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Livier Fernández Topete

No importa el número de lecturas que se tengan, tampoco su calidad, ni siquiera significan los estudios consumados. Y no es que no tengan valor tales lecturas, el detalle es que nuestra mirada todo lo contamina, lo generaliza, lo reduce, lo manosea.

Somos especialistas en limitar lo ilimitado, en dividir lo indivisible, en hallar moros con tranchetes en paisajes que gozan de la festividad del desierto; somos expertos en llevar nuestro ruido a los escondites del silencio.

No interpretamos, sobreinterpretamos la realidad con la lente turbia que ensamblamos a través de la experiencia, es decir, desde la cárcel de lo subjetivo, pero eso sí, alardeamos con el barniz de la falsa humildad sobre las miles de páginas que han pasado por nuestros ojos, las tantas horas de escuela y los títulos que ensanchan la tarjeta de presentación; nos regodeamos en los supuestos saberes, en los referentes miles para justificar nuestras certidumbres, que en el fondo (a veces también en la inmediata superficie) son prejuicios, juicios, sesgos de un contacto pobre con cierta información o con el mundo.

Y, por si fuera poco, no solo no leemos con justicia, sino que en muchas ocasiones, leemos recortando, haciendo pegostes nacidos de la fantasía, intepretamos sin tomar en cuenta el contexto, de manera arbitraria, con desdén y malísima puntería.

No, no importa el cúmulo de lecturas que se tenga, tampoco su calidad, ni siquiera significan los estudios realizados, para evidenciar la insensatez nos pintamos solos, morimos por la propia boca, por la propia mano.

Los libros y sus autores sufren la condena de sus lectores, porque los libros no nos enseñan a ser mejores personas, ni más sabias o empáticas, tampoco a ser más inteligentes. Apenas nos muestran el camino para cualquiera de los anteriores aprendizajes, hacen su esfuerzo por abrirnos la mente, por atravesarnos el pecho, por penetrarnos; pero no hacen milagros, nos toca ir más allá de las palabras.

No basta con leer lo que el sabio expresa, entre líneas queda el tesoro que nos ofrece quien escribe y, en ese espacio en blanco, mora la sabiduría del lector.

Nadie puede enseñarnos a leer lo no dicho, tal afán aniquilaría el misterio en el que habita, no lo cierto, no lo verídico, sino lo esencial.

La vista nos estorba para mirar, los libros son muy buenos amigos, son ventanas siempre abiertas y refrescantes, pero somos nosotros los que no siempre correspondemos a su amistad, insistimos en ahogarnos dentro de la estrecha habitación de la cabeza, en cerrar las ventanas por quedarnos encimita.

Somos jinetes de monturas textuales en lugar de caballeros dispuestos a desentrañar alegorías. Al leer (libros y mundo), cabalgamos vocablos en lugar de nubes.

Donkey Reading de Kathy Dennett

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el artefacto.

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