¡Qué baaaarbaro, Dr. Morales!5 min de lectura

Yurísan Berenice Bolaños Ruiz

Era muy chica cuando murió el primero de mis hermanos y muy grande cuando nació el segundo. Entre ese tiempo fui la única hija y, en cumplimiento de mi solitaria posición, acompañaba a mi papá a los eventos que a él le gustaban. Mi papá no era un gran deportista, nadaba cuando había oportunidad y jugaba tenis de vez en cuando, pero lo que verdaderamente disfrutaba era observar las peleas de box y la lucha libre.

Así crecí, destinando mis fines de semana a mirar en la televisión los acontecimientos que tenían que ver con los guantes y el cuadrilátero. Poco a poco fui desarrollando un gusto por estas disciplinas y, cuando era adolescente, me gustaba acostarme los sábados por la noche en el sillón junto a mi papá para ver a los pugilistas darse sus buenas calentadas, pero, por encima de todo esto, me divertía en extremo ir a las luchas. Cuando había función en Morelia, nos sentábamos en la primera fila del Salón Arena, ahí en el Centro, junto a la Burbuja, y cuando el encuentro era estelar, íbamos al Palacio del Arte. Siempre en primera fila, expuestos a los sillazos y a los lances mal calculados.

Tinieblas

Mi colección de héroes infantiles se componía entonces de puros gladiadores mexicanos:  Atlantis, Octagón, La Parka (con sus posteriores mutaciones), Máscara Sagrada, Konan, Dr. Wagner, Rey Misterio, Perro Aguayo, Los Villanos, El Hijo del Santo y Tinieblas. Este último era de mi especial agrado, subía al cuadrilátero acompañado de Alushe, un pequeño personaje que emulaba un duende maya y que, por su peculiar tamaño, era blanco de las mañas de los rudos. Tinieblas era bueno para los vuelos, su lucha era limpia y ágil, su altura le permitía lances y llaves espectaculares, hacía todo esto mientras defendía a su pequeño amigo de las patadas que de vez en vez le propinaban los malosos.

Tinieblas, a mis ojos, representaba la encarnación de los mejores atributos que puede tener un superhéroe: honesto, defensor de los débiles, justo, íntegro, además tenía una enorme capa y una hermosa máscara negra con dorado que brillaba cuando las luces lo enfocaban. Mientras este maravilloso mundo de llaves, contrallaves, vuelos, patadas y cachetadas tenía lugar sobre la lona, los que veíamos la transmisión de la Coliseo o la México Catedral podíamos adentrarnos a ese asombroso mundo a través de las narraciones que hacían Arturo Rivera y el Dr. Alfonso Morales. El primero era partidario de los rudos y alababa toda fechoría y canallada cometida por ese bando, el segundo, mi favorito, condenaba las chapuzas y elogiaba la lucha honrada de los técnicos.

Dr. Morales / Yurísan

Alfonso Morales era “doctor” por partida triple, médico psiquiatra nacido en Huetamo, vivió gran parte de su vida en la colonia Doctores de la Ciudad de México, poseía un conocimiento tan profundo que sus crónicas eran, a veces, verdaderas cátedras de la historia del Pancracio. Cuando narraba, sus palabras sonaban pausadas, calmas, nunca se exaltaba pese a las provocaciones de los rudos y superaba por mucho a Rivera y a los demás locutores en el conocimiento del deporte. Otra particularidad tenía, su considerable estatura que se conjuntaba con un carácter estoico y sereno, por ello, cuando llegó a mis oídos el rumor de que Tinieblas y el Dr. Morales eran la misma persona, no dudé ni tantito en creerlo.

Una anécdota guardo con especial cariño. Mi papá y yo habíamos ido a una función de lucha en el Palacio del Arte, al terminar le pedí que fuéramos a la puerta trasera para ver de cerca a los luchadores. Salieron todos y al final apareció en el pasillo un personaje alto y esbelto, tapado con una toalla, entre los pliegues alcanzamos a reconocer a Tinieblas, quien caminó despacio y se subió con dificultades a una vieja caribe de color blanco. No atiné a gritarle o a correr para pedirle un autógrafo, era tal mi emoción que me quedé pasmada viéndolo alejarse. Fue un momento mágico que culminó con mi papá y yo caminando en silencio a nuestro auto que, dicho sea de paso, es un modelo parecido al del admirado gladiador (aún conservamos como reliquia familiar).

El jueves 17 de diciembre de 2020 nos despertamos con la triste noticia de que el Dr. Morales había muerto. De inmediato recordé a Tinieblas alejándose en su pequeño carro. Muchos han desmentido la leyenda de que el luchador y el cronista eran la misma persona. Nunca quise escucharlos, mi corazón de niña me impide hacer tal distinción. Lloré por ambos, o por uno, no lo sé, sólo atino a agradecer porque mi niñez no hubiera sido igual sin aquel enoooorme caballero que me enseñó a tener en alta estima el arte del costalazo.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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