Tzin Tzun: Michoacán como show10 min de lectura

Caliche Caroma

En el Diccionario inverso ilustrado de Reader’s Digest (México, 1992), que tiene el aval de la lingüista Luz Fernández, dice sobre el “espectáculo” que es una distracción o diversión, que atrae la atención y puede ser entendido como función, algo que se proyecta cinematográficamente en un lugar dispuesto para este fin, una obra dramatúrgica llevada a escena, danza o baile, malabares, intervención varia y todas las anteriores juntas, como es el caso de lo que aquí se comenta.

Cito la tercera y la cuarta acepción de la palabra espectáculo del DRAE: 3. Cosa que se ofrece a la vista o a la contemplación intelectual y es capaz de atraer la atención y mover el ánimo infundiéndole deleite, asombro, dolor u otros afectos más o menos vivos o nobles; y 4. Acción que causa escándalo o gran extrañeza. Dar un espectáculo. La liga para corroborar las anteriores palabras: espectáculo, Real Academia Española.

La primera vez que fui a ver Tzin Tzun: Historia de Princesas y Colibríes iba junto a otras dos personas que no se quisieron quedar hasta el final y nos retiramos en el intermedio, después de la “Escena 11: La utopía de Vasco de Quiroga y el periodo Colonial”. La segunda ocasión asistí solo y me quedé hasta que se acabó. Quería tener elementos para criticar lo que presencié, además de echarle una mirada atenta al teatro moreliano en el que se gastaron millones de pesos. 

En el programa de Tzin Tzun (que no tiene efes, en su lugar hay un tache en un rectángulo, además de otros errores de sintaxis) los organizadores describen a su espectáculo de esta manera: “…un viaje fantástico a través de las visiones de un campesino michoacano que al ser testigo del nacimiento de un volcán, se introduce en un ensueño épico colmado de aventuras entre personajes históricos, mitológicos y simbólicos”.

Le pregunté a mis acompañantes, aquellos de la primera visita al Teatro Matamoros para presenciar Tzin Tzun, los motivos de su negación a regresar a la segunda parte de la función, me respondieron que ambos coincidían en que no entendieron lo que ahí estaba pasando, a uno de ellos le parecía que la música estaba muy alta de volumen, los músicos en vivo no lucían por la pista grabada y tanto malabar los aburrió.

Otra amiga, que estuvo en el estreno para la prensa, me hizo varios señalamientos sobre detalles del mapping proyectado en todas partes del teatro, a cargo de Zingulart (Guadalajara), criticó sus toscos y desproporcionados trazos, descontextualizados, como los vestuarios: “parecían sacados de Mortal Kombat, tanta tecnología para aplicarla con mal gusto”, dijo la entrevistada. También habló de la mezcla de todo lo que ahí se presenta, la cual no te permite concentrarte para seguir la trama de la obra (¿?): «te mareas por lo atascado del montaje y además está lleno de clichés sacados de películas hollywoodenses».

Foto de Zingulart

Una segunda amiga a la que le pedí su opinión de Tzin Tzun, ella es artista, músico para más información, me explicó que le daba mucho gusto reconocer en escena a varios conocidos, que era muy bueno que le dieran trabajo a la gente michoacana después de una pandemia tan terrible, pero nunca me dijo si le gustó o no el espectáculo. Un dato, de los treinta y tantos personajes en escena, 20 son foráneos, sin afán de ser chovinista.

Coincido con todo lo dicho por las personas a las que les pregunté sobre Tzin Tzun. El Cirque du Soleil no me parece de las mejores cosas para entretenerme, la verdad es que hay un punto en donde me cansan tantos malabares, acrobacias, payasadas y demás números presentados en este famoso circo canadiense. Pero hay a quien sí le gustan, le encantan estas cosas, y es muy respetable su apreciación (Cf. Kant).

Fotos de Zingulart

Tzin Tzun pretende ser un Cirque du Soleil con temática michoacana, pero se queda corto en la pretensión, o queda sólo como pretensioso, pues la dirección de Santiago Cumplido del Castillo deja mucho qué desear, a pesar de que en la rueda de prensa no se cansó de hablar de «esencia michoacana» y argumentó que sólo era una «probadita» de lo que en el Matamoros se podía montar (¿acaso es una amenaza para regresar pronto?) y aseguró que «hicimos una extensa investigación de la cultura michoacana», la cual no se nota para nada. Cumplido no cumple.  

Ahora bien, esta producción corrió a cargo del Gobierno del Estado de Michoacán de Ocampo 2015-2021, Fideicomiso Teatro Mariano Matamoros (que se encuentra en investigación federal). Y luego de que se gastaran millones y millones de pesos para terminar de reconstruir este recinto, nos enteramos de que la producción de Tzin Tzun ronda los seis millones de pesos y que el costo de la entrada es de $500 pesos. Nadie sabe para quién paga impuestos. 

Fotos de Zingulart

No se puede negar la calidad ni demeritar el trabajo de los artistas michoacanos que participan en Tzin Tzun, aunque la supuesta investigación para su realización sí que se puede poner en duda, cualquier historiador que la vea seguramente dará su punto crítico de esta muy libre interpretación, de entrada hay que diferenciar las raíces de lo folklórico. El director (in)Cumplido dice que «utilizamos técnicas de bellas artes», ¿a qué se refiere? Y cuando intentan explicar en su programa de mano la hechura de los vestuarios uno se encuentra con esta joya de la literatura universal:

“Un equipo de 15 diseñadores y artistas michoacanos, entre vestuaristas y accesoritas dan vida al majestuoso vestuario de TZIN TZUN, quienes inspirados en la esencia del arte, la cultura y la historia de Michoacán, proponen abstracciones simbólicas llevadas a un nuevo lenguaje artístico, reinterpretando la indumentaria de manera abstracta, evocativa y poética”.

Si lo encargados de lo que bien podría llamarse “El último capricho de Silvano Aureoles” o “La historia de Michoacán según Silvano Aureoles”, hubieran cambiado las palabras “identidad”, “cultura”, “arte”, “pureza” por éstas: “show”, “pasatiempo”, “cotorreo”, “entretenimiento”, entonces sí que le atinaban a su ecléctica propuesta. Repito, la calidad de los actores es innegable, grandes creadores locales los que integran Tzin Tzun (ojalá que sí les paguen por su trabajo), pero en un guacamole (los favoritos del gobernador que chifla y empuja) no se distinguen los ingredientes finos, pues el limón y chile los apagan, los disuelven, los borran.

Fotos de Zingulart

De todos modos, yo invito a la gente a que vaya a gastarse los $500 pesos de la entrada, que haga el tour completo, primero la visita al Clavijero para deleitarse con el “increíble” arte de Menchaca y sus esculturas gran formato (¿apropiación, aculturación?), que se saque fotos ahí y luego en la entrada del Matamoros, total, esto es lo que nos define como Michoacanos.

Yo le aplicaría la cuarta acepción del DRAE para definir este show, a saber, gran extrañeza. Aclaro que no pagué los boletos, me los regalaron conocidos que trabajan para el gobierno del estado. «Sin necesidad de conocer la historia, un extranjero pueda llevarse la esencia michoacana sin palabras», así describe su propuesta Santiago Cumplido, y sí, me quedé sin palabras. 

El plus sin el non

Cuando nos salimos del Matamoros en el intermedio, la primera vez de Tzin Tzun, con mis amigos nos fuimos al Kitsch, café galería pizzería que se encuentra frente a la antigua central de camiones, hoy prostíbulo de la justicia moreliana; ahí se presentaban Los Nuevos Beats, a cargo de Marco Antonio Regalado. Sin gastar seis millones de pesos, los poetas hicieron más espectáculo, un show de calidad, es más, me atrevo a decir que hubo arte y cultura para repartir, los músicos que acompañaron a los vates tocaron y se entendía lo que sonaba. Había máscaras de luchadores, percusiones africanas, pasión hasta las lágrimas y se declamó a la ciudad de Morelia sin tanto malabar, pero eso sí, hubo sinceridad. Sincretismo, eclecticismo y fusión con 30 no actores en escena. Todo gratis, menos la chela.

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