Salvar el fuego6 min de lectura

Gerardo Pérez Escutia

No es mentira lo que te cuento, Ceferino.
Para un sector de la población,
la raíz de los problemas sociales no es la injusticia,
ni la inequitativa distribución de la riqueza,
ni la corrupción, ni el racismo,
sino la desviación ética provocada por el consumo de carne y,
por lo tanto, por la falta de respeto hacia los animales.
(Fragmento de “Salvar el fuego”)

Hay libros cuya lectura no es del todo placentera, hay otros cuya lectura te carcome las entrañas, este es uno de ellos.

De vez en cuando en esta columna nos permitimos recomendar libros que no necesariamente se encuadran en los parámetros (cada vez más amplios) del género negro. Es el caso de hoy, se trata del libro Salvar el fuego (Penguin Random House, 2020), de Guillermo Arriaga (Ciudad de México, 1958), este es su quinto libro que he publicado. El autor también es conocido por ser guionista de Amores Perros, Babel, y 21 gramos, además, con Salvar el fuego se hizo acreedor al Premio Alfaguara de novela 2020, uno de los premios literarios más prestigiados en nuestro idioma.

La novela que reseñamos hoy es difícil de clasificar al ser una historia de amor dentro de un texto hiperrealista, es una crónica negra de nuestra actualidad social con altas dosis de erotismo y sobre todo es una novela punzante que penetra en nuestra psique, nos lleva a todo un abanico de emociones y sensaciones que aunadas a la capacidad del autor de crear escenarios visuales, nos mantiene a los lectores en un tobogán anímico que no da respiro en sus más de 600 páginas.

Guillermo Arriaga

Marina, una guapa mujer casada perteneciente a la clase “pudiente” , quien tiene un marido exitoso y tres hijos, es dueña de una compañía de danza contemporánea y se codea con la “cream de la cream” de la sociedad chilanga. José Cuauhtémoc es un asesino reincidente que está preso en el reclusorio oriente condenado a 50 años de cárcel, hijo de un padre autoritario y de una madre abnegada, ambos de mundos opuestos, ya que su padre, un indígena nahua, se labró a base de esfuerzo y tenacidad una posición en la academia, y su madre descendiente de españoles, rubia, católica y conservadora. José Cuauhtémoc es producto del mestizaje, un hombre rubio de 190 metros que «poseía las facciones del «Indio». Fernández en rubio.».

Marina tiene una vida plácida y burguesa, no le falta nada, sin embargo, lo único que le da pasión y color a su cotidianidad es su academia de danza “Danzamantes”; entre su círculo de amigos hay un escritor de mediano prestigio, Julián, quien gracias a su carácter violento y por haberse madreado a un crítico, paso unos meses preso en el reclusorio Oriente donde conoció a José Cuauhtémoc, se hicieron amigos y debido a la cultura y talento de éste que fue educado con disciplina espartana que incluía altas dosis de cultura, decide emprender un programa en el reclusorio para llevar la cultura a los presos como un mecanismo de reivindicación y reinserción social, con este proyecto en mente, invita y convence a Marina de presentarse en el reclusorio con su compañía de danza.

Cuando Marina se presenta con su compañía y conoce a José Cuauhtémoc, de inmediato surge una atracción animal entre ellos, y con la misma, el germen de la tragedia que será la columna vertebral de esta historia.

Guillermo Arriaga construye una historia de amor, pasión y locura, no se queda en los parámetros convencionales de la novela y utiliza sus variados recursos narrativos para presentarnos una narración múltiple y polifónica (narrada a tres voces), que se desarrolla en diferentes espacios temporales. La trama de la novela nos lleva al terrible universo carcelario de nuestro país, con toda su cauda de miseria, corrupción y desesperanza, le da voz a asesinos, a violadores, a drogadictos, que pueblan las páginas de la historia y le dan una densidad pocas veces vista en nuestras letras, sus personajes hablan el lenguaje del México actual, con todos los giros idiomáticos nacidos de la violencia cotidiana y del lunfardo carcelario.

En voz de Marina somos testigos de su drama existencial, entre seguir con su cómoda y burguesa vida o lanzarse al abismo de su pasión por un criminal, y en voz de ella somos testigos de los fundamentos culturales y prejuicios de una parte de nuestra sociedad que le ha dado la espalda a las mayorías, a los jodidos, a los prescindibles.

Hay un tercer narrador en la historia, el hermano de José Cuauhtémoc que escribe cartas a su padre muerto, a través de él nos enteramos de las causas que convirtieron a su hermano en un criminal, en un animal salvaje que concentra y destila el odio acumulado durante años debido a una disciplina brutal inculcada por su padre, con base en castigos y humillaciones, donde cargó y amplificó los prejuicios de su pueblo y cultivó un odio larvado a las herencias de la conquista que hicieron perder la identidad cultural del universo indígena precolombino.

La historia también nos lleva al mundo de los carteles, nos muestra su brutalidad y sus códigos, sus personajes son casi arquetípicos del capo sanguinario, el sicario cuasi adolescente, el político zalamero y corrupto, así como una variopinta galería de seres que habitan en el submundo de nuestra realidad violenta y criminal.

Y en medio de todo, como una fuerza atávica y fatalista, transcurre la historia de la pasión entre Marina y José Cuauhtémoc, que a manera de tragedia griega es la carga ominosa que desata las fuerzas más oscuras del mundo delincuencial.

Salvar el fuego es una novela construida con rigor de cirujano, nos brinda un fresco que a la manera del Guernica, no nos puede dejar impasibles ante la imagen que vemos en él, la imagen de un país escindido, dividido entre “los que tienen miedo y en los que tienen rabia”.

Léanla, seguro que no los dejará indiferentes.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el artefacto.

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