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Livier Fernández Topete

El conocimiento es uno, pero lo dividimos en áreas, en disciplinas, en materias; quizá la oposición más marcada sea la de ciencia versus religión/arte/intuición. La dicotomización es característica del pensamiento occidental, incapaz de comprender, mucho menos de integrar las dualidades. La tendencia es la ponderación de un extremo por encima del otro, la mirada enfocada en algún extremo del uróboro, sea cola o cabeza, y, por ende, el rechazo automático de lo que queda (aparentemente) del otro lado.

Jean-Francois Lyotard, el filósofo, sociólogo y teórico literario francés del s. XX, conocido por su formulación del posmodernismo, ilustró algo interesante acerca del fenómeno de credulidad común en el positivismo: la ciencia como única verdad, lo comprobable como lo creíble, la búsqueda de la verdad a través del método científico, como si se tratara en el fondo de una búsqueda religiosa de dios a través de una doctrina; es decir, el pensamiento científico rechaza o niega el pensamiento mágico, místico o religioso, puesto que sigue el camino de la supuesta objetividad, pretende acercarse a lo verdadero a través de lo comprobable, pero lo hace con tal empeño, que resulta enternecedora su ambición, como si se manifestara la credulidad de la que reniegan en ese proceso; lo mismo ocurre al contrario, la religión que reniega de la ciencia…

En este sentido, todos somos creyentes, no necesariamente en un dios, sino en el paradigma que nos gobierna, al cual deificamos. La pretensión de llegar a lo verdadero es un arma de dos filos: puede encarnar una actitud humilde o llena de soberbia, ahí veremos a dos grandes tipos de personas, los que son conscientes de sus límites y sus limitaciones, y los que simplemente se consideran por encima de aquellos cuyo sistema de creencias está regido por ideas distintas a las suyas.

Pese a unos u otros, el conocimiento sigue siendo unitario, indivisible o divisible solo para facilitar nuestra comprensión, pieza completa que no pertenece a nadie y a la que es posible apenas acercarse y, por si fuera poco, desde disímiles caminos.

Carl Jung, el médico, psicólogo y ensayista suizo (s.XIX-s.XX), no tuvo ningún temor en tocar temas como el alma, los mitos, dios o la alquimia, por poner algunos ejemplos, no le parecía completa la imagen de una realidad como la ciencia nos la presenta: hechos fehacientes, verdades objetivas a partir de datos duros y de hipótesis comprobables. Un cuadro cerrado que no se parece a la experiencia humana en su totalidad.  

En 1959, un entrevistador de la BBC le preguntó a Jung si creía en Dios, a lo que él respondió: “No tengo necesidad de creer en Dios. Lo conozco”. Podría sonar como un enunciado de alguien creyente o como una afirmación que no dejar lugar a dudas; sin embargo, se trataba de lago más complejo y profundo, pues, aunque él no empatizaba con la teología ni con las instituciones religiosas, consideraba que el hombre era un animal religioso “por naturaleza”; no es que identificara a Dios con una deidad más allá del mundo, no, para Jung, Dios es el nombre que hemos dado a una suerte de mente universal que incluye a la totalidad de las formas de conciencia. Esto es cercano a su idea de inconsciente colectivo, el cual está lleno de arquetipos, siendo el Sí-mismo el arquetipo medular, pues representa al ser humano en su totalidad: consciente e inconsciente (individual y colectivo); la personalidad se estructura a través de la interacción entre estos opuestos. El Sí-mismo es representado con un mandala: un círculo dentro de un cuadrado; Jung se inspiró en los conceptos fundamentales del taoísmo (el Ying y el Yang), que son la gran dualidad del Todo.

Para Jung, las experiencias religiosas eran muy importantes para la psique humana, pero no desde el enfoque de alguna religión o doctrina en particular, sino partiendo de la idea de que la experiencia religiosa tiene la posibilidad de salirse del dogma para abrirse a lo desconocido; nuestra inclinación es siempre ir más allá, pero la cultura nos limita en sus confines materiales, políticos, religiosos (acá como fanatismo), económicos e ideológicos. Para Jung, la psique se desequilibra si se deja de lado al misterio, lo trascendente no puede explicarse, pero es imprescindible, desde este punto de vista, para la salud mental.

La llamada “neurosis” es una escisión del Sí-mismo, divorciada del valor que proporciona el inconsciente, tanto el individual como el colectivo, y ahí es donde cabe el valor del misticismo; esto le llevó a Jung a pensar que en la antigüedad los neuróticos no existían, la magia, los cultos, los mitos, los ritos, le permitían al hombre estar conectado, unido o integrado. Es evidente el cuestionamiento al pensamiento científico en este autor, subrayando constantemente la necesidad de integrar a nuestras vidas el misterio, la magia y lo sobrenatural.

Cualquier polarización, sea ciencia o religión/arte/intuición, es esquiva, ingenua y limitada; ni la realidad ni el conocimiento están fracturados, somos nosotros con nuestras dosis fervorosas (hacia cualquier extremo) quienes dividimos a ambos, nuestro desmembramiento favorito es en dos partes: bueno-malo, bonito-feo, blanco-negro… no acabamos de entender que nuestros enfrentamientos se tratan de lenguaje, no importa todo lo que queramos agregar en la lista.

Lyotard escribió en La condición postmoderna. Informe sobre el saber: “La ciencia juega su propio juego, no puede legitimar a los demás juegos de lenguaje”. Dicho de otro modo, la ciencia tiene sus reglas con un lenguaje técnico, mientras que sus aparentes opuestos, que quede claro, no carentes de reglas, se rigen por preceptos de otro orden, de otra naturaleza, no por ello menos válidos ni lógicos (basta recordar la lógica abductiva planteada por Peirce, el padre de la semiótica), estatutos más intangibles, juegos de otra índole, pero juegos también, juegos de lenguaje.

Lo que parece tener sentido, estemos parados en cualquier esquina, no es la lucha por aniquilar la diferencia, sino ser capaces de mirarnos en todos los espejos posibles, ser capaces de, en estos juegos de lenguaje, sea cual fuere el de nuestro gusto, procurar un lenguaje especulativo, que admita la vacuidad, que reconozca la incertidumbre, que pueda lidiar con su falibilidad, que logre conciliarse con la cabeza o la cola, según sea el caso, de esa serpiente que devora su extremo posterior y último y que forma un círculo con su cuerpo, que es la figura más precisa, no sólo de nuestro mundo, sino también del conocimiento, del humano, de la conjunción de la gran dualidad en la que toda contradicción y toda certeza, tienen cabida.

Golden mandala por V. Pugalenthi

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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