea, horroriza el nombre de lo que no nombró una creencia, resulta insoportable la imagen que no se desprende de cierto imaginario. La mirada que su ojo no atravesó, es escoria para el predicador.

El deber ser ayuda a confinar, a alienar, a ver moros con tranchetes. El deber ser camina a veces en dirección opuesta de lo que presume proponer: no enseña a ser mejores personas, sino mejores e implacables sentenciadores.

Hay que ir lejos, hasta donde alcance la lucubración, hay que ir más allá del bien y del mal, a veces incluso hay que estar más allá de esta partición en dos de la realidad, pues la moral es un calabozo frío y lóbrego (puede ser que encubierto por camas de oro) en el que viven adormecidos, los enamorados de sí mismos.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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