Materia oscura: La muchedumbre de la que estamos hechos14 min de lectura

Roberto Maldonado Espejo

—¿A dónde va, Vito?

—Al mundo, Palomita, al mundo —contestaba mi tío sin más explicación.

El mundo era el lugar de las sorpresas, el espacio que ponía a prueba a los mayores, donde se tenían que enfrentar las esperanzas y las vicisitudes, ahí se demostraban los mecanismos adquiridos en lo vivido. Y esto es la pálida interpretación de aquella sensación de mi infancia. El mundo como futuro y el anochecer como promesa de lo que acaece en la oscuridad…

Recuerdo con exactitud el momento en que perdí la inocencia. Había llegado al cine tomado de la manaza de mi padre; la programación iniciaba con un noticiero que se repetía varios meses con viejas “noticias” que ya eran historia hasta la llegada de uno nuevo; salía una esfera mapeada flotando en un cielo estrellado y se reproducían los sonidos atribuidos al cosmos. Se llamaba El Mundo y empezaba con un sketch cómico de Pomponio. Luego se vieron unos militares dirigiendo grandes palas mecánicas que arrastraban cientos de cadáveres hacia las fosas comunes, close ups de prisioneros famélicos de los campos de concentración. Hacía más de quince años había pasado eso, lo sabía, pero sin el privilegio de la vista. Ya no encontré maneras de significar ese sustantivo con su artículo, en mí perdieron su abstracción, pasaron a lo inconmensurable: El Mundo no era el que sostenía Atlas en la carta de la lotería.

Crueldad, pavor, felicidad, amor, son débiles abstracciones que ocultan los pálpitos de un cuerpo que va camino a la muerte; son una barrera, casi un límite instintivo, palabras vigilantes de lo que no queremos saber. Si descubrir una verdad da miedo, dar con su relatividad es horroroso. No nos dan más que palabras y las desgastamos sin conocer la fatalidad de esa herencia. No hay palabra inofensiva ¡Chillen putas!, les dijo un poeta.

Un biólogo de nombre impronunciable dejó una garrapata en un frasco durante 18 años, luego la puso sobre un perro y el bicho chupó alegremente, el cautiverio no existió ¿Qué nos podría contar la garrapata si tuviera palabras? La conclusión del sabio fue que Mundo es una presunción del humanismo, una palabra que pretende uniformar un espacio que, en verdad, es múltiple, hay tantos mundos como seres en el tiempo y un espacio a donde nadie puede acompañarnos. El tiempo es nuestra casa y como tal amerita arreglos, limpieza, un orden que nos permita el movimiento. Nos obsesiona la continuidad porque el aburrimiento nos cierra a eso que llamamos vida, nos horroriza la nada.

La tía Paloma nunca supo la hondura de su miedo y el tío Vito no quiso saber hacia dónde huía.

 II

 —Léalo completo, cabrón, y quédese con él –dijo sin verme y siguió sorbiendo su café prieto y amargo.

No se dijo nada más y la vergüenza fue el signo de aquel atardecer. Se caló el sombrero ladeado y se fue más tarde de lo acostumbrado dejando solitaria la penumbra. 

Había robado uno de los dos libros del trastero desvencijado del tío Raberiano; dejé el tratado de hierbas medicinales y eché en mi mochila de tercer año Alicia en el País de las Maravillas. Conservo el sabor de ese misterio ¿Cómo y por qué llegó ese libro ahí? Pasaron muchos años para darme cuenta de que esa pregunta era parte de la lectura.

Mi padre apagaba las luces de casa a las nueve de la noche sin admitir razones ni pretextos,  revisaba cuarto por cuarto. Bajo la cobija y cuidando que la vela no fuera a hacer un desmadre, abrí el libro y leí y leí y leí hasta que el cabo de la vela tocaba casi la sábana bajera.

Los sucesos contradictorios, que descoinciden, opuestos a las expectativas, se vuelven infinitos; entra, para siempre, la costumbre de la verificación y queda la vaga intuición de que uno morirá y la lectura seguirá y seguirá quién sabe dónde y hasta cuándo, acaso hasta el fin de todo Mundo, la fantasía de que “eso” trasciende vida y muerte.

El tío era yerbero, muy apenas sabía leer y su clientela –a las que llamaba visitas— eran señoras que cruzaban la menopausia en un pueblo donde el peor y más común sentimiento era la vergüenza; no sabíamos su origen, de dónde venía el parentesco, la aversión que mi madre sentía por él y, sin embargo, todas las tardes iba a casa a tomar café. Le robé el libro uno de esos días en que mi madre me mandó a su cuartucho en la loma a preguntarle si iba a ir por su café porque ella iría con mi padre al cine.

En la casa de mi abuelo era otra cosa, eso sí se podía llamar biblioteca ¿Qué hacía esa habitación con muebles chippendale, piano y tantos libros en un pueblo minero al pie de la sierra? La historia del músico que llegó a tocar en una boda y fue abandonado, borracho, en la estación del ferrocarril donde conoció a doña Felipa y llegó a tener la cantina más grande y famosa del pueblo y a hacer una de las familias más respetadas, tiene respuestas fáciles… Pero ¿y la biblioteca?

Un día, volviendo de la escuela, me encontré un señor de luenga barba sentado en el suelo del patio que separaba la casa del abuelo de la vecindad; a su lado estaba una muleta y frente a él una suela de fierro clavada en un tronco. Era delicioso conversar con don Roque mientras ponía las tapitas en los tacones o unas medias suelas o lustraba las botas del jefe de estación.

Una tarde en que tenía muchos zapatos por arreglar y necesitaba concentración, se arrastró al interior del cuartucho que le prestó el abuelo y regresó con un manoseado librito: Los Trabajo y Los Días, y me pidió que le leyera; tuve que parar en la página doce para terminar el encargo de mamá; bien valió la regañada.

Al tercer día que regresé con el librito —muy a mi pesar—. Conversamos a propósito. Cuando comprobó sin preguntar que sí lo había leído, sacó Las Tragedias de Sófocles. En la madrugada comprobé que, aparte de las pastas, le faltaban páginas de en medio. Nunca supe nada acerca de la no—pierna de Roque, su origen… Cuando le pregunté cómo habían ido a parar esos libros a sus manos, no me contestó y si lo hizo ha de haber sido una respuesta tan pueril que la he olvidado.

No sé si merezca algún epíteto como lector, los libros que he terminado de leer no interesan, no cuentan. Le sigo preguntando al Gato de Cheshire y me dijo que era la primera versión de la paradoja de Schrödinger cuando fue condenado a muerte en el jardín de la Reina de Corazones y luego regresó sin cabeza… Cosas así me suceden de continuo con algunos libros, pocos, los que no he terminado. Algún día contaré cómo es mucho peor con los poemas, pero ahí, donde no se puede tomar una decisión fehaciente porque las palabras que heredamos son insuficientes surgen las preguntas y luego las hipótesis y luego las verificaciones… Pienso en Fermi exponiendo la teoría atómica, en Euler explicando teoremas, en Camus argumentando la infinita corrección de las novelas, los innumerables ensayos sobre Las Iluminaciones de Rimbaud… y sospecho que el uso de las terceras personas, la invención de personajes, la despersonalización de lo expresado, no deja de ser un recurso meramente retórico; uno construye su  Mundo destruyendo los que heredó. Se intuye que nada estorba más que la autoría, sobre todo cuando se trata de negar una identidad para procurar la de otros, como si lo escrito o lo dicho contuviera la eternidad de una verdad que no depende de quien la diga. La ilusión de la realidad. Leemos lo que otros escribieron destruyéndose.

 III

En una cantina fronteriza llegué a la mitad de La enfermedad y sus metáforas, lo terminé al amanecer en un hotelito de paso después de despedir a no recuerdo quién; renació la ansiedad de releer La montaña mágica. La sospecha de encontrar un hilo atado entre Mann y Sontag despertó tan imperiosa necedad, que no elaboré los motivos, los dejé en muda conjetura hasta que regresé a casa. Antes de cualquier otra cosa fui directo y de entre las obras de Thomas Mann saqué la del empastado verde y terminé la madrugada desnudo, junto a una botella de Havana Club, un cenicero repleto y el punto final. Lo recuerdo bien porque lo mismo me pasó con Bajo el volcán, pero esta vez sin lágrimas. Me aguanté las ganas de escuchar La Dama de las Camelias. Hay textos infinitos y son los únicos en los que se puede confiar, tal es la paradoja.

Seguido releo a Susan Sontag. Las tres o cuatro veces que volví a La enfermedad y sus metáforas tuve que tomar a Mann con ansiedad. Vino entonces la internet y con ella las redes sociales; una buena tarde frente a La Mar y con un espresso doble leí en el feisbuk una confidencia atribuida a la Sontag: “Al releer La montaña mágica por primera vez en veinticinco años, descubro hoy una frase del ensayo de Artaud, ´solo lo extenuante es en verdad ameno´. Es una parodia inconsciente de una frase del prólogo a La montaña mágica: ´Solo lo exhaustivo puede ser en verdad ameno´”

La relación de La enfermedad… con La montaña… era obvia para mí: la enfermedad, pero ¿qué tenía que ver el ensayo de Artaud?  Ni siquiera pensé en la autenticidad del texto ni de su atribución, aunque venía ilustrada con una de las fotos que le tomó a la autora su supuesta última pareja: Annie Leibowitz.

La brisa salina del trópico marino llena de hongos cualquier libro, el ejercicio aquí, en La Manzanilla del Mar y contimás en Café du Calcetín, es la memoria y la contemplación, la conversación a veces —casi siempre con uno mismo—. Para fortuna aún vivía el señor Castillo y tuvo a bien mandarme una edición muy antigua de Bajo el signo de Saturno  —carísimo, se desquitó de algunos de los libros que le robé cuando era estudiante— que había estado en mis manos alguna vez y al cual había vuelto solo a releer el ensayo de W. Benjamin, pero no el de Artaud.

Acaso los gajes de la traducción o la falsedad de la nota, pero no encontré tal frase; pensé, sí, que tanto la obra de Artaud como su vida son ejemplo de lo exhaustivo, de esa brutal manera de vivir los límites.

Pasaron dos o tres temporadas de huracanes y borrascas, desastres y atardeceres salpicados de café y alcoholes y varias películas. Una de ellas sobre una prodigiosa mente obsesionada con las matemáticas, me ‘obligó’ a dar un paseo de meses por la vida de Gauss, de Euler y Ticho Brahe –bendita internet—. Entonces, una noche estrellada escuchando las olas y mirando el brillo de la espuma, me vino como relámpago el texto atribuido a la Sontag, acaso por la botella de Havana Club, pensé, y la madrugada me encontró buscando afanosamente la literalidad de esa confidencia que seguramente fue escrita en inglés. La Sontag nos confiaba dos epifanías propias de la escritura: la primera, inconsciente, cuando escribió el ensayo de Artaud; queda en el misterio las circunstancias que produjeron la segunda, cuando la recordó como si la acabara de escribir. Al igual que los grandes matemáticos cuando demuestran—descubren sus teoremas reviviendo intuiciones que han estado inconscientes durante años esperando la oportunidad de aflorar, algo unía a Thomas Mann con Antonin Artaud más allá de la Sontag, hasta La montaña mágica y La enfermedad y sus metáforas; la lepra, la tuberculosis, el cáncer pasando por todas las pestes y epidemias del mundo y todo aquello que diferencia a unos y otros en el miedo, lo que reprime, separa, exprime…

“El presente texto. Inédito en español, apareció en The New Yorker el 21 de diciembre de 1987. Resulta extraño, pero hasta ahora nunca fue incluido en ninguna recopilación de la autora. En él Susan Sontag narra una visita juvenil hecha a Thomas Mann en 1947, cuando éste vivía con su familia, exiliado, en Pacific Palisades, al sur de California.”  Reza la aclaración de la revista que lo reproduce. Creo entender –o al menos la hipótesis es posible— que el artículo en cuestión fue escamoteado por la misma Susan: en él describe la gran decepción que le produjo el encuentro, su descubrimiento de la diferencia entre un autor y sus textos y cómo éstos perviven en los significados que desparraman como si fueran el menor ejemplo del Efecto Mariposa borgeano.

“El hombre con quien me encontré no tenía más que fórmulas sentenciosas para entregar, aunque fuese el hombre que había escrito los libros de Thomas Mann. Y yo no pronuncié más que boberías timoratas, aunque estuviera rebosante de complejas emociones. No fue el mejor momento de ninguno de los dos.” Confiesa Susan.

No me importa mucho lo que un escritor haya querido decir, me llena de gozo descubrir lo que dice aunque no quiera, desenrollar el hilo de las oscuridades para descubrir la extrañeza que haya sentido al escribir, sin elaborar, lo que no sabía que sabía; imaginar, acaso, la epifanía del Otro en un trozo de discurso que por fútil que sea, es un martillazo en el resuello, un adelanto del estertor exhalado, un golpe en el murmullo.

Las olas lamen la arena dejando una nata de espuma y el ritmo me trae el aliento de la Woolf. Ya tengo horas conversando con el gato de Cheshire, cazando al Snark y gozando cómo, hasta la más horrorosa vulgaridad, es gozosa si se desnuda con elegancia el pensamiento; más que sujetos del lenguaje, somos sujetos al lenguaje. Estamos aquí buscando El Tiempo Perdido.

Disfruto cualquier canon como la expresión de un gusto particular que pretende, inútilmente, generalizarse, definirse como Tractatum. Lo asumo no como un acto de altanería, de soberbia, sino como el síntoma de quien se aferra a un poste para evitar que el viento lo arrastre, así se trate de Harold Bloom.

Aquí, en El Filo del Agua, me visitan todos los muertos más vivos que nunca, vienen de una fiesta a otra fiesta, son la muchedumbre de la que estamos hechos.

Roberto Maldonado Espejo (Santa Bárbara, Chihuahua, 1952).

Vive, al fin, al filo del agua: en La Manzanilla del Mar. Sólo Dios sabe cómo pasó por algunas universidades. Para no convertirse en fósil y para matar el aburrimiento acude a cursos de fotografía quién sabe dónde y se vuelve fotógrafo de AP y FP. Ha estado en múltiples conflictos que no ha retratado, y ha fotografiado más guerras domésticas y de cama que de balazos.

En sus ratos de ocio —casi toda su vida— escribe y hasta se atrevió a tener una beca del Centro de Escritores de Nuevo León, y diez años después publicó una novela (Martes de carne) digna de cualquier psicoanalista principiante o de alguna mente morbosa que quisiera ratificar las peores groserías. Es posible que ande por ahí un viejo librito con versos de juventud y pecados de escritura…


Imagen de portada: Muchedumbre de Miguel Angel Gatti

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