Una de pintores: El carpintero surrealista2 min de lectura

Rafa Flores

Los surrealistas le dieron la vuelta a la tortilla del arte. Buscaron sus temas en el lado oscuro, se aventuraron en el sueño, provocaron el azar y el absurdo, bucearon en las aguas profundas del subconsciente. El jefe de esta pandilla se llamaba André Breton.

En 1934 don André viajó a México. Vivió algunos meses en un departamento art-decó de la colonia Escandón en el antiguo DF, impartió conferencias en varias universidades, convivió con artistas mexicanos y anduvo de pata de perro por el país.

México le alucinaba. En una entrevista publicada ese año en «Revista de revistas» declaró: «México es un país surrealista por excelencia, un inexpugnable depósito de energía, un venero opulento de humor negro».

En sus andanzas vino a dar a MIchoacán. Su presencia consta en las fotos que le tomaron en Pátzcuaro y Erongarícuaro, acompañado de Diego Rivera, Frida Kahlo y León Trosky; incluso hay quienes le atribuyen el diseño de la cruz atrial de Erongarícuaro.

De su viaje por estos rumbos quiero contarles una anécdota que tiene diferentes versiones. Ojalá que alguien de ustedes, amigos lectores, pueda aportar datos ciertos. La cosa es que estando en Cuanajo mandó hacer una mesa de trabajo con un carpintero y como hablaba poco y mal el idioma español, prefirió dibujarla (más o menos como la que aparece en la ilustración; el dibujo no es de Bretón, obviamente, lo hice yo para explicar el asunto). Días después regresó por su encargó y cuando vio la mesa casi se cae de nalgas: el carpintero la fabricó con la cubierta más grande de un lado que del otro y cada pata tenía diferente tamaño.

-Pero…¡qué cosa más inútil has hecho! -dijo consternado.

-Yo hice exactamente lo que usted me pidió -contestó el artesano.

Tenía toda la razón. Así se veía la mesa en el dibujo.

Un carpintero de Michoacán le dio una lección de surrealismo al mero jefe de los surrealistas. ¡Viva México!

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el artefacto.

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