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Livier Fernández Topete

Vivimos aprisionados en los límites de nuestro entendimiento, en el tejido neuronal que percibe, piensa y siente. Somos capaces de ejercitar esa abstracción llamada mente, de expandirla o de estrecharla según las diversas formas que tenemos para nutrirla o para matarla de hambre.

Pero aunque cuando actuemos seamos regidos por la mente, hay ciertas acciones que parecen sacarnos de la caja cerebral para entonces, y solo entonces, vivir en el presente, los niños y los animales son los grandes maestros de tal proeza.

En un polo quedan los dementes, esos enajenados absorbidos por la luna, los lunáticos de-mentes tan tiranas que no permiten cabida ni a la duda ni al contacto con lo otro o con el otro. En el otro extremo están los infantes y las otras millones de especies animales, esos seres divinos que habitan un solo tiempo: el presente, cuya divinidad radica en su comunión con el Todo y en su envidiable arraigo a la tierra.

Un niño puede ansiar el futuro, pero distraerse de ese anhelo con cualquier cosa que llame su atención en el tiempo actual; un pequeño puede recordar el pasado, rememorar algo que incluso lo remita a una emoción, pero regresar al presente en un instante, porque el tiempo más valioso es el que vive. Un perro puede anticipar un evento que va a suceder, por la memoria de lo que ha sucedido en su experiencia; o puede, a través del recuerdo, actuar de una manera u otra, su conocimiento del pasado le brinda igual un aprendizaje que opera en el momento vigente.

Aunque el tiempo sea relativo, aun confluyan todos los tiempos en uno, pese a que seamos la burla del tiempo y este una construcción endeble, el presente es el tiempo en el que a muchos nos gustaría vivir, pues es el tiempo del superhombre, el tiempo de los iluminados, el tiempo asequible para todos allá en el fondo, el dificultoso estado que exige fusión con el espacio, el único tiempo vivo manifiesto en la naturaleza y en los que se hallan en la niñez, el tiempo orgánico de los descerebrados, el tiempo fogoso de los que logran salir de sí mismos para hacer contacto.  

La Niña del Conejo, fotografía de Graciela Iturbide

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el artefacto.

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