El adverbio y la pureza6 min de lectura

Juan Velasco

(Apuntes acerca de la sobrevivencia de una democracia con déficit de demócratas).

El fin de semana escuchaba un noticiero nacional y daban como nota que un alcalde de la CdMx (quien buscaba su reelección en el proceso pasado) publicó en sus redes sociales las fotos de un desayuno con la candidata que le ganó, acompañadas de un mensaje en el que se compromete con un proceso de entrega-recepción transparente y eficiente en beneficio de la alcaldía y sus habitantes además del deseo de éxito en su gestión para la candidata ganadora. Lo que sentí fue una suerte de desconcierto y pensé ¿por qué eso tendría que ser nota en una democracia más o menos funcional?

En entregas anteriores he señalado algunas de las características del lenguaje utilizado en nuestra discusión pública. Parto de un supuesto simple. La acción política que se pretende democrática renuncia de entrada al uso de la violencia directa para obtener sus fines. Luego entonces se realiza por medio del lenguaje, de las palabras. Idealmente es un diálogo de buena fe que además renuncia también a las violencias que se pueden ejercer a través del discurso. Idealmente. Por eso vale leer, escuchar y comentar lo que enuncian quienes se dedican de manera profesional a la política por la vía partidista y electoral (quizá debería decir que se dedican de tiempo completo, ya lo de profesional es avaricia).

Pasaron las campañas y las elecciones, ahora estamos en el tiempo de las impugnaciones y los juicios que terminan de definir los resultados. Y vale recordar el carácter temporal que tienen. Algunos actores, entre ellos el titular del ejecutivo federal, tienen la tendencia de pretender tomar las decisiones electorales como si fueran de una vez y para siempre. De ahí su uso de adverbios como “nunca” o “siempre” para referirse a actitudes, políticas públicas o acciones.

En una democracia representativa con un sistema de partidos que compiten entre sí en elecciones periódicas tal pretensión de permanencia o eternidad de las decisiones del electorado es (por decir lo menos) equívoca. Y lleva a reacciones y actitudes ante los resultados muy poco democráticas (otra vez, por decir lo menos).

Afirmar que “nunca volverán X o Y grupos”, que “nunca volverán a aplicarse tales o cuales políticas” o que “siempre se pondrá atención a las necesidades de determinado grupo” es una actitud poco democrática en tanto pasa por alto el simple hecho de que el electorado, en el siguiente proceso, puede cambiar de opinión. Se ha visto la reacción que descalifica la decisión mayoritaria del electorado por ejemplo en Morelia y en la CdMx ¿será que el pueblo es bueno y sabio sólo cuando gano y cuando pierdo es que fue manipulado o de plano no fue el pueblo quien votó? Quien sostiene esas posturas tiene la respuesta.

Por cierto. Si bien recuerdo la única vez que me ha tocado quedar del lado de la mayoría electoral en unos comicios fue en 1997. En la elección para las diputaciones federales resultó ganadora la fórmula por la que voté. En lo personal la decisión que tomó la mayoría en Morelia me parece lamentable. Pero es la decisión de la mayoría. Ahora toca seguir ejerciendo la ciudadanía y poner atención a lo que sigue. Y otra cosa, importante en mi opinión: descalificar la decisión de la mayoría por supuestamente manipulada, tonta o desmemoriada también implica negarse a asumir la responsabilidad de quien perdió ¿qué hicieron mal? Una vez más, ellos tienen la respuesta pero su deficiencia democrática les impide hacerla pública.

Otra actitud que flota en algunos sectores de nuestra clase política y nuestra sociedad en general es la que se autoatribuye y exige una pureza moral, política e ideológica que se traduce en una condena y rechazo de las negociaciones y acuerdos con las otras fuerzas políticas para la construcción de mayorías que permitan la toma de decisiones y su implementación.

De ninguna manera sería exigible desde una democracia representativa esa “pureza”. Lo exigible es que los acuerdos que tomen las distintas fuerzas tengan máxima publicidad (quien los realiza, en qué términos, con qué objetivos, con qué temporalidad) y en todo caso sus militancias podrían exigir que lo que se considere el núcleo duro de su postura ideológica quede excluido de esas negociaciones y acuerdos.

Desafortunadamente en México todavía parece prevalecer la idea de que quien negocia con el otro es un traidor a sus principios. Parece como si en lugar de estar en una contienda democrática nos encontráramos en medio de una lucha de pandillas donde sería válida la advertencia del Padrino novelado por Puzo: quien ofrezca negociar, ese es el traidor. De ninguna manera niego que hay en nuestra historia política motivos para la desconfianza. Lo que digo es que la desconfianza como guía de acción lleva a una distorsión de los principios democráticos.

Trato de explicarme. La construcción de la imagen de pureza tiene un carácter fundamentalmente discursivo. En los hechos las fuerzas políticas negocian y acuerdan. El problema es que para mantener la imagen de pureza, dichos acuerdos y negociaciones se tornan opacos y por lo tanto democráticamente cuestionables. Y de pronto nos encontramos en las boletas o en las decisiones legislativas alianzas que ideológicamente parecerían imposibles pero de las cuales se ignoran los términos, los motivos, las razones –que de hecho podría haberlas y muy válidas en algunas coyunturas.

Es deseable tener y defender principios y valores, por supuesto. La cuestión es que en una democracia representativa y partidista con elecciones periódicas más o menos competitivas donde ninguna de las fuerzas en liza puede obtener una mayoría definitiva y permanente es fundamental, es una exigencia genuinamente democrática, que la ciudadanía sepa los términos de los acuerdos que toman. Sobretodo con miras a lograr que se implementen políticas públicas que permitan hacer frente a los problemas concretos que tenemos: violencias de todo tipo, desigualdades inaceptables, pobreza, por solo mencionar los más jodientes.

La aspiración a la permanencia eterna y a la pureza puede ser virtuosa desde una perspectiva metafísica o mística quizás. Lo ignoro y honestamente lo dejo de lado. Acá me refiero a cuestiones políticas que sería deseable se ocuparan de nuestros acuciantes problemas. Ojalá nuestra política se acerque más a eso. Ojalá.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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