25 Instantáneas de Silvia Molina o ¿En perseguirme, mundo, qué interesas?14 min de lectura

Héctor Alvarado Díaz

1. ¿En tus libros tratas de recuperar la memoria?

Sí, creo que no he hecho otra cosa. Recobrar el pasado te permite hacer un recuento. Somos lo que fuimos. En la escritura puedes, incluso, cambiar lo que no te gustó, vivir de una manera diferente lo sucedido. La escritura es recreación. Algunos de mis personajes viven lo que yo no pude, ni fui capaz de hacer. Me encanta la historia, casi todas mis novelas tienen un marco histórico. La vida se renueva y cambiamos, añoramos, deseamos. Por eso más vale vivir, aunque nos equivoquemos.

2. ¿La literatura mexicana es fiel a su tradición?

No sé cuál es su tradición. La verdad no la veo. Hay periodos. Cada generación mata a la que le precede y se provoca una ruptura. De eso está hecha la literatura: de rupturas, como todo el arte.

3. ¿Cómo has vivido las reivindicaciones de las mujeres?

No fui activista, pero simpaticé con la reivindicación de los derechos de las mujeres y lo sigo haciendo desde “Nosotrxs” (un movimiento de exigencia colectiva de derechos para combatir la desigualdad y la corrupción a partir de las leyes e instituciones que ya tenemos); sin embargo, estos últimos años es imposible quedarse callada ante la ola de violencia, empezando por la Muertas de Juárez. De tal manera que he ido a las últimas marchas a solidarizarme con las madres que han perdido a sus hijas y a exigir al gobierno que haga su tarea. Los refugios de mujeres cumplían un papel que no se puede sustituir con nada. Es una vergüenza que este gobierno los haya cerrado.

4. ¿Qué te ha quedado de los viajes?

Los viajes cambian a las personas, son un contacto con la cultura, con la antropología, con el otro y lo otro. Las experiencias de los viajes no se borran de la memoria, te enriquecen.

5. ¿Cuál es el secreto de los niños?

La curiosidad, el deslumbramiento ante el mundo que van conociendo y van entendiendo poco a poco. La literatura les regala una llave que va abriendo puertas al conocimiento y a los sentimientos. A los niños les gusta experimentar.

6. ¿Te adaptas al vaivén de la tecnología?

Depende de cual. De la tecnología lo que más admiro es su aplicación a las ciencias. Lo que se ha avanzado en la medicina, por ejemplo, me parece milagroso, o viajar al espacio es como ciencia ficción. Por lo demás, me he adaptado más o menos a los usos de las redes y la computación, aunque no dejo de tener problemas. Que un programa me corrija o me cambie las palabras me enfurece, porque no siempre me doy cuenta.

7. Post pandemia: ¿Serías feliz rodeada de libros o de amigos?

Somos seres sociales. Desde luego, sería feliz con amigos, como lo he sido. Ellos me prestarían los libros o me platicarían los suyos o su vida, sus sueños, sus problemas.

8. ¿Es importante el cambio en la Casa Blanca?

Esencial. Con ese cambio podemos asegurar que no sólo Estados Unidos estará mejor, sino el mundo. Es hora de corregir los errores que se han cometido. Estamos viendo los resultados en pocas semanas. El trato a los migrantes, la aplicación de la vacuna anti Covid, etc. A ver si podemos aprender algo nosotros. Cuando menos darnos cuenta de que vamos mal.

9. ¿Qué estás escribiendo en estos días de guardar?

Una novela en la que llevo tiempo. Estoy en ese punto horrible en que ya no te gusta lo que estás haciendo.

10. ¿Sociable o retraída?

Soy más bien retraída. A mí me gusta el trato directo, escuchar con atención al otro, sentirlo, conocerlo. En las reuniones saludas a muchos, sin embargo, la conversación es superficial. A veces encuentras a alguien conocido o interesante y puedes hablar, pero no es la regla. Y peor ahora con la música tan fuerte que no se puede ni pronunciar palabra. Ir a ver, no es lo mío; lo que me gusta es conocer, saber del otro, comprenderlo, porque es una forma de querer, de acompañar, de estar.

11. ¿Te preparas para escribir el libro o vas con un impulso?

Hago una investigación. Mis libros no han salido de la nada. Creo que ninguno. Hasta en los de niños hay algo de búsqueda.

12. ¿Nunca has perdido el rumbo?

Perdido perdido, lo que se dice perdido no. He sufrido y he aprendido del sufrimiento. Tengo una brújula interna desde adolescente que me ha orientado para alejarme de lo que me puede traer problemas o hacerme daño. He sabido decir no. Conozco las pasiones, sí; todos las conocemos, no soy una excepción, y por eso soy escritora y me gusta leer. Si te refieres a perder el rumbo en la escritura de un libro, sí, me ha pasado. La familia vino del norte me dio mucha lata. Estuve a punto de dejarla, no encontraba el tono.

13. Cinco escritores/as determinantes en tu formación.

Empezaría por Elena Garro, a mi gusto, la mejor escritora del siglo XX mexicano. Primero, porque la traté en París cuando yo tenía catorce años. Me trataba como a una adulta y me hacía azorarme a cada rato con sus opiniones, con sus historias de la gente. Me encantaba escucharla en las reuniones, en su departamento de Saint Germain des Prés. Reuniones de poca gente, con lo que se podía platicar. Después, cuando leí La semana de colores y Los recuerdos del porvenir me deslumbró. Incluso sus farsas son buenas, y obras como Felipe Ángeles. Pero no me extiendo. Elena Poniatowka me alentó cuando estaba escribiendo mi primer libro publicado, y no lo olvido. Hugo Hiriart me enseñó la existencia de la goma de borrar. La inglesa Jean Rhys es una de mis escritoras favoritas. Good Morning, Midnight y Voyage in the Dark son dos novelas que me hirieron porque escuché la voz de una víctima que nos lleva de la mano por su historia. Tiene un estilo puro y sincero para hablar de sexo, de moral, de las polarizaciones sociales. Se adelantó a su época. Llevo su cicatriz. Me encanta toda su obra. Reconocí en esos libros el corazón de una mujer destrozada y las pasiones que la vida impone. Agustín Yáñez me regaló parte de un mundo rural que yo había vivido de niña, con unos primos que prácticamente me adoptaron. Acompañaba a mi primo, Juan Manuel Celis, a hacer sus visitas por los pueblos pobres del Estado de México, cuando Salubridad mandaba al doctor a la casa de los pacientes. Conocí un mundo que me intrigó, por eso estudié antropología. Viví en esos recorridos la pobreza, la dignidad, el respeto, la entrega, la magia, la explotación, la tristeza, el amor a la tierra. Con él aprendí el trato cariñoso a los enfermos, por supuesto a los ancianos, a los débiles también. Agustín Yáñez y Juan Rulfo (con quien platicaba mucho cuando tuve la beca del Centro Mexicano de Escritores) son parte de nuestro espejo social, ni hablar. Vicente Leñero estuvo muy cerca de mi generación. Nos enseñó que en la vida toda vivencia, buena o mala, es tema literario y también nos enseñó a escuchar el lenguaje franco, directo de los mexicanos. Fue fundamental para nosotros. Dos escritores más, ni modo: Alí Chumacero y Hugo Gutiérrez Vega: tuve la fortuna de estar cerca de ellos.

14. ¿Hay demasiadas becas?

Al contrario, son pocas. Las becas estimulan la creación y enseñan que tu trabajo es importante. Te obligan a escribir con mayor impulso. Son también un reconocimiento. Yo he tenido varios reconocimientos y cada uno me ha impulsado hacia adelante.

15. ¿Efectivamente “Leer es vivir”?

En mi caso sí. Soy disléxica y me fue fatal hasta que aprendí a leer en primero de secundaria. Cambió mi vida. Vivía avergonzada, como si fuera inferior a los demás. En mi época no se conocía la dislexia, eras simple y sencillamente retrasado mental.

16. ¿Cómo te encontraste con las palabras?

La primera vez que sentí las palabras fue en una carta que le escribí a mi madre desde París. No me atreví a decirle que la pasaba mal viviendo con su hermana. De esa experiencia escribí Muchacha en azul. Entonces, le conté una vida que no era la mía. Me reinventé. Escribí lo que me habría gustado estar viviendo. Fue una carta que pensé mucho, que la escribí con cuidado sin saber que estaba haciendo mis pininos. Le describía la ciudad, a mis compañeras de la escuela, mis caminatas, mis lugares favoritos. Tuve sustos terribles: pusieron una bomba (un plastic) en el edificio donde vivíamos: era la guerra de Argelia. Nos tuvimos que ir a vivir unas semanas a la Casa de México en la Ciudad Universitaria. Y después, me detenían a la salida del metro para pedirme mi identificación, por morena, medio mediterránea, narigona. Y me daba miedo,. pero con mi madre nunca me quejé de nada. Había hecho un gran esfuerzo para que fuera a París. La segunda ocasión fue con la lectura del Le temps d´un soupir de Anne Philipe, la esposa de Gerard Philipe. Lo que me atrapó de su libro fue el tono, la sencillez para contar la pérdida del amado, el dolor, el duelo. Entendí la profundidad de lo que me estaba dando esa aparente suavidad.

17. ¿La literatura puede vencer al tiempo?

Allí están los clásicos.

18. ¿Cómo imaginas al lector perfecto?

No lo he pensado. He tenido acercamientos de algunos lectores que me hablan con aprecio de mi trabajo y eso me basta.

19. ¿Has padecido o disfrutado la academia?

Si te refieres a la Academia Mexicana de la Lengua, la he saboreado más de lo que te imaginas, porque he asimilado mucho de mis colegas, con quienes he discutido proyectos que me han aportado más de lo que puedo darles. Escucharlos es una delicia, un noviciado.

La vida académica es otra cosa. Durante muchos años enseñé en la Universidad Nacional Autónoma de México. Literatura I. Me encantó preparar las clases mientras yo ampliaba mis conocimientos. Había estudiado náhuatl en la facultad y comprender aquel mundo y las canciones me excitaba. El curso comenzaba con “Literaturas prehispánicas”, si es que se pueden llamarse así. Aquello me recordaba cuando en el pueblo de mi primo, nos hacían levantar a las 5 de la mañana para ir a misa: una dicha en náhuatl. Un mundo que no comprendía, pero que olía a sudor, a carbón, a incienso y a sebo. Recuerdo que no había sillas en la iglesia y entre el sueño, los aromas y las voces me iba mareando. Pero volviendo al tema, llegó el momento en que sentí que me estaba repitiendo y me retiré.

20. Música que te llevarías a una isla desierta.

No soy una experta. Mi familia era musical. Disfruté algo en la casa de mi madre, con los amigos, los novios, los trayectos en el coche, en la soledad… Tuve un programa de televisión con Jomi García Ascot, que se llamaba como su libro Con la música por dentro, lo que me obligaba a estudiar, a escuchar. Con él aprendí a disfrutar a compositores que no conocía como Grieg. Mis hijas se despertaban con música y con el canto de los canarios que criaba: seguían la melodía alborozados. También me inicié en los viajes, asistía a los conciertos como quien va a una fiesta, siempre dispuesta a dejarme llevar. Tengo mis preferencias, claro: Me fascina la música americana de los años veinte y treinta, los tangos, la música popular mexicana (como dicen, no canto mal las rancheras), por supuesto la yucateca… Pero hablando de música clásica, Mozart (en especial todas sus sonatas, me dicen mucho); Beethoven, Brahms, Tchaikovsky (acabo de conocer el piano trío y lo llevaré dentro siempre), Rachmaninov (el piano Concerto No. 2, que ahora me dice más), Debussy… En realidad, mejor llevaría mi IPad para escuchar todo lo que me gusta o me duele o me inquieta.

21. ¿Piensas que la ciencia puede salvar al planeta?

Si nosotros no ponemos de nuestra parte, de nada servirán la ciencia y la política. Cuando trabajaba en el INBA, conseguí con un amigo, Pepe Abud, que trabajaba en el Fideicomiso para el ahorro de la energía, un curso gratuito para mi gente. La importancia de bajar el suich, apagar la computadora, cambiar de refrigerador, cómo debe usarse la plancha, la lavadora… ¿Sabes qué? A pesar de que el curso hacía énfasis en el cambio climático con un panorama desolador y sus consecuencias, los trabajadores no apagaron jamás la computadora cuando iban a comer ni la luz si salían de la oficina. Yo les hacía hincapié de que en la medida en que cuidaran el planeta sus hijos y sus nietos vivirían mejor, y nada.

22. ¿Crees que has escrito suficiente?

No. Ni tampoco en que he escrito algo verdaderamente importante, pero no sé hacer otra cosa que me apasione más, salvo leer y escuchar música.

23. ¿Has viajado en helicóptero?

Viajé sobre la selva campechana varias veces, por una razón o por otra. Una sensación interesante salvo cuando te dicen que no se puede aterrizar por la neblina y estás sobrevolando un lugar esperando que se abra un huequito para bajar casi en picada. Desde arriba dan ganas de llorar de la belleza. No sé cómo están destruyendo los pulmones del mundo. Algunas veces aterrizamos en poblados perdidos en la selva, donde no se habla maya ni lenguas mayenses y eso me impactó. La migración es más seria de lo que pensamos.

24. ¿Qué país quisieras conocer?

He viajado sola por varios países gracias a mis libros y en todos esos lugares me han tratado muy bien, pero ahora no iría sola a ningún lado, no hay como compartir. Iría sólo de la mano de alguien querido. No conozco el oriente, me encantaría descubrir China, Japón, India… Pero más me gustaría volver a los países donde me fui quedando un poquito: Francia, Inglaterra, España, Portugal, Italia, Bélgica…

25. ¿Batallas más con los principios o con los finales?

Con el inicio, con la famosa página en blanco. Si sé hacia dónde me dirijo es más fácil, aunque en el camino me desvíe.


Silvia Molina (CDMX, 1946).

Estudió antropología en la ENAH y es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Realizó estudios de posgrado en literatura prehispánica y perteneció al seminario de traducción de documentos en náhuatl dirigido por Víctor Castillo en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. Fue editora de libros especiales en PROMEXA, Directora Editorial de CIDCLI y Ediciones Corunda. Ha dirigido talleres de creación en Difusión Cultural de la UNAM y en la Facultad de Filosofía y Letras de la misma institución, donde impartió las materias de Literatura Mexicana y Redacción durante varios años.

Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores (1979), del International Writing Program de Iowa, USA (1991), del Fideicomiso para la Cultura México-USA (1994) y del Sistema Nacional de Creadores de Arte (1995-1998 y 1998-2000). Fue agregada cultural de México en Bélgica (2000-2004), Coordinadora Nacional de Literatura del INBA (2004-2007), Coordinadora Nacional de Publicaciones de las Conmemoraciones del 2010 (2008) y Coordinadora de Publicaciones del INBA (2009-febrero 2011).

Ha escrito novela, cuento, ensayo, crítica literaria, teatro, crónica y literatura infantil. Recibió el Premio Xavier Villaurrutia (1977) por La mañana debe seguir gris, el Nacional de Literatura Infantil Juan de la Cabada (1992) por Mi familia y la Bella Durmiente cien años después, el Premio Sor Juana Inés de la Cruz de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (1998) por El amor que me juraste, el Premio Leer es Vivir de la Editorial Everest en España (1999) por la novela para jóvenes Quiero ser la que seré y el Antonio García Cubas por Álbum de la Patria. Su novela El amor que me juraste fue nominada en la Short List del Premio Internacional IMPAC de Dublín, Irlanda, en 2001. Fue vicepresidenta del Seminario de Cultura Mexicana. Actualmente es vocal de la Sociedad Alfonsina Internacional, presidenta del Seminario de Cultura Mexicana y miembro corresponsal por la ciudad de Campeche de la Academia Mexicana de la Lengua. Su obra ha sido traducida a varios idiomas.

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