Las músicas del maestro y la musa de la escucha: un diálogo con el escritor Ramón Andrés15 min de lectura

David Ramos Castro

La obra del poeta, ensayista y pensador Ramón Andrés (Pamplona, 1955) resulta un denso y original caudal de asombro y entusiasmo por el saber. Sus palabras, que parecen seguir la estela del célebre lema de Terencio, quien dijera “nada humano me es ajeno”, tampoco vibran lejos de las armonías y disonancias de tantos seres como hasta la fecha han sido sobre esta insólita tierra. Así, el escritor emprendió un día el viaje buscando restituir, a través del recuerdo de las bellezas olvidadas, una justicia que, como humanidad, todavía adeudamos. De su travesía sentipensante brotó una duradera amistad con la música, a la que él mismo definió como “una mutación del sonido”; pero también con la poesía, ya no por mutación sino por hibridación de sonido, ritmo y palabra. Como cosecha, todas las palabras sembradas fueron convirtiendo al escritor en maestro. Regadas fueron quedando en diversos libros (Diccionario de música, mitología, magia y religión, Historia del suicidio en occidente, No sufrir compañía: escritos místicos sobre el silencio, Pensar y no caer, Poesía reunida y aforismos). El último de ellos, Filosofía y consuelo de la música, le ha valido recientemente en España la concesión del Premio Nacional de Ensayo. Poco antes, habíamos mantenido una larga y fértil conversación. En ella, el maestro escucha con una atención insólita hoy en día y espiga cuidadosamente sus palabras…

Pero ¿cuándo habían llegado la música, la poesía y el ensayo? “En cuanto a la poesía, antes de comenzar la adolescencia, ya era un lector de poesía –comienza a relatar el maestro Andrés-. En casa de mis padres había libros de varios poetas, entre los que estaban Machado y Juan Ramón Jiménez, que se hicieron familiares para mí. En lo relativo a  la música, mi padre tocaba el violín como aficionado y mi hermana mayor estudiaba canto. Todo aquello constituyó un universo sensorial muy especial para mí. Además, yo viví en un hogar conflictivo, de mucha desavenencia entre mis padres, de manera que la lectura y la música fueron un refugio importante. Al ensayo llegué por un proceso vital e intelectual más lento. Yo pretendía -no sé si lo he conseguido- escribir ensayos que no fueran ensayos al uso, esto es: que tuvieran un componente literario y una cierta lentitud de lectura que invitara a la reflexión; pero eso vino mucho más tarde, cuando yo tenía unos treinta y cinco años”.

Esa lentitud mentada me despierta ecos del sociólogo Hartmut Rosa, quien ha planteado el problema de la aceleración social y la pérdida de una resonancia con el mundo. “Sí, he leído a Hartmut Rosa; incluso, lo he citado en algún artículo. Él acude a la metáfora de la resonancia, pues, en verdad somos seres que resonamos, que creamos sonidos y albergamos una resonancia en nuestro interior. Se refiere a algo muy antiguo: pensar la relación con el exterior y con ese ruido constante al que estamos sometidos, el cual nos encierra en el individualismo y hace que no resonemos”. Al estudiar canto, uno aprende que lo importante para que el sonido llegue a los resonadores craneales consiste en que las notas viajen ligeras, sin presión ni peso. Parece que esta época, según lo que usted acaba de decir, es incapaz de resonar, pues todo ese ruido que produce obstruye la levedad. “Efectivamente, estamos en una sociedad ensordecida que ha perdido mucha sutilidad auditiva. Lo que usted comenta sobre el canto es primordial, pues resulta una fuente directa de resonancia. Hace unos meses he terminado de escribir un libro sobre Josquin des Prez, un compositor franco-flamenco que nació a mediados del siglo XV y que fue un gran polifonista. Dedico muchos capítulos a reflexionar sobre el canto, el cuerpo y la cavidad bucal, porque, de hecho, en la polifonía el canto estaba adaptado a unos espacios arquitectónicos muy determinados que pueden ser la metáfora de la bóveda de nuestro paladar”. Pero esto es algo que podríamos relacionar con lo que usted ha observado al respecto de las cuevas: espacios que también obran como resonadores y producen una ligadura con el misterio del sonido y lo sagrado. “Yo siempre digo que el primer instrumento musical fue el mundo, porque en la aprehensión de la naturaleza de nuestros antepasados gobernó mucho el oído. La vista podía analizar lo que veía en la naturaleza, pero el oído permitía analizar lo que no era visible. Imaginemos lo que podía significar para aquellos seres el oír las tormentas o estar en las cuevas y provocar resonancias. A ellos les aportaba una información sobrenatural. Hay una percepción auditiva que tiene mucha importancia en la sensación de un mundo paralelo. Por eso Nietzsche decía que el oído es el órgano del miedo. Es verdad… ¡cuánto no se ha fabulado de noche al oír sonidos extraños de algo invisible que no podemos descifrar! El miedo, el pensar metafísico y el cuidado residen en el oído”.

El Salmo 102 de la Biblia dice: “No escondas de mí tu rostro en el día de mi angustia; inclina a mí tu oído”. Aparece aquí, en primer lugar, una alusión a la visión y, en segundo, a la audición. ¿Considera que es más poderoso ver que oír u oír que ver? “Obviamente, en el camino de nuestra conciencia las dos cosas han sido muy importantes; pero es verdad que, como he dicho antes, el oído te invita a pensar desde una cierta profundidad. Los dioses no se ven, se oyen. En la Biblia, Yahveh no se deja ver. Él se expresa a través de la naturaleza, del viento, de las tormentas. El vínculo humano, ese “inclina a mí tu oído”, se establece en la emisión de sonidos que van desde la tierra hasta el vínculo con lo divino. Cabe advertir que los músicos ciegos en el antiguo Egipto eran considerados unos privilegiados, ya que la ceguera de un hombre era un don que le habían concedido los dioses para que se dedicase sólo a escuchar. Entonces, la música era pensada como una transmisión de lo divino, como una transcripción de lo desconocido. De ahí la gran importancia de la música en las tradiciones antiguas, en la mesopotámica o en la griega”.

Las palabras del maestro Andrés suscitan en mí otro recuerdo; en esta ocasión, se trata de Heidegger y del cometido que éste reservaba a la filosofía: “preservar la fuerza de las palabras”. “Efectivamente, ha mencionado usted a Heidegger de forma muy oportuna, pues él quería caminar del ente al ser.  El ser resuena. Por su parte, el ente es más sordo y tiene menos capacidad vibratoria. Nosotros también nos ensanchamos cuando somos capaces de aprehender y generar una sonoridad interior que nos comunica con la naturaleza y el espacio. La música no deja de ser una manera de ordenar el caos sonoro y de trazar un puente hacia una forma superior de audición”. Pero, justo antes usted hacía alusión a la relación del sonido con el advenimiento de lo sobrenatural. Dado que acabamos de mencionar a Heidegger, esa presencia de lo divino me hace pensar en la frase que el filósofo pronunció en la famosa entrevista que concedió a Der Spiegel. En ella afirmaba que “sólo un Dios puede salvarnos”. ¿Cómo interpreta esta frase? “Bueno, creo que es una forma de decir que sólo puede salvarnos una parte desconocida de nosotros: la menos dañada y maleada. También en el plano colectivo. No creo que esté hablando en términos religiosos o teológicos. Lo que puede salvarnos es una manera distinta de formular las cosas; un lenguaje al que no escuchamos con suficiente atención. Es eso lo que puede corregir una deriva mundial que evidentemente es errónea y que, además, ahora tiene una capacidad de incidencia mayor a resultas de la tecnología y su capacidad de dominio sobre el mundo”.

Nuestro diálogo nos ha llevado a las culturas antiguas y aún más lejos, hasta las grutas paleolíticas. Pero, en el presente, ¿cómo ha trastornado nuestro mundo la preeminencia de la visibilidad, la cual, con las redes sociales, parece haber alcanzado su cota cimera? “Nuestra civilización, desde la maduración del Renacimiento, fue dejando de buscar una realidad superior, en el sentido de divina, para buscar en su lugar una realidad superior a lo que vemos y somos capaces de fabricar. La Ilustración no es más que el intento de recoger esa aportación y construir una verdad humana plena y laica. Tal verdad es la que nos ha hecho aspirar a una forma de dominio tecnológico capaz de arrancarnos de una realidad inferior, pero ello ha generado inevitablemente una idea única de verdad que se ha vuelto en contra, porque no puede haber verdades únicas en un mundo con tantas realidades. La tecnología nos ha llevado a este dominio de la cibernética y las redes sociales, el cual ha desdibujado mucho la realidad. Hay una gran parte de la población mundial que no lo entiende y que vive a otro ritmo. La velocidad que ha impuesto Occidente no es real. Obviamente que la tecnología ha aportado, aporta y aportará cosas extraordinarias, pero vivimos en un mundo muy fragmentado y no podemos excluir a otras culturas que no piensan de la misma forma”.

Retomando la tesis esencial de la obra de Hartmut Rosa que mentaba antes, y que no es otra que la de la aceleración social, me gustaría que comentase algo sobre la polémica que desató su texto Ir hacia atrás para modernizarse “En ese texto yo sólo decía que había que detenerse un poco para pensar bien las cosas. Creo que es algo muy elemental. Eso me valió que unos me llamasen romántico y otros, reaccionario. Es como el pintor que se aleja de la tela para ver lo que está haciendo”. ¿Una forma de contrarrestar la avanzada ciega? “Somos hijos de la Ilustración y la Ilustración ha sido un ir hacia delante a costa de lo que sea. Hay que vivir en el tiempo en el que estamos, pero ese tiempo es el que impone Occidente. Cada cultura tiene su tiempo. Por otro lado, la Ilustración nos ha hecho ver problemas que no son reales y, al mismo tiempo, desatender otros que sí lo son; por ejemplo, una buena distribución de la riqueza generada. La población se está empobreciendo en Occidente y fuera de Occidente”. Creo que uno de los espacios culturales en el que detectamos ese empobrecimiento es el de la música comercial. ¿Cómo se nota esa pauperización en casos como el del trap? “Pues, principalmente, como decía al principio de nuestro diálogo, en haber perdido sutileza en la percepción auditiva. Estamos ensordecidos por los macroconciertos, donde el volumen es tan importante como la música. Músicas como el rap o el trap, que sin duda responden a razones sociológicas, son sin embargo muy primarias, pues atienden poco a la capacidad resonante, que es la que ensancha conceptualmente nuestra mente. Esto no quiere decir que tengamos que estar escuchando siempre a Brahms o un cuarteto de cuerdas de Beethoven o Haydn. Yo hablo de otra cosa: de la decisión de cada uno de crear una amplitud interior y de no restringirse a un tipo de músicas que ya están muy restringidas de por sí. Yo hablo de prestar oídos al mundo”. De hecho, la música que en Occidente se ha dado en llamar contemporánea parece haber contribuido a ensanchar ese mundo auditivo con su horizonte de disonancias y esa enigmática música de las cosas. “Yo creo que una gran aportación de la música contemporánea; sobre todo, de la escrita a partir de 1945, es haber ofrecido sonido y espacio, en lugar de un camino narrativo. Dejamos de estar sujetos a una necesidad de narrar. Shönberg todavía estaba ligado a ella, pese a su revolución atonal. En Webern esto ya no sucede. A partir de él, surge en los compositores esta idea de trabajar con el sonido y el silencio. Eso deja mucha libertad al oyente para que él pueda imaginar. Es lo que nos ofrecen maestros como Bruno Maderna, Luigi Nono, Ligeti o Kurtág, entre otros.

También su obra expresa la importancia del silencio. De hecho, un bellísimo texto suyo, maestro, está dedicado a Nietzsche, a través la película El caballo de Turín, de Béla Tarr, una obra magistral que está repleta del sonido monocorde del viento y, al mismo tiempo, del inabarcable silencio de sus protagonistas. Un silencio que se busca y nos educa (el que buscaban los místicos de los que usted ha escrito), y otro que nos aísla y empobrece. “Creo que lo que nos está proponiendo Béla Tarr es esa confrontación entre dos formas de nihilismo” ¿Como correlato de los dos nihilismos de los que habló Nietzsche? “Así es. Uno, desde la nada absoluta que rodea a las dos personas, al padre y a la hija, y que lo invade todo; y luego esa nada del viento exterior, que no cesa en toda la película, y que representaría la dificultad, la contingencia. Ese viento es el mundo, lo cual me parece una versión cristiano-nihilista de la adversidad, pues, como sabemos, para la creencia cristiana el mundo es poco, es un lugar de paso”. ¿Qué es lo que le seduce de este gran director de cine húngaro? “Pues, siento por él una gran afinidad estética. Él dedicó una película a un teórico de la música, Werckmeister, que concibió nuevas relaciones armónicas, de la misma forma que Béla Tarr concibe otra relación del cine con el tiempo. Él juega con esta idea, como el músico que busca un sonido que no existe, pero que igualmente rastrea. Tengo un buen amigo que habla siempre de un do inencontrable en el violonchelo. Quizás esas búsquedas identifiquen a los artistas y al arte auténtico. Hoy vemos, no obstante, cómo algunas conocidas editoriales han concedido premios poéticos a individuos egresados de las redes sociales y con una ínfima calidad poética, o cómo otros llenan salas de concierto y anuncian cervezas impostando versos que ni siquiera son suyos. ¿Indica todo esto que vivimos en medio de una gran impostura poética y artística estimulada por el mercado? “Sin duda. Pero lo que nos están trayendo estas formas de arte y literatura, por llamarlas de alguna forma, es obra de perezosos y de gente acostumbrada a las ideas comunes. Lo que sí es verdad es que este sistema –palabra resbaladiza que no sé muy bien qué significa- ha hecho de nosotros unos creyentes en nosotros mismos; hay un exceso de narcisismo; pensamos que somos únicos y distintos de los demás, pero consumimos atrozmente lo mismo y, a ser posible, de manera muy rápida.

 Usted escribió, en un aforismo dedicado a Tomás Moro, que “en una sociedad domesticada por el dinero, las quimeras son un juego y no llevan a nadie al patíbulo” ¿Se puede realmente ser poeta sin arriesgar, en el fondo, la vida; sin hacer que la vida cambie? Creo que no. Si no te la juegas, no puedes ofrecer nada. Claro que todos somos fruto de una herencia, pero si tú no te arriesgas a partir de esa herencia, no puedes ofrecer nada que sea verdad. No en vano, usted dio un giro a su vida y abandonó Barcelona para irse a vivir al campo navarro, en el norte de España. ¿Qué motivó ese viaje, maestro, y qué implicaciones poéticas ha tenido? “El motivo es tan prosaico como éste: yo tengo bastantes libros y vivía en el centro de Barcelona. Me subieron tanto el alquiler, pues Barcelona se ha convertido en una ciudad de especulación turística, que decidí marcharme. Aquí, en el campo navarro cercano al mar, tengo una casa con chimenea y pago menos de un tercio de lo que pagaba en Barcelona. Poéticamente, supone otra mirada, y eso también influye sobre el ensayo. Ahora, por ejemplo, cada año veo las migraciones de las aves. Para mí ése es un acontecimiento, algo que no me generan los escaparates de una gran ciudad”.

Al final de nuestro diálogo, con estas últimas palabras del maestro Andrés y mi propia cabeza emprendiendo el vuelo, me da por pensar en la moderna fascinación de Baudelaire frente a la promiscuidad de las mercancías. Empero, aún en el tortuoso corazón del poeta anidaron algunos vuelos oscuros, ¡oh, ebrio hombre que sigues llevando contigo la condena de tu fracasada mudanza! Tal vez, ahora, desde algún lejano lugar invisible, el gran poeta escuche al maestro y reconozca su error: de entre todas las musas, haber desatendido a aquella que enseñaba a escuchar y a seguir en silencio el lento viaje de las humanas aves…

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