Lomelí, el gato de Schrödinger de la literatura I8 min de lectura

José Agustín Solórzano

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Una categoría felizmente contradictoria: el intelectual es un inútil porque sólo piensa y, a la vez, hay que preguntarle de todo porque sólo piensa.

Felipe, tu formación como literato es atípica; me refiero a que, sobre todo en estas últimas décadas, la profesionalización del escritor lleva un camino más o menos natural: el aspirante estudia literatura, se forma desde joven en círculos literarios y ya a los veintes ha publicado en algunas revistas y tal vez tendrá un libro de su autoría publicado por alguna editorial pequeña. La tirada, para muchos de estos profesionales de las letras, es vivir de la investigación y obtener algunas becas que le permitan seguir, sin contratiempos económicos, con su trabajo creativo. Tú, por otro lado, primero te dedicaste a la ciencia, eres ingeniero físico y maestro en algo que tiene que ver con ecología, después vino la investigación en torno a temas humanistas, según entiendo. En ese sentido eres un literato atípico, ¿qué piensas de eso? ¿Hay algo de tu primera formación científica que influya en el Felipe humanista?

Nunca he creído en la profesionalización de la literatura. Vaya, ni siquiera en la profesionalización del conocimiento teórico. Así que mucho menos en el de las artes, que son una forma de conocimiento más elusiva. El conocimiento o, mejor dicho, la destreza técnica sí puede profesionalizarse. Pero sólo como un asunto burocrático: el estado emite una licencia, un permiso, en el que afirma que sí tienes las destrezas que dices tener para que puedas cobrar por tus servicios y así evitar fraudes entre particulares; entonces te vuelves un «licenciado». Puesto así, siguiendo esta raíz burocrática y mercantil, me parece un tanto absurdo hablar de la profesionalización de la escritura (más allá del título de educación primaria) o de «la carrera de escritor». Más bien creo que un escritor debe buscar conocer lo que le interesa de la forma que le sea más conveniente. Doy dos ejemplos. Primero, mientras estudiaba física, uno de mis mejores amigos hacía la carrera en criminología, precisamente, porque quería ser escritor. Lo envidiaba profundamente, envidiaba haber sido mucho más inteligente que yo para elegir una licenciatura mucho más adecuada. Así que cada vez que lo veía lo bombardeaba con preguntas sobre sus clases: ¿cuánto tarda en descomponerse un cuerpo a 35 grados centígrados?, ¿qué especies de larvas de moscas aparecen primero?, ¿existen trazas sicológicas particulares en los asesinos?, ¿cómo difieren las perforaciones de una .22 y de una .45 en el tórax?, etcétera. Pero bombardearlo no era fácil porque el llegaba siempre listo con su batería de preguntas sobre física. Por ahí del octavo semestre me enteré de que la envidia era mutua y por las mismas razones.

Segundo ejemplo. Cuando fui becario de la primera generación de la Fundación para las Letras Mexicanas, Eduardo Langagne nos pidió que le sugiriéramos qué cursos queríamos tomar. Así que me organicé con algunos becarios para sugerir los cursos de esas áreas del conocimiento que queríamos saber para escribir. La lista incluía sociología, brujería, herbolaria, balística, antropología forense, anatomía, zoología, neurofisiología, etc… Lamentable o afortunadamente, supongo que la idea de Eduardo en ese tiempo era similar a la que se tiene ahora sobre la profesionalización de la escritura, nos dieron clases de poesía, microcuento, novela histórica y demás. Fueron maravillosas, pero creo que la que más me gustó, por lo mismo, fue la de música.

Respecto a las publicaciones y los círculos literarios. En Monterrey en los 90s había poco, pero luego resultaría que lo que había era excepcional y, además, es que ellos aún no sabían lo buenos que eran. Me refiero a Toscana, Parra, Laurent Kullick, Joaquín Hurtado, Pedro de Isla, Héctor Alvarado, Cristina Rascón, Orfa Alarcón, Toño Ramos, Daniel Salinas Basave y un largo etcétera. Además, se publicó la mejor revista latinoamericana de cuentos después de El cuento de Edmundo Valadés: San Quintín 106. También iniciaron los talleres vía CONARTE y FONCA. Así que, yo no sé si es porque la competencia era ruda (en San Quintín, por ejemplo, aparecieron «Dochera» de Paz Soldán y un adelanto inédito de «Nadie me verá llorar» de Rivera Garza, con lo que a uno le quedaba clarísimo lo mal que escribía) o porque no había forma de cosechar «likes» con facilidad, que tal vez éramos más prudentes, todos, y la tirada era hacer un libro que sí pudiera publicar una editorial internacional. El camino entonces para un cuentista era ganar varios concursos y luego irse al DF para llevar su libro (como Parra) o ganar el Premio de Bellas Artes, pues lo editaba Tusquets. Yo opté por lo segundo porque ya para entonces vivía en un lugar más insular, en Baja California Sur. «Todos santos de California» ganó el Bellas Artes cuando tenía 26 años y salió publicado al año siguiente. Luego me enteraría de que, en el mundillo literario nacional, aparte de ser publicado, había que hacer lobby. Pero para eso había, aún, que vivir en el DF y eso siempre me ha dado flojera: soy alérgico a las grandes ciudades.

Una de las cosas que más me llama la atención de lo que dices es el concepto “conocimiento”. En lo particular considero que ese concepto, hoy, se ha tecnificado hasta confundirse con el de “información útil”, y para nada es mi intención convertir esta charla en una disertación filosófica acerca de lo que ontológicamente puede ser “conocer” o “saber”, más bien me interesa la parte de la “utilidad”. Un escritor debe buscar conocer lo que le interesa de la forma que le sea conveniente, dices, y pienso en la anécdota de un poeta mexicano bastante conocido (en los límites en los que puede ser conocido un poeta), de quien alguna vez escuché que para hacer sus libros de poemas biográficos sobre personajes históricos o literarios, echaba mano solamente de un pequeño ejemplar del tipo de “Para saber más de ___”, pues para él era más que suficiente. El escritor no necesita, y es cierto, saber más que lo suficiente para, en este caso, contextualizar o dar credibilidad a lo que está escribiendo. No se le puede exigir al autor que sea un erudito; sin embargo, la figura del literato es, popularmente, inherente a la de erudito. El escritor puede volverse un opinólogo en cuanto los reflectores se le echan encima. Recuerdo a Monsiváis en el noticiario de las diez cuando yo apenas entraba a la adolescencia; ahora veo más de una decena de cabezales periodísticos donde Villoro opina de literatura, filosofía o futbol a la menor provocación. No estoy diciendo que estos u otros autores no tengan las credenciales (si las hay) para hablar de lo que les venga en gana, digo que la figura del escritor es muchas veces la del hombre culto que ha obtenido la capacidad de opinar sobre cualquier tema, y ahora con las redes sociales todos sucumbimos a esta epidemia del “todos tenemos una opinión valida”. ¿Qué hay de eso?, ¿crees que el escritor deba ir tras el conocimiento -como en su tiempo fueron tú y tu compañero criminalista-, o deba mantenerse en los márgenes de la información pertinente a su oficio? Tenemos a Vargas Llosa opinando sobre su obsesión con las dictaduras semanalmente, y a un séquito de escritores contemporáneos opinando a diario en las redes sociales, ¿cuál es tu opinión al respecto?

El bueno de Pual Feyerabend decía que razonar es sólo una de las formas del pensamiento, una bastante limitada además. Yo estoy de acuerdo. Por eso a veces bastan sólo unos cuantos indicios para escribir un texto, porque lo demás no se deduce sino que se imagina o se siente o se piensa de alguna forma no racional. De hecho, creo que lo racional en la literatura, salvo algunas excepciones como Borges, sólo sirve para darle estructura a un texto. Por otro lado, el bueno de García Márquez contaba que a los periodistas les encantaba preguntarles a los escritores su opinión sobre cualquier cosa: desde la proliferación de las minifaldas hasta la proliferación de las bombas atómicas. Creo que esto tiene que ver con lo que se concibe en los países francófonos e hispanoparlantes -por lo menos- por «intelectual». Una categoría felizmente contradictoria: es un inútil porque sólo piensa y, a la vez, hay que preguntarle de todo porque sólo piensa. Y el asunto adquiere mayor ímpetu cuando una comunidad asume un principio de autoridad (y de sumisión, consecuentemente) en su relación con aquéllos a quienes asume como intelectuales.

Yo creo que lo «concerniente al oficio» sí es buscar el conocimiento: ¿de qué más podrían tratar las artes? Pero entendiendo el conocimiento a la forma de Feyerabend, como algo mucho más amplio que sólo la experimentación y la racionalidad. Dicho de otro modo, la dicotomía machista razón-sentimiento, así como ese recoveco del olvido al que se manda todo lo que no sea racional (éxtasis, intuición, contemplación, misticismo, etcétera), me parece sumamente inútil. Igual que me parece inútil la admiración inequívoca de cualquier opinión de cualquier persona, llámese intelectual o no.

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